Eugenio-Jesús de Ávila
Lunes, 22 de Junio de 2026
REFLEXIONES

Solo las almas menguantes y sensibilidades encogidas se aburren en Zamora

Eugenio-Jesús de Ávila

 

El arte prolonga la vida más allá de la muerte. La belleza te ayuda a conjugar el verbo vivir. El arte es belleza y la belleza es el alma de todo arte. La sensibilidad es la boca por la que se alimenta el alma con las viandas de lo sublime. Confieso que todos los días necesito ingerir beldad para soportar esta inexplicable existencia. Si me falta la belleza una sola jornada, me derrumbo, cambia mi carácter, dejo de ser yo para convertirme en un hombre vulgar, mediocre, vacío…en una nada que habla.

 

Necesito deleitarme con poesías, con prosa, con esculturas y pinturas, con la música, el idioma en el que nos habla el Ser Supremo; con la arquitectura, con la naturaleza, que es la cerámica que se fabrica en los talleres del cielo. Siempre hay belleza que disfrutar, desde al alba al ocaso, aquí y allá. Zamora nos deleita merced ese escultor y creador de espacios que es el Duero; con bosque periurbano de Valorio; con los trinos de sus pájaros, con el crotorear de las cigüeñas en los campanarios de las iglesias o en las copas de los álamos, con el azul intenso de su cielo cuando el sol derrota a la niebla, fenómeno atmosférico que se ha encaprichado del río, que también le da un encanto especial a sus rúas y plazas, templos y palacios.

 

 Zamora nos hipnotiza con su arquitectura románica, que también apunta al gótico; con el modernismo y eclecticismo de edificios construidos a principios de la centuria pasada, en el cogollo de la ciudad; con la soledad de sus nocturnos invernales, con sus moquetas de hojas secas en otoño, con el silencio que habla en el casco histórico cuando la ciudad duerme, con sus puentes que, tras coquetear con el río, unen norte y sur, presente y pasado, la vida y la muerte viva que descansa en el cementerio de San Atilano.

 

Hay rúas en la ciudad del Romancero que te endulcen el alma con el azúcar de la belleza, como la del Corral de Campanas, prima y amiga de la del Troncoso. Plazuelas presumidas, como la de Antonio del Águila, en la que respiras con los bronquios de la ternura. Jardines, como el que alumbró Óscar Wilde en su cuento “El gigante egoísta”, que te invita a tomar conciencia de quién eres, a mirarte hacia adentro, a sentir la vida como un obsequio, como un milagro.

 

En Zamora, todos los días, mi espacio interior, el que esconde mi piel, mi esqueleto, mis vísceras, se nutre de la belleza natural, de la creada por el hombre, de la historia, de las leyendas que construyeron poetas del medioevo.

 

Y, cuando Eolo sopla, las nubes tejen con el agua de sus lluvias, un húmedo tapiz sobre mi ciudad, surge la hermosura que ayuda a vivir a los zamoranos que sentimos la ciudad como una estrofa sin rima mientras los politicastros persiguen a la belleza con sus infamias, hipocresía y engaños.

 

En Zamora solo se aburren los amigos del tedio, gentes con almas menguantes y sensibilidades encogidas.

 

 

 

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