HOGUERA DE SAN JUAN
San Juan quemó lo malo, lo que no quemó fue la basura
Esa la recogieron otros, como siempre, a las seis de la mañana, antes de que la ciudad tuviera que enfrentarse al reflejo de su propia fiesta
Este año la hoguera fue más pequeña. El riesgo extremo de incendios obligó a reducirla, a desplegar retenes de bomberos y a empapar el terreno. Todo medido, todo controlado. Ni un detalle al azar para evitar que el fuego se desbordara.Para lo demás, en cambio, seguimos confiando en lo de siempre: que ya vendrá alguien después. Vasos en el suelo. Botellas junto al río. Restos de comida abandonados como si el aparcamiento fuese un vertedero provisional. Y la misma escena repetida cada año con una naturalidad preocupante: disfrutar primero, desentenderse después.
Dos varas de medir. La seguridad se planifica; el civismo se improvisa. Y lo que se improvisa, falla. Porque el verdadero problema no es la fiesta. Es la comodidad. La certeza de que hay un servicio de limpieza que funciona lo suficientemente bien como para que nadie tenga que plantearse su comportamiento. ¿Para qué molestarse en recoger? ¿Para qué respetar el entorno? Total, desaparecerá al amanecer. Y desaparece. Carros, operarios, maquinaria, una pala nada menos y en pocas horas no queda rastro. Tan eficaz que casi parece que nada ha ocurrido. Pero ocurre. Y cada año un poco más.
Mientras tanto, la ciudad se prepara para San Pedro con su habitual mezcla de tradición y rutina. Se habla de participación, de ambiente, de identidad. Pero hay una palabra que sigue sin aparecer en el programa: responsabilidad. Porque celebrar no es solo ocupar el espacio público. Es también saber dejarlo. Y ahí es donde, de forma sistemática, fallamos. El Ayuntamiento cumplió. La limpieza fue rápida y eficaz. Pero hay algo difícil de ignorar: el comportamiento más cívico de la noche fue el de quienes acudieron a trabajar cuando los demás ya se habían marchado.
San Pedro merece algo más. No solo mejores actividades o más ambición en el cartel. También una ciudadanía que esté a la altura de lo que celebra. El fuego de San Juan se lleva los malos deseos. Lo que sigue quedándose, año tras año, es algo bastante menos simbólico: la costumbre de ensuciar con la tranquilidad de que siempre habrá alguien detrás para recoger.

Este año la hoguera fue más pequeña. El riesgo extremo de incendios obligó a reducirla, a desplegar retenes de bomberos y a empapar el terreno. Todo medido, todo controlado. Ni un detalle al azar para evitar que el fuego se desbordara.Para lo demás, en cambio, seguimos confiando en lo de siempre: que ya vendrá alguien después. Vasos en el suelo. Botellas junto al río. Restos de comida abandonados como si el aparcamiento fuese un vertedero provisional. Y la misma escena repetida cada año con una naturalidad preocupante: disfrutar primero, desentenderse después.
Dos varas de medir. La seguridad se planifica; el civismo se improvisa. Y lo que se improvisa, falla. Porque el verdadero problema no es la fiesta. Es la comodidad. La certeza de que hay un servicio de limpieza que funciona lo suficientemente bien como para que nadie tenga que plantearse su comportamiento. ¿Para qué molestarse en recoger? ¿Para qué respetar el entorno? Total, desaparecerá al amanecer. Y desaparece. Carros, operarios, maquinaria, una pala nada menos y en pocas horas no queda rastro. Tan eficaz que casi parece que nada ha ocurrido. Pero ocurre. Y cada año un poco más.
Mientras tanto, la ciudad se prepara para San Pedro con su habitual mezcla de tradición y rutina. Se habla de participación, de ambiente, de identidad. Pero hay una palabra que sigue sin aparecer en el programa: responsabilidad. Porque celebrar no es solo ocupar el espacio público. Es también saber dejarlo. Y ahí es donde, de forma sistemática, fallamos. El Ayuntamiento cumplió. La limpieza fue rápida y eficaz. Pero hay algo difícil de ignorar: el comportamiento más cívico de la noche fue el de quienes acudieron a trabajar cuando los demás ya se habían marchado.
San Pedro merece algo más. No solo mejores actividades o más ambición en el cartel. También una ciudadanía que esté a la altura de lo que celebra. El fuego de San Juan se lleva los malos deseos. Lo que sigue quedándose, año tras año, es algo bastante menos simbólico: la costumbre de ensuciar con la tranquilidad de que siempre habrá alguien detrás para recoger.















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