Mª Soledad Martín Turiño
Jueves, 25 de Junio de 2026
ZAMORANA

Anestesia

[Img #109581]Miro por la ventana, veo luces, sombras, idas y venidas; paso a través de una puerta sigilosa hasta que me adentro en lo oscuro, un enorme pasillo que parece no tener final, pero no percibo siquiera esa luz al fondo de la que todos hablaban siempre.

 

Siento mi cuerpo maltrecho sacudido por manos que lo presionan, agujerean, intuban y adormecen, pero nadie tiene rostro; son, más bien, maniquíes de una enorme tienda blanca, como esas donde venden trajes de novia. Mi cuerpo se relaja de pronto, no veo nada, no percibo sonido alguno; todo es noche, seguridad en la incertidumbre, la paradoja más absoluta. Me dejo llevar hacia donde quiera que hayan marcado mi destino, porque no puedo protestar, hasta eso me han impedido.

 

Duermo en paz, por fin, después de tanto tiempo. Ya no me atormentan aquellas pesadillas que se revelaban incluso entes de haber puesto la cabeza en la almohada; ahora solo son pequeños sueños irrelevantes, carentes de protagonismo y eso precisamente es lo que me permite adentrarme en un sueño reparador del que no me apetece despertar, porque cuando lo haga ¿qué veré?, ¿cuáles serán mis objetivos? ¿seguiré teniendo conciencia o continuaré vagaré entre sombras?

 

Me preocupan los ojos de mi hijo la tarde en que se despidió; ignoro el porqué de aquel adiós, pero su rostro serio vaticinaba un mal augurio. Sé que quería decirme algo, sin embargo, al pretender controlar sus lágrimas, evitó que palabra alguna saliera de sus labios. ¿Dónde estará ahora? ¿qué lugar ocupa en mi vida, si es que existe, o acaso formará parte de este sueño que a veces me confunde?

 

Ahora me viene a la mente la imagen perfectamente nítida de aquella muchacha que me esperaba cada día a la salida de la oficina; va vestida de verde y lleva una mascarilla que le oculta parte del rostro; aunque diría que la he visto aquí mismo, junto a mí, manejando instrumental que luego le pasaba a otras personas, todas de blanco, blanco y verde. Me inquieto, ¿dónde estoy?

 

Escucho a lo lejos una música, ceo que es Mozart, tal vez el “concierto para piano número 21” que tantas veces ponía como música de fondo mientras me relajaba, sentado junto a la ventana de mi cuarto, en aquella casa heredada de mis padres que constituyó mi mejor refugio; el lugar perfecto donde guarecerse para que nada malo pudiera interferir en la vida apacible que llevaba allí. De pronto, la música se detiene y una voz lejana viene a decir algo parecido a:

 

- Hemos terminado, todo ha ido bien. Informaré a la familia. Cerráis vosotros.

 

Mª Soledad Martín Turiño

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