ZAMORANA
Hay que ser egoistas
Mª Soledad Martín Turiño
Hay que ser egoístas; cuando uno ha llegado a una determinada edad y ha cumplido con todos los deberes familiares, laborales e incluso sociales, es el momento de detenerse para centrarse en uno mismo, toca entonces ser egoísta, darse pequeños caprichos, mirar por el futuro sin que nadie tenga que organizarlo por nosotros, porque llega un momento en que, por ley natural, los hijos se van de casa a construir su propia vida y, ya solos, parece que nos hacemos mayores de golpe; entonces es cuando caemos en la cuenta de que hemos ido dejando de lado a lo largo de los años pequeñas cosas que formaban parte de nuestro carácter: el tiempo personal, las ilusiones, los planes, los objetivos propios, las amistades… todo eso ha ido relegándose por sacar adelante a la familia, desvelándonos por los hijos, dándoles todo lo que hemos podido: cultura, una buena educación, viajes, aprendizaje, valores, principios… aquello, en fin, que recibimos nosotros, corregido y aumentado. Ahora ellos han triunfado, tienen una posición y nosotros nos sentimos cada vez más solos, abocados hacia una ancianidad irreversible donde, muy probablemente, lleguemos en soledad.
Mientras tanto, alrededor empiezan a faltar familiares o amigos de nuestra edad, otros padecen enfermedades y se ven inmersos en un maremágnum de citas interminables con médicos y enfermeros, y hay algunos que, haciendo caso omiso a todo esto ¡quizá los más inteligentes!, se embarcan en disfrutar plenamente de la vida que nunca tuvieron y siempre añoraron: salen, se juntan, viajan, ríen… y cuando llega el problema, lo acometen.
Interesante preguntarnos: ¿a qué grupo pertenecemos?
Hay que ser egoístas; cuando uno ha llegado a una determinada edad y ha cumplido con todos los deberes familiares, laborales e incluso sociales, es el momento de detenerse para centrarse en uno mismo, toca entonces ser egoísta, darse pequeños caprichos, mirar por el futuro sin que nadie tenga que organizarlo por nosotros, porque llega un momento en que, por ley natural, los hijos se van de casa a construir su propia vida y, ya solos, parece que nos hacemos mayores de golpe; entonces es cuando caemos en la cuenta de que hemos ido dejando de lado a lo largo de los años pequeñas cosas que formaban parte de nuestro carácter: el tiempo personal, las ilusiones, los planes, los objetivos propios, las amistades… todo eso ha ido relegándose por sacar adelante a la familia, desvelándonos por los hijos, dándoles todo lo que hemos podido: cultura, una buena educación, viajes, aprendizaje, valores, principios… aquello, en fin, que recibimos nosotros, corregido y aumentado. Ahora ellos han triunfado, tienen una posición y nosotros nos sentimos cada vez más solos, abocados hacia una ancianidad irreversible donde, muy probablemente, lleguemos en soledad.
Mientras tanto, alrededor empiezan a faltar familiares o amigos de nuestra edad, otros padecen enfermedades y se ven inmersos en un maremágnum de citas interminables con médicos y enfermeros, y hay algunos que, haciendo caso omiso a todo esto ¡quizá los más inteligentes!, se embarcan en disfrutar plenamente de la vida que nunca tuvieron y siempre añoraron: salen, se juntan, viajan, ríen… y cuando llega el problema, lo acometen.
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