Mª Soledad Martín Turiño
Lunes, 29 de Junio de 2026
ZAMORANA

Pescar en otros ríos

[Img #109715]Padre e hijo se han separado del resto de la familia con la excusa de salir temprano a pescar. Al muchacho, que frisa ya los quince años, no le hace ninguna gracia salir con su padre porque siente que no tienen nada en común y, además, la pesca le parece un deporte soporífero, una interminable espera mirando al infinito para ver si algún pez indefenso traga el anzuelo y acaba así con su vida. Le parece algo abominable, porque el chaval es vegetariano, amante de los animales y luchador de causas perdidas; se encuentra en esa fase, por la que hemos pasado todos, en que pretende cambiar el mundo, pero pasarán los años, se dará cuenta de que eso es un imposible, y acabará conformándose con ser una buena persona, que ya es bastante reto.

 

Estamos demasiado mediatizados por los avances tecnológicos, por aferrarnos a lo material, por querer vivir bien y disfrutar de la vida, que lo que implique compromiso, cambio radical o pensar en los demás es, poco menos que una entelequia inabordable. No obstante, Nicolás, que así se llama el hijo, no ha querido llevarle la contraria a su padre y ha accedido a levantarse temprano, cargar con todos los bártulos y acercarse al río a ver si cae algo.

 

Como ya suponía, su padre ha aprovechado la oportunidad de estar solos para coserle a preguntas; se ha interesado por sus estudios, por los amigos, por si hay alguna chica en el horizonte…y, por supuesto, ha deslizado como quien no quiere la cosa, que hay cosas que deben quedar entre hombres. Se refería al día en que Nicolás estaba con sus amigos en una fiesta de cumpleaños y vio a su padre sentado en una cafetería en actitud cariñosa con otra mujer. Se les notaba cómodos, felices, como si se conocieran desde hacía tiempo y, en un determinado momento, entre risas y caricias, se dieron un beso en los labios que lo expresaba todo.

 

Nicolás había salido a la calle con algunos amigos a echar un pito porque, aunque él no fumaba, le gustaba el aroma del humo del cigarro; entonces sus ojos se posaron en los de su padre a través del cristal de la cafetería; no sabría decir cuánto tiempo duró aquella conexión, pero al cabo de un rato, se marchó de la fiesta sin dar explicaciones. Una vez en casa, actuó como si nada hubiese ocurrido; el padre llegó tarde, como era habitual, y su madre ya tenía la mesa dispuesta para cenar. Aquella mujer, después de más de veinte años casados y dos hijos en común, bebía los vientos por su marido, le miraba con arrobo y siempre estaba agradecida a cualquier gesto cariñoso que viniera de él; aunque estas manifestaciones fueran escasas. Nicolás nunca percibió que su padre sintiera lo mismo por ella y ahora comprendía muchas cosas.

 

No había transcurrido ni media hora cuando el muchacho, para zanjar una conversación incómoda, le dijo a su padre: - “creo que ya ha picado uno”.

 

Mª Soledad Martín Turiño

Comentarios Comentar esta noticia
Comentar esta noticia
CAPTCHA

Normas de participación

Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.

La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad

Normas de Participación

Política de privacidad

Por seguridad guardamos tu IP
216.73.217.98

Todavía no hay comentarios

Con tu cuenta registrada

Escribe tu correo y te enviaremos un enlace para que escribas una nueva contraseña.