REFLEXIONES
No me gusta el verano
Eugenio-Jesús de Ávila
Como solía afirmar Adolfo Suárez, puedo prometer y prometo que jamás me uní a cualquier festejo popular, nunca celebré las fiestas por decreto de las instituciones pública. Me divertí cuando lo consideré oportuno, ora con un libro, una película, un amigo o una mujer, pareja, novia, esposa o amante. De aquel San Pedro de mi juventud, solo recuerdo las actuaciones de gentes como Serrat, Mocedades, Agua Viva, Mari Trini o Paloma San Basilio, y los bailes con el grupo de mis amigos y amigas. Y poco más.
Huyo, desde ha tiempo, de las muchedumbres, de los barullos, de las masas. No me gusta ver una buena película, codo con codo, con una sala llena de gente, ni asistir a conciertos de música, de rock and roll, de rock sinfónico. Quizá me he convertido en un misántropo, una militancia que se acentúa cuando observo la res pública. Asco, vulgaridad, basura, mentira, hipocresía.
Tampoco me gusta el verano, recién estrenado, porque el calor se convierte en un enemigo más, en un tipo que me impide pasear cuando me apetece, dormir bien por las noches y soñar con ella. El calor me transforma en un hombre más cercano al enojo, agresivo, menos culto, más irascible. Ahora bien, una paradoja que percibo en mi ser: en estos meses de julio y agosto amó más, con más fuerza, con más lirismo que durante los meses que son patrimonio de los vientos del septentrión, de las primas de las nubes o del vaho de Dios, las nieblas, o de las heladas que tanto ayudan a curar las viandas tras las cruentas fiestas de San Martín.
Eugenio-Jesús de Ávila
Como solía afirmar Adolfo Suárez, puedo prometer y prometo que jamás me uní a cualquier festejo popular, nunca celebré las fiestas por decreto de las instituciones pública. Me divertí cuando lo consideré oportuno, ora con un libro, una película, un amigo o una mujer, pareja, novia, esposa o amante. De aquel San Pedro de mi juventud, solo recuerdo las actuaciones de gentes como Serrat, Mocedades, Agua Viva, Mari Trini o Paloma San Basilio, y los bailes con el grupo de mis amigos y amigas. Y poco más.
Huyo, desde ha tiempo, de las muchedumbres, de los barullos, de las masas. No me gusta ver una buena película, codo con codo, con una sala llena de gente, ni asistir a conciertos de música, de rock and roll, de rock sinfónico. Quizá me he convertido en un misántropo, una militancia que se acentúa cuando observo la res pública. Asco, vulgaridad, basura, mentira, hipocresía.
Tampoco me gusta el verano, recién estrenado, porque el calor se convierte en un enemigo más, en un tipo que me impide pasear cuando me apetece, dormir bien por las noches y soñar con ella. El calor me transforma en un hombre más cercano al enojo, agresivo, menos culto, más irascible. Ahora bien, una paradoja que percibo en mi ser: en estos meses de julio y agosto amó más, con más fuerza, con más lirismo que durante los meses que son patrimonio de los vientos del septentrión, de las primas de las nubes o del vaho de Dios, las nieblas, o de las heladas que tanto ayudan a curar las viandas tras las cruentas fiestas de San Martín.













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