LDHH
El dolor de un país y la grandeza de su gente
Francisco José Alonso Rodríguez
La historia de Venezuela parece ensañarse con su geografía, pero si algo queda claro en medio del dolor provocado por el catastrófico doble terremoto en el norte del país y las graves inundaciones occidentales, es que el verdadero motor de salvación no viste uniforme oficial ni maneja presupuestos públicos. Hoy por hoy, es el ciudadano de a pie —el vecino, el mototaxista, el voluntario improvisado— quien está llevando sobre sus hombros el peso absoluto de los rescates. Ante una tragedia de dimensiones tan descomunales, la solidaridad popular ha tenido que suplantar la dramática ausencia de su Gobierno.
Cuando la tierra crujió en Caracas, La Guaira y las zonas aledañas, no hubo un despliegue inmediato e institucional capaz de mitigar el caos. La realidad logística del país es implacable: no existen suficientes ambulancias operativas, camiones de bomberos dotados ni herramientas técnicas pesadas en manos del Estado para abordar un colapso de esta magnitud. Llegar al epicentro de los derrumbes a tiempo a través de canales institucionales es una utopía. En las primeras horas críticas —esas donde se decide la vida o la muerte bajo el concreto—, lo que se escuchó no fue el eco de los protocolos gubernamentales, sino los gritos de miles de civiles removiendo escombros con sus propias manos, organizando cadenas humanas para mover rocas y abriendo caminos a pura fuerza de voluntad.
Mientras las familias lloran a sus fallecidos y buscan desesperadamente a los desaparecidos entre la precariedad más absoluta, la narrativa gubernamental intenta, una vez más, maquillar las grietas de su propia ineficiencia. Hablan de planes de contingencia y despliegues perfectos, pero las comunidades afectadas denuncian lo obvio en el terreno: el gobierno, sencillamente, no está a la altura de su pueblo. Décadas de desinversión en infraestructura médica, desmantelamiento de los cuerpos de protección civil locales y la falta crónica de recursos básicos han dejado al país en una vulnerabilidad extrema frente a la naturaleza.
El coraje de los venezolanos es indiscutible. En cuestión de minutos se armaron convoyes ciudadanos repletos de agua, comida y medicamentos recolectados por civiles para enviarlos a los sectores más golpeados. Son los propios jóvenes de las barriadas quienes arriesgan sus vidas ingresando a estructuras inestables, guiados únicamente por el amor al prójimo y la urgencia de no dejar a nadie atrás.
Nadie planifica un desastre de esta escala, pero la respuesta ante él mide la estatura moral de quienes gobiernan. Una vez más, el saldo es trágico y desigual. El Estado venezolano ha quedado retratado en su incapacidad y pasividad, mientras que la ciudadanía ha vuelto a demostrar una dignidad inquebrantable. En Venezuela, la fe y la supervivencia no dependen de un ministerio; dependen del vecino. Una verdad dolorosa, pero innegable: hoy, solo el pueblo salva al pueblo
Politólogo. - Sociólogo. - Presidente Liga Española Pro Derechos Humanos. - Premio las Libertades “Rafael del Riego”. - Medalla de 1ª Clase Francisco de Miranda. (30 junio 2026)
La historia de Venezuela parece ensañarse con su geografía, pero si algo queda claro en medio del dolor provocado por el catastrófico doble terremoto en el norte del país y las graves inundaciones occidentales, es que el verdadero motor de salvación no viste uniforme oficial ni maneja presupuestos públicos. Hoy por hoy, es el ciudadano de a pie —el vecino, el mototaxista, el voluntario improvisado— quien está llevando sobre sus hombros el peso absoluto de los rescates. Ante una tragedia de dimensiones tan descomunales, la solidaridad popular ha tenido que suplantar la dramática ausencia de su Gobierno.
Cuando la tierra crujió en Caracas, La Guaira y las zonas aledañas, no hubo un despliegue inmediato e institucional capaz de mitigar el caos. La realidad logística del país es implacable: no existen suficientes ambulancias operativas, camiones de bomberos dotados ni herramientas técnicas pesadas en manos del Estado para abordar un colapso de esta magnitud. Llegar al epicentro de los derrumbes a tiempo a través de canales institucionales es una utopía. En las primeras horas críticas —esas donde se decide la vida o la muerte bajo el concreto—, lo que se escuchó no fue el eco de los protocolos gubernamentales, sino los gritos de miles de civiles removiendo escombros con sus propias manos, organizando cadenas humanas para mover rocas y abriendo caminos a pura fuerza de voluntad.
Mientras las familias lloran a sus fallecidos y buscan desesperadamente a los desaparecidos entre la precariedad más absoluta, la narrativa gubernamental intenta, una vez más, maquillar las grietas de su propia ineficiencia. Hablan de planes de contingencia y despliegues perfectos, pero las comunidades afectadas denuncian lo obvio en el terreno: el gobierno, sencillamente, no está a la altura de su pueblo. Décadas de desinversión en infraestructura médica, desmantelamiento de los cuerpos de protección civil locales y la falta crónica de recursos básicos han dejado al país en una vulnerabilidad extrema frente a la naturaleza.
El coraje de los venezolanos es indiscutible. En cuestión de minutos se armaron convoyes ciudadanos repletos de agua, comida y medicamentos recolectados por civiles para enviarlos a los sectores más golpeados. Son los propios jóvenes de las barriadas quienes arriesgan sus vidas ingresando a estructuras inestables, guiados únicamente por el amor al prójimo y la urgencia de no dejar a nadie atrás.
Nadie planifica un desastre de esta escala, pero la respuesta ante él mide la estatura moral de quienes gobiernan. Una vez más, el saldo es trágico y desigual. El Estado venezolano ha quedado retratado en su incapacidad y pasividad, mientras que la ciudadanía ha vuelto a demostrar una dignidad inquebrantable. En Venezuela, la fe y la supervivencia no dependen de un ministerio; dependen del vecino. Una verdad dolorosa, pero innegable: hoy, solo el pueblo salva al pueblo
Politólogo. - Sociólogo. - Presidente Liga Española Pro Derechos Humanos. - Premio las Libertades “Rafael del Riego”. - Medalla de 1ª Clase Francisco de Miranda. (30 junio 2026)

















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