Redacción
Jueves, 02 de Julio de 2026
REFLEXIONES PRIVADAS

Vivir sin escribir, vivir sin amar

[Img #109769]Eugenio-Jesús de Ávila

 

 

No concibo vivir sin amar. No deseo vivir si no encuentro la rima a las estrofas que cada día escribe una nube extraviada cuando la atraviesan los tiernos rayos del sol; sino escucho los trinos de un jilguero, el rumor del viento cuando charla con las hojas de los árboles; si no contemplo el salto de una carpa rompiendo la epidermis del Duero a la búsqueda de un insecto malhadado o si se me pierde el alma en el bulevar de la vejez.

 

Confieso que, cuando se me agote la pasión y se me seque el amor, le comunicaré a las parcas que me vengan a buscar, que ya estoy preparado para convertirme en nada, quizá en recuerdo, hijo predilecto de la memoria. Vivo todavía porque suturo las heridas que me ha abierto el tiempo en epidermis de mi espíritu con el hilo de las palabras. Escribir me cura. Jugar con los verbos me provoca éxtasis sensuales. La sintaxis me exige que trate con ternura las oraciones, más si intento transmitir amor a quien no ama, criticar al malandrín que esquilma al pueblo humilde, ágrafo y cándido.

 

Si no escribiera, me moriría más deprisa. Si no amase, me convertiría en el esqueleto de una mariposa. Escribir es amar a una mujer con palabras, porque cada letra es un beso, las vocales, caricias; las consonantes, abrazos, y las oraciones, cópulas.  Cuando escribir exprimo el cerebro para extraer sentimientos y que su zumo sirva para saciar la sed de amor a quien me lee.  

 

He escrito miles de artículos sobre Zamora, porque la amé, la amo y la amaré como si fuera la pasión de mi vida. Quise que mi ciudad, la del alma que apellidase el poeta, fuese más feliz, que sus hijos sonriesen, que se olvidasen de llorar, que no sintiesen la pena del olvido, que, si estimaron marcharse, la añorasen mientras lágrimas recorriesen el surco de sus mejillas, y, si decidieron quedarse para esconderse entre las nieblas del otoño, convertirse en escarcha cuando enero helase, o quemarse cuando Eolo sopla en agosto en las riberas del río Duradero, no se conformasen con los cuentos políticos, que combatiesen las mentiras de los malandrines que viven de la res pública, que se rebelasen contra los que quisieron hacer de nuestra tierra una enorme residencia de la tercera edad, un campo de concentración o un gulag para la vejez.

 

Sé que me estoy haciendo mayor, que la senectud me espera a la vuelta de la esquina de mi calle, que podría dedicarme a dar sepultura a todos los verbos, a procurarles una buena muerte, a que no sufran cuando les da vida una persona que vive por inercia; pero, mientras cada glóbulo rojo que recorre las venas de mi alma respire amor por Zamora, por una mujer, por un poema, por una película,  por toda obra de arte, fabricaré palabras en la factoría de las vocales y de las consonantes, allá en la biblioteca del alma.

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