REFLEXIONES URBANAS
Dejar una ciudad más amada, próspera y hermosa
Eugenio-Jesús de Ávila
Elegí quedarme como otros zamoranos, por diversas razones que no me incumben, decidieron dejar su patria chica. No sé por qué regresé a Zamora. Quizá, como Proust, porque buscaba el tiempo perdido en mi infancia, durante los años de mi juventud, en los primeros tiempos de mi etapa más madura. No me arrepiento.
Esta sociedad nuestra, tan decimonónica, tan pretérita, vive más de los fracasos ajenos, de dimes y diretes sobre el prójimo, de la vida de los otros que de sus avances, si los hubo; de captar la esencia de la solidaridad, de libar el néctar de la verdad, de abrazar al vecino, de olvidarse de conjugar el verbo odiar. Insisto que, de cuando en cuando, he llegado a pensar que hay zamoranos que se alegran más del mal ajeno que de la gloria propia.
Mi vida, que podría haber sido protagonizada por la enseñanza de la historia, de la geografía, del arte, de la sociología, la dediqué al periodismo, una de las profesiones con mayor potencial de inquina, envidia, hipocresía, más si desarrollas tu labor en una ciudad menguante, anquilosada, mentalmente enrocada en un conservadurismo casposo y anacrónico. Y en mi ejercicio del periodismo me convertí al escepticismo, como si fuera discípulo de Pirrón de Elis. No creo en los políticos, de la diestra ni de la siniestra, aunque ame la política, como si fuera el autor de la Oración Fúnebre de Atenas, el amante de Aspasia de Mileto. Y, cuanto más tiempo se acumula en mis huesos, más me acerco a la misantropía. Confesión de un hombre sin fe en casi nada.
Y aquí sigo danzando con vocales y consonantes, construyendo palabras para que formen oraciones con el cariño de la sintaxis. De tal manera, siento que lo que escribo, un sentimiento que se fragua en el alma y esculpe el cerebro, también es el tuyo, hombre o mujer que me lees. Y si mis verbos te provocan placer, hedonismo literario, cierta lectura erótica, mis deseos se habrán transformado en realidad. También querría que tu Zamora y la mía, la de todos la que la amamos, deviniera en una ciudad más hermosa, en una ancianita coqueta, en una urbe en la que las gentes, las de aquí y las de allá que ahora son también propias, zamoranas, trabajasen con una sonrisa en los labios y una mirada dulce en los ojos.
Y, cuando me vaya, parta con la satisfacción que dejé una Zamora más hermosa, libre, lírica y feliz que la me vio nacer un 13 de agosto de un año del que no recuerdo nada. Sostengo que todo regidor también desearía cortarse la coleta de la res pública dejando un albero más unido, bello y próspero que el que recogió. Verdad: Antonio, Rosa y Francisco.
Eugenio-Jesús de Ávila
Elegí quedarme como otros zamoranos, por diversas razones que no me incumben, decidieron dejar su patria chica. No sé por qué regresé a Zamora. Quizá, como Proust, porque buscaba el tiempo perdido en mi infancia, durante los años de mi juventud, en los primeros tiempos de mi etapa más madura. No me arrepiento.
Esta sociedad nuestra, tan decimonónica, tan pretérita, vive más de los fracasos ajenos, de dimes y diretes sobre el prójimo, de la vida de los otros que de sus avances, si los hubo; de captar la esencia de la solidaridad, de libar el néctar de la verdad, de abrazar al vecino, de olvidarse de conjugar el verbo odiar. Insisto que, de cuando en cuando, he llegado a pensar que hay zamoranos que se alegran más del mal ajeno que de la gloria propia.
Mi vida, que podría haber sido protagonizada por la enseñanza de la historia, de la geografía, del arte, de la sociología, la dediqué al periodismo, una de las profesiones con mayor potencial de inquina, envidia, hipocresía, más si desarrollas tu labor en una ciudad menguante, anquilosada, mentalmente enrocada en un conservadurismo casposo y anacrónico. Y en mi ejercicio del periodismo me convertí al escepticismo, como si fuera discípulo de Pirrón de Elis. No creo en los políticos, de la diestra ni de la siniestra, aunque ame la política, como si fuera el autor de la Oración Fúnebre de Atenas, el amante de Aspasia de Mileto. Y, cuanto más tiempo se acumula en mis huesos, más me acerco a la misantropía. Confesión de un hombre sin fe en casi nada.
Y aquí sigo danzando con vocales y consonantes, construyendo palabras para que formen oraciones con el cariño de la sintaxis. De tal manera, siento que lo que escribo, un sentimiento que se fragua en el alma y esculpe el cerebro, también es el tuyo, hombre o mujer que me lees. Y si mis verbos te provocan placer, hedonismo literario, cierta lectura erótica, mis deseos se habrán transformado en realidad. También querría que tu Zamora y la mía, la de todos la que la amamos, deviniera en una ciudad más hermosa, en una ancianita coqueta, en una urbe en la que las gentes, las de aquí y las de allá que ahora son también propias, zamoranas, trabajasen con una sonrisa en los labios y una mirada dulce en los ojos.
Y, cuando me vaya, parta con la satisfacción que dejé una Zamora más hermosa, libre, lírica y feliz que la me vio nacer un 13 de agosto de un año del que no recuerdo nada. Sostengo que todo regidor también desearía cortarse la coleta de la res pública dejando un albero más unido, bello y próspero que el que recogió. Verdad: Antonio, Rosa y Francisco.












Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.217.116