REFLEXIONES PRIVADAS
No ser nada
Eugenio-Jesús de Ávila
Esto de asumir que voy yendo y, además, cada día más deprisa, como si Cronos acelerara mi reloj de bolsillo, me obliga a conjugar con cierta asiduidad los verbos pensar y reflexionar, dos hermanos del alma. Y me ha dado por preguntarme, verbigracia: ¿Qué has hecho en la vida, Eugenio-Jesús de Ávila, además de tener dos hijas hermosas e inteligentes; amigos, pocos, pero magníficos; amar a mujeres bellas y, en algún caso, prohibidas, y ganarme el sustento sin utilizar la felonía y la mentira en mi profesión? Y me respondo, con contundencia: “¡Nada!”. E incluso, si ese Dios en el que no creo, por lógica y orfandad de fe, me recibiera en su suite celestial y me plantease la misma cuestión, también le contestaría con la misma palabra, pero ampliada: “Nada de nada”. Y para defenderme y evitar tostarme en el Hades, añadiría: “No he sido una buena persona, más bien me acercaría a la realidad afirmando que “no he sido malo del todo”. Me faltó un punto para convertirme en un malandrín.
Y no me siento mal conmigo mismo por no haber hecho nada. Pensé, como comentaba aquel profesor de Filosofía, que la vida era sentarse en un queso y comer de otro. Y a tal menester dediqué mi afán. Quizá se haya debido ese nihilismo psicológico, a mi falta absoluta de ambición, de querer ser más, de ocupar cargos lustrosos, de ser admirado por las masas y loado por intelectuales. Pues, para querer ser algo, para triunfar, además de inteligente, tienes que entrar en competencia con el prójimo y, si no puedes con él porque su preparación es superior a la tuya, por esfuerzo, por laboriosidad y por talento, emplear malas artes: difamar, calumniar o traicionar.
Si hubiera sido algo, pongamos político con salario superior, tres o cuatro veces, a mis méritos profesionales; habría gentes, familia, amigos, señoritas, que me estarían muy agradecidas, eternamente, por extraer todo el jugo posible del nepotismo. Prefiero, pues, no haber sido nada, no ser necesario, pero sí prescindible. Me conformé con pasar por este sueño de vivir sin molestar, sin exigir, sin pedir y sin rogar. No fui artista, ni hábil, ni inteligente, ni persona sensible. Solo he sido una nada a la que nacieron en Zamora ha mucho tiempo, demasiado, que se deleitó amando, sintiendo el arte y exprimiendo las palabras para extraer su zumo más dulce de las circunvalaciones de mi cerebro.
Eugenio-Jesús de Ávila
Esto de asumir que voy yendo y, además, cada día más deprisa, como si Cronos acelerara mi reloj de bolsillo, me obliga a conjugar con cierta asiduidad los verbos pensar y reflexionar, dos hermanos del alma. Y me ha dado por preguntarme, verbigracia: ¿Qué has hecho en la vida, Eugenio-Jesús de Ávila, además de tener dos hijas hermosas e inteligentes; amigos, pocos, pero magníficos; amar a mujeres bellas y, en algún caso, prohibidas, y ganarme el sustento sin utilizar la felonía y la mentira en mi profesión? Y me respondo, con contundencia: “¡Nada!”. E incluso, si ese Dios en el que no creo, por lógica y orfandad de fe, me recibiera en su suite celestial y me plantease la misma cuestión, también le contestaría con la misma palabra, pero ampliada: “Nada de nada”. Y para defenderme y evitar tostarme en el Hades, añadiría: “No he sido una buena persona, más bien me acercaría a la realidad afirmando que “no he sido malo del todo”. Me faltó un punto para convertirme en un malandrín.
Y no me siento mal conmigo mismo por no haber hecho nada. Pensé, como comentaba aquel profesor de Filosofía, que la vida era sentarse en un queso y comer de otro. Y a tal menester dediqué mi afán. Quizá se haya debido ese nihilismo psicológico, a mi falta absoluta de ambición, de querer ser más, de ocupar cargos lustrosos, de ser admirado por las masas y loado por intelectuales. Pues, para querer ser algo, para triunfar, además de inteligente, tienes que entrar en competencia con el prójimo y, si no puedes con él porque su preparación es superior a la tuya, por esfuerzo, por laboriosidad y por talento, emplear malas artes: difamar, calumniar o traicionar.
Si hubiera sido algo, pongamos político con salario superior, tres o cuatro veces, a mis méritos profesionales; habría gentes, familia, amigos, señoritas, que me estarían muy agradecidas, eternamente, por extraer todo el jugo posible del nepotismo. Prefiero, pues, no haber sido nada, no ser necesario, pero sí prescindible. Me conformé con pasar por este sueño de vivir sin molestar, sin exigir, sin pedir y sin rogar. No fui artista, ni hábil, ni inteligente, ni persona sensible. Solo he sido una nada a la que nacieron en Zamora ha mucho tiempo, demasiado, que se deleitó amando, sintiendo el arte y exprimiendo las palabras para extraer su zumo más dulce de las circunvalaciones de mi cerebro.














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