REFLEXIONES
La cándida bondad de los zamoranos
Eugenio-Jesús de Ávila
Yo creo, lo afirmo, que en Zamora hay más buena gente que malandrines; pero la envidia, madre del odio, posee mayor potencial destructivo que el amor. Y conozco, además, personas que encuentran mayor satisfacción en el fracaso del prójimo que el éxito propio. También sostengo que, con que unos cuantos trabajen en contra del progreso de nuestra tierra, a favor de su decadencia, Zamora menguará, se deshilachará, se descompondrá.
No me cabe duda que las decisiones políticas adoptadas por los distintos gobiernos durante la democracia causaron graves perjuicios económicos a Zamora, tanto a la capital como a su provincia. Ningún economista -supongo que habrá eruditos zamoranos en esta materia- ha valorado qué significó el cierre de líneas férreas, ejecutado por el felipismo; el traslado a Salamanca y su provincia del Regimiento Toledo y de la Prisión Provincial; el cierre de la Universidad Laboral y la silente, pero profunda reconversión agroganadera, facultada tras la entrada en Europa de nuestra nación. No olvidemos que nuestra provincia ocupaba la trigésimo tercera posición en la clasificación entre las 50 españolas antes de 1975. La capital contaba en 1965 con 50.000 habitantes y 250.000 la geografía provincial.
Y téngase en cuenta que el último tramo de la autovía de la Vía de la Plata fue el de Zamora a Benavente y que todavía la autovía entre la capital de la provincia y la frontera lusa se retrasa. Me temo que en la próxima década todavía no podremos viajar al país hermano a través de una carretera moderna, sino por una N-122 peligrosísima.
Y Zamora solo se rebeló cuando alcalde saltó la verja del Cuartel Viriato, entonces abandonado, sin utilidad, un 30 de mayo de 1990. Durante un mes lunar, el Ayuntamiento de Zamora se dirigió desde el viejo castro militar, pues J. Antolín Martín se encerró allí, acompañado por miembros de Izquierda Unida. Por supuesto, la militancia y los cargos socialistas pasaron de sumarse al sentimiento del pueblo llano. Gobernaba el PSOE.
Esta ciudad ha tenido motivos suficientes para manifestarse en numerosas ocasiones por tantas afrentas políticas en contra de los gobiernos nacionales, principalmente, y autonómicos. Pero el zamorano es tan bueno que las ocas del Duero pasean en la margen izquierda del río Duradero como si vivieran en el Edén. No tienen miedo. No temen agresiones humanas. Son felices. Pero esa bondad, esa sensibilidad hacia el mundo animal, su conformismo, entre cándido y abúlico, con las decisiones políticas, por injustas que sean, han facilitado la decadencia económica y demográfica de Zamora. Quizá aquí se ignora aquel aserto de Edmund Burke, filósofo irlandés del siglo XVIII: “Para que triunfe el mal, sólo es necesario que los buenos no hagan nada.”
Los zamoranos buenos, durante tantos años, se cruzaron de brazos, mientras el mal, que nunca descansa, fue deconstruyendo nuestra tierra. No va más.
Eugenio-Jesús de Ávila
Yo creo, lo afirmo, que en Zamora hay más buena gente que malandrines; pero la envidia, madre del odio, posee mayor potencial destructivo que el amor. Y conozco, además, personas que encuentran mayor satisfacción en el fracaso del prójimo que el éxito propio. También sostengo que, con que unos cuantos trabajen en contra del progreso de nuestra tierra, a favor de su decadencia, Zamora menguará, se deshilachará, se descompondrá.
No me cabe duda que las decisiones políticas adoptadas por los distintos gobiernos durante la democracia causaron graves perjuicios económicos a Zamora, tanto a la capital como a su provincia. Ningún economista -supongo que habrá eruditos zamoranos en esta materia- ha valorado qué significó el cierre de líneas férreas, ejecutado por el felipismo; el traslado a Salamanca y su provincia del Regimiento Toledo y de la Prisión Provincial; el cierre de la Universidad Laboral y la silente, pero profunda reconversión agroganadera, facultada tras la entrada en Europa de nuestra nación. No olvidemos que nuestra provincia ocupaba la trigésimo tercera posición en la clasificación entre las 50 españolas antes de 1975. La capital contaba en 1965 con 50.000 habitantes y 250.000 la geografía provincial.
Y téngase en cuenta que el último tramo de la autovía de la Vía de la Plata fue el de Zamora a Benavente y que todavía la autovía entre la capital de la provincia y la frontera lusa se retrasa. Me temo que en la próxima década todavía no podremos viajar al país hermano a través de una carretera moderna, sino por una N-122 peligrosísima.
Y Zamora solo se rebeló cuando alcalde saltó la verja del Cuartel Viriato, entonces abandonado, sin utilidad, un 30 de mayo de 1990. Durante un mes lunar, el Ayuntamiento de Zamora se dirigió desde el viejo castro militar, pues J. Antolín Martín se encerró allí, acompañado por miembros de Izquierda Unida. Por supuesto, la militancia y los cargos socialistas pasaron de sumarse al sentimiento del pueblo llano. Gobernaba el PSOE.
Esta ciudad ha tenido motivos suficientes para manifestarse en numerosas ocasiones por tantas afrentas políticas en contra de los gobiernos nacionales, principalmente, y autonómicos. Pero el zamorano es tan bueno que las ocas del Duero pasean en la margen izquierda del río Duradero como si vivieran en el Edén. No tienen miedo. No temen agresiones humanas. Son felices. Pero esa bondad, esa sensibilidad hacia el mundo animal, su conformismo, entre cándido y abúlico, con las decisiones políticas, por injustas que sean, han facilitado la decadencia económica y demográfica de Zamora. Quizá aquí se ignora aquel aserto de Edmund Burke, filósofo irlandés del siglo XVIII: “Para que triunfe el mal, sólo es necesario que los buenos no hagan nada.”
Los zamoranos buenos, durante tantos años, se cruzaron de brazos, mientras el mal, que nunca descansa, fue deconstruyendo nuestra tierra. No va más.













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