LDHH
Zapatero y Arroyo: De la Impunidad Despótica a la Sumisión Judicial
Francisco José Alonso Rodríguez
Existe una profunda e insoportable asimetría entre el comportamiento de ciertos personajes cuando ostentan el poder absoluto y cuando se ven obligados a rendir cuentas ante la justicia. Mi padre solía repetir una máxima colmada de sabiduría y observación de la naturaleza humana: decía que no había espectáculo más indigno ante los Tribunales que ver a los «ladrones de cuello blanco». Esos mismos individuos que, arropados por el cargo o el favor político, actúan durante meses como dictadores inflexibles y déspotas soberbios, se transforman en cuestión de minutos en sumisos, mansos y desvalidos corderos cuando cruzan el umbral de una sala de audiencias. La gallardía se les evapora en el pasillo; el honor, si es que alguna vez lo conocieron, se diluye ante la fría mirada del magistrado.
Esta estampa de degradación moral cobra hoy una dolorosa vigencia al observar el destino actual del Ateneo de Madrid, una institución bicentenaria concebida como el faro de la libertad de cátedra, el libre pensamiento y la cultura universal. Da pavor constatar cómo el actual Presidente de la Docta Casa llegó al cargo de la mano de un grupo organizado, diseñado específicamente para el asalto institucional, sin apenas conocer la historia, la mística ni el funcionamiento interno del Ateneo. El objetivo real de este desembarco no ha sido perpetuar el legado de sus fundadores, sino transformar este templo del saber en una suerte de secta organizada, un apéndice partidista destinado a fines absolutamente contrarios y hostiles a los principios fundacionales de la casa.
El contraste entre la soberbia intramuros y la cobardía judicial se escenifica de manera casi teatral cuando el líder de esta deriva se ve obligado a declarar. Resulta grotesco escuchar cómo, ante el Juez en la Sala de Audiencia, el otrora déspota adopta la letanía del mártir intachable: «Su señoría, soy un hombre honorable, padre de cinco hijos, nunca miento, no difamo y menos aún soy violento». Lo afirma sin parpadear, pretendiendo ocultar bajo la condición de la paternidad y la falsa mansedumbre que, en la realidad de la gestión diaria, ha encarnado precisamente todo lo contrario: la difamación, la exclusión y la violencia institucional contra los verdaderos ateneístas.
Esta estrategia de la evasión y el doble rasero conecta de forma directa con la cúspide del patronazgo político que ampara este despropósito. ¿Dónde ha quedado la gallardía y la honorabilidad de la que tanto presumía el expresidente José Luis Rodríguez Zapatero como supuesto «hombre de palabra»? Es inevitable recordar el momento en que se comprometió públicamente a dar a conocer, en un plazo de entre siete y diez días, la procedencia exacta de aquellas joyas que su portavoz experto y tasador de confianza había valorado entre 30.000 y 50.000 euros.
Pasado el plazo, la palabra empeñada se convirtió en humo. La realidad de sus actos ha desmentido drásticamente su retórica de transparencia. En lugar de colaborar para esclarecer los hechos, lo que estamos presenciando es una maquinaria jurídica y política volcada en un único propósito: impedir a toda costa cualquier atisbo de investigación. No se trata ya únicamente de dilucidar si se cometieron presuntos delitos —que los indicios apuntan decididamente a que sí—, sino de anular por completo la capacidad de los tribunales para investigar, extendiendo un manto de opacidad y blindaje que no solo le protege a él, sino que se proyecta de manera sospechosa sobre las actividades de su esposa y de sus hijas.
Ser un hombre verdaderamente NOBLE Y DIGNO exige una condición inquebrantable: acatar y aceptar las consecuencias de los propios actos, por muy duros, desfavorables o delictivos que estos resulten ser tras el dictamen de la ley. La nobleza no se declama en los mítines ni se compra con tasaciones de conveniencia; se demuestra sosteniendo la mirada ante la verdad.
El Ateneo de Madrid no merece ser el botín de un grupo organizado ni el refugio secular de quienes confunden la diplomacia con el encubrimiento. La degradación de nuestras instituciones culturales más sagradas comienza siempre igual: con un grupo advenedizo que entra por la puerta de atrás, un portavoz que tasa complicidades y un liderazgo político que promete la verdad en diez días mientras maniobra en la sombra para que nunca se encienda la luz. Recuperar el Ateneo es, hoy más que nada, un imperativo ético frente a la sumisión de los falsos corderos.
Politólogo. - Sociólogo. - Presidente Liga Española Pro Derechos Humanos. - Centro de Estudios Ateneos. - Premio a las Libertades “Rafael Del Riero”. Medalla Internacional DD.HH.
Existe una profunda e insoportable asimetría entre el comportamiento de ciertos personajes cuando ostentan el poder absoluto y cuando se ven obligados a rendir cuentas ante la justicia. Mi padre solía repetir una máxima colmada de sabiduría y observación de la naturaleza humana: decía que no había espectáculo más indigno ante los Tribunales que ver a los «ladrones de cuello blanco». Esos mismos individuos que, arropados por el cargo o el favor político, actúan durante meses como dictadores inflexibles y déspotas soberbios, se transforman en cuestión de minutos en sumisos, mansos y desvalidos corderos cuando cruzan el umbral de una sala de audiencias. La gallardía se les evapora en el pasillo; el honor, si es que alguna vez lo conocieron, se diluye ante la fría mirada del magistrado.
Esta estampa de degradación moral cobra hoy una dolorosa vigencia al observar el destino actual del Ateneo de Madrid, una institución bicentenaria concebida como el faro de la libertad de cátedra, el libre pensamiento y la cultura universal. Da pavor constatar cómo el actual Presidente de la Docta Casa llegó al cargo de la mano de un grupo organizado, diseñado específicamente para el asalto institucional, sin apenas conocer la historia, la mística ni el funcionamiento interno del Ateneo. El objetivo real de este desembarco no ha sido perpetuar el legado de sus fundadores, sino transformar este templo del saber en una suerte de secta organizada, un apéndice partidista destinado a fines absolutamente contrarios y hostiles a los principios fundacionales de la casa.
El contraste entre la soberbia intramuros y la cobardía judicial se escenifica de manera casi teatral cuando el líder de esta deriva se ve obligado a declarar. Resulta grotesco escuchar cómo, ante el Juez en la Sala de Audiencia, el otrora déspota adopta la letanía del mártir intachable: «Su señoría, soy un hombre honorable, padre de cinco hijos, nunca miento, no difamo y menos aún soy violento». Lo afirma sin parpadear, pretendiendo ocultar bajo la condición de la paternidad y la falsa mansedumbre que, en la realidad de la gestión diaria, ha encarnado precisamente todo lo contrario: la difamación, la exclusión y la violencia institucional contra los verdaderos ateneístas.
Esta estrategia de la evasión y el doble rasero conecta de forma directa con la cúspide del patronazgo político que ampara este despropósito. ¿Dónde ha quedado la gallardía y la honorabilidad de la que tanto presumía el expresidente José Luis Rodríguez Zapatero como supuesto «hombre de palabra»? Es inevitable recordar el momento en que se comprometió públicamente a dar a conocer, en un plazo de entre siete y diez días, la procedencia exacta de aquellas joyas que su portavoz experto y tasador de confianza había valorado entre 30.000 y 50.000 euros.
Pasado el plazo, la palabra empeñada se convirtió en humo. La realidad de sus actos ha desmentido drásticamente su retórica de transparencia. En lugar de colaborar para esclarecer los hechos, lo que estamos presenciando es una maquinaria jurídica y política volcada en un único propósito: impedir a toda costa cualquier atisbo de investigación. No se trata ya únicamente de dilucidar si se cometieron presuntos delitos —que los indicios apuntan decididamente a que sí—, sino de anular por completo la capacidad de los tribunales para investigar, extendiendo un manto de opacidad y blindaje que no solo le protege a él, sino que se proyecta de manera sospechosa sobre las actividades de su esposa y de sus hijas.
Ser un hombre verdaderamente NOBLE Y DIGNO exige una condición inquebrantable: acatar y aceptar las consecuencias de los propios actos, por muy duros, desfavorables o delictivos que estos resulten ser tras el dictamen de la ley. La nobleza no se declama en los mítines ni se compra con tasaciones de conveniencia; se demuestra sosteniendo la mirada ante la verdad.
El Ateneo de Madrid no merece ser el botín de un grupo organizado ni el refugio secular de quienes confunden la diplomacia con el encubrimiento. La degradación de nuestras instituciones culturales más sagradas comienza siempre igual: con un grupo advenedizo que entra por la puerta de atrás, un portavoz que tasa complicidades y un liderazgo político que promete la verdad en diez días mientras maniobra en la sombra para que nunca se encienda la luz. Recuperar el Ateneo es, hoy más que nada, un imperativo ético frente a la sumisión de los falsos corderos.
Politólogo. - Sociólogo. - Presidente Liga Española Pro Derechos Humanos. - Centro de Estudios Ateneos. - Premio a las Libertades “Rafael Del Riero”. Medalla Internacional DD.HH.

















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