ZAMORANA
El señor Antonio
A Antonio Sánchez se le conoce como el señor Antonio, no como don Antonio o el señor Sánchez, porque en este pueblo la gente que ha llegado a una edad respetable adquiere la categoría de señor.
Ya es mayor y puede decirse que prácticamente vive en la calle, porque en invierno se acomoda tras la ventana en su sillón de mimbre, al abrigo del brasero, y no se mueve de allí en todo el día, viendo pasar a la gente, vecinos del pueblo como él. Algunas veces le dan de mano; otras simplemente pasan a hacer sus quehaceres. En verano sale a la puerta de la casa y desde bien temprano se sienta en uno de los poyetes de piedra que jalonan la entrada y, siempre con el bastón entre las manos, deja transcurrir las horas, una tras otra, mientras la vida va pasando ante él.
Ve poco, tiene una enfermedad en los ojos y no quiere que le traten por miedo a perder la poca vista que aún le queda. La ciudad le parece un lugar hostil porque las escasas veces que ha ido ha sido para acudir al hospital, ya sea para atenderle a él o para visitar a algún enfermo. Antonio es un hombre de pueblo, y aunque ahora pase su vida de una manera sedentaria, ha sido muy activo; de joven era uno de los mejores labradores porque sus tierras estaban siempre en perfecta alineación, y competía con los campos aledaños en aquella época en que no existían todavía los tractores ni la maquinaria agrícola de la actualidad, y todo se hacía con bueyes o mulas y aperos de labranza manuales. Había mucha diferencia entre unos y otros agricultores en la forma de arar o de cavar los surcos para plantar las semillas; puede que al final en todos los campos se diera una cosecha parecida, pero al señor Antonio le obsesionaba la ética y la estética, ya fuera dentro de sus tierras, o fuera de ellas. Luego, cuando llegaba a casa, aún tenía dos vacas que ordeñar porque enseguida llegaban los vecinos que iban con sus vasijas a buscar la leche cada atardecer.
También era un apasionado cazador y cuando se abría la veda, cogía a Rufus, su perro fiel, y desde el amanecer ya estaba retando al frio, bien abrigado con la pelliza y la gorra calada, pisando la escarcha que crujía bajo sus pies. Allí sentía una libertad que no tenía precio, allí era feliz.
Antonio se casó joven y tuvo cinco hijos; los varones se dedicaron a la labranza y a cuidar del ganado, y siguieron su ejemplo quedándose en el pueblo; sin embargo, las dos hijas pequeñas, una vez que les llegó la edad de casarse, salieron de pueblo, ya que sus maridos vivían en villas aledañas; pese a que ambas hicieron buenas bodas, cuando se fueron las perdieron un poco, sobre todo el padre, porque Antonio, aunque quería a todos sus hijos, sentía debilidad por aquellas dos mujeres buenas tan parecidas a su madre, preparadas por ella en los quehaceres domésticos para que pudieran desenvolverse con soltura en sus nuevas vidas.
Así fue transcurriendo el tiempo, de manera inexorable y más rápido de lo que uno quisiera. No supo cuando se hizo viejo, solo que de pronto se sintió mermado de fuerzas y dejó de hacer todo aquello que antes había constituido su vida. Su mujer, que también había llegado a una edad avanzada, le cuidaba, le aseaba y era quien mejor le entendía, aunque no pronunciaran ni una sola palabra.
Para el señor Antonio aquella ventana y el poyete de su casa eran la puerta a su pequeño mundo en aquel viejo pueblo donde, de vez en cuando, pasaba una mujer camino a la tienda, algún muchacho a la escuela o un hombre que iba a la fragua o volvía del café. Entre ellos cruzaban unas palabras o incluso alguno se sentaba en la otra piedra y pasaba un rato haciéndole compañía: esos eran sus mejores momentos.
Un día la puerta del señor Antonio se cerró para siempre, la casa se quedó vacía y el poyete se cubrió de polvo; entonces, cuando alguien pasaba por allí miraba con nostalgia hacia esa ventana cerrada y aquella casa que estaba ya tan muerta como sus dueños.
Mª Soledad Martín Turiño
A Antonio Sánchez se le conoce como el señor Antonio, no como don Antonio o el señor Sánchez, porque en este pueblo la gente que ha llegado a una edad respetable adquiere la categoría de señor.
Ya es mayor y puede decirse que prácticamente vive en la calle, porque en invierno se acomoda tras la ventana en su sillón de mimbre, al abrigo del brasero, y no se mueve de allí en todo el día, viendo pasar a la gente, vecinos del pueblo como él. Algunas veces le dan de mano; otras simplemente pasan a hacer sus quehaceres. En verano sale a la puerta de la casa y desde bien temprano se sienta en uno de los poyetes de piedra que jalonan la entrada y, siempre con el bastón entre las manos, deja transcurrir las horas, una tras otra, mientras la vida va pasando ante él.
Ve poco, tiene una enfermedad en los ojos y no quiere que le traten por miedo a perder la poca vista que aún le queda. La ciudad le parece un lugar hostil porque las escasas veces que ha ido ha sido para acudir al hospital, ya sea para atenderle a él o para visitar a algún enfermo. Antonio es un hombre de pueblo, y aunque ahora pase su vida de una manera sedentaria, ha sido muy activo; de joven era uno de los mejores labradores porque sus tierras estaban siempre en perfecta alineación, y competía con los campos aledaños en aquella época en que no existían todavía los tractores ni la maquinaria agrícola de la actualidad, y todo se hacía con bueyes o mulas y aperos de labranza manuales. Había mucha diferencia entre unos y otros agricultores en la forma de arar o de cavar los surcos para plantar las semillas; puede que al final en todos los campos se diera una cosecha parecida, pero al señor Antonio le obsesionaba la ética y la estética, ya fuera dentro de sus tierras, o fuera de ellas. Luego, cuando llegaba a casa, aún tenía dos vacas que ordeñar porque enseguida llegaban los vecinos que iban con sus vasijas a buscar la leche cada atardecer.
También era un apasionado cazador y cuando se abría la veda, cogía a Rufus, su perro fiel, y desde el amanecer ya estaba retando al frio, bien abrigado con la pelliza y la gorra calada, pisando la escarcha que crujía bajo sus pies. Allí sentía una libertad que no tenía precio, allí era feliz.
Antonio se casó joven y tuvo cinco hijos; los varones se dedicaron a la labranza y a cuidar del ganado, y siguieron su ejemplo quedándose en el pueblo; sin embargo, las dos hijas pequeñas, una vez que les llegó la edad de casarse, salieron de pueblo, ya que sus maridos vivían en villas aledañas; pese a que ambas hicieron buenas bodas, cuando se fueron las perdieron un poco, sobre todo el padre, porque Antonio, aunque quería a todos sus hijos, sentía debilidad por aquellas dos mujeres buenas tan parecidas a su madre, preparadas por ella en los quehaceres domésticos para que pudieran desenvolverse con soltura en sus nuevas vidas.
Así fue transcurriendo el tiempo, de manera inexorable y más rápido de lo que uno quisiera. No supo cuando se hizo viejo, solo que de pronto se sintió mermado de fuerzas y dejó de hacer todo aquello que antes había constituido su vida. Su mujer, que también había llegado a una edad avanzada, le cuidaba, le aseaba y era quien mejor le entendía, aunque no pronunciaran ni una sola palabra.
Para el señor Antonio aquella ventana y el poyete de su casa eran la puerta a su pequeño mundo en aquel viejo pueblo donde, de vez en cuando, pasaba una mujer camino a la tienda, algún muchacho a la escuela o un hombre que iba a la fragua o volvía del café. Entre ellos cruzaban unas palabras o incluso alguno se sentaba en la otra piedra y pasaba un rato haciéndole compañía: esos eran sus mejores momentos.
Un día la puerta del señor Antonio se cerró para siempre, la casa se quedó vacía y el poyete se cubrió de polvo; entonces, cuando alguien pasaba por allí miraba con nostalgia hacia esa ventana cerrada y aquella casa que estaba ya tan muerta como sus dueños.
Mª Soledad Martín Turiño













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