REFLEXIONES
A tal sociedad, tales políticos
Eugenio-Jesús de Ávila
Sostengo que, si nuestros políticos muestran una falta de talento absoluta, una mediocridad intolerable, una orfandad ideológica sublime y una carencia total de proyectos, se debe a que nuestra sociedad, de la que yo también formo parte, pues no soy un ET, posee esos mismos defectos. Los zamoranos tenemos los políticos que nos merecemos. A una sociedad cobarde, corresponden políticos pusilánimes, que se arrodillan ante el jerarca de turno, preparados para perpetuarse en el cargo a través de darle coba al que mande. A una sociedad que no cree en nada, aquí solo en santos, cristos y vírgenes, la representan diputados, senadores y procuradores sin fe, sin ideas, sin proyectos.
Zamora habla, pero solo en bares y cafeterías, en cenas y almuerzos. Zamora guarda silencio ante el político y el cacique. Ciudad silente, pero que critica a todo quisque, más al que muestra una actitud valiente, bizarra y determinante, que al gallina, cobardica y enclenque moral. Nadie da la cara, pero al que se la parten, se le calumnia, se la azuza, se le pone a parir. Nadie se mueve porque siempre se espera a un prójimo que se lance al albero a lidiar al toro de la injusticia por los demás. Si resulta corneado, el morlaco le parte la femoral de su trabajo, labor, profesión, alguien acuñará la estúpida frase de: “¡Ya se lo advertimos!”.
Aquí, insisto, lo que más gusta, lo que conduce al orgasmo mental a muchas criaturas de nuestra sociedad, consiste en comprobar el fracaso del prójimo, del inteligente, del osado, del idealista. Toda ciudad pequeña cría hipócritas, siempre cercanos en el éxito, felones ante el fracaso. Lo he vivido. Lo he sentido. Empírico. Aquí se gestó la estipre de Caín.
Solo escribo porque me gusta, descargo el alma de impotencia y hay personas que me siguen y coordinan sus ideas como las mías. Yo doy formas a las reflexiones que suelen ser comunes a los más sensibles. Solo eso. También me deleita que, de cuando en cuando, un hermanísimo de política prescindible y olvidable, o algún intelectualoide orgánico, conservador de un tiempo pretérito momificado, me insulte, me falte, me intente frenar con tildes, cuando todavía, en su vejez, no aprendió a puntuar. Dime con quién andas y te diré quién eres. Mis amigos son buena gente. No me trato con ningún corrupto. Me repugnan los malandrines. Amo al Quijote.
Para concluir, pensamiento de Pessoa: “El deleite del odio no puede compararse al deleite de ser odiado”. Nada más. Mañana sigo en la trinchera.
Eugenio-Jesús de Ávila
Sostengo que, si nuestros políticos muestran una falta de talento absoluta, una mediocridad intolerable, una orfandad ideológica sublime y una carencia total de proyectos, se debe a que nuestra sociedad, de la que yo también formo parte, pues no soy un ET, posee esos mismos defectos. Los zamoranos tenemos los políticos que nos merecemos. A una sociedad cobarde, corresponden políticos pusilánimes, que se arrodillan ante el jerarca de turno, preparados para perpetuarse en el cargo a través de darle coba al que mande. A una sociedad que no cree en nada, aquí solo en santos, cristos y vírgenes, la representan diputados, senadores y procuradores sin fe, sin ideas, sin proyectos.
Zamora habla, pero solo en bares y cafeterías, en cenas y almuerzos. Zamora guarda silencio ante el político y el cacique. Ciudad silente, pero que critica a todo quisque, más al que muestra una actitud valiente, bizarra y determinante, que al gallina, cobardica y enclenque moral. Nadie da la cara, pero al que se la parten, se le calumnia, se la azuza, se le pone a parir. Nadie se mueve porque siempre se espera a un prójimo que se lance al albero a lidiar al toro de la injusticia por los demás. Si resulta corneado, el morlaco le parte la femoral de su trabajo, labor, profesión, alguien acuñará la estúpida frase de: “¡Ya se lo advertimos!”.
Aquí, insisto, lo que más gusta, lo que conduce al orgasmo mental a muchas criaturas de nuestra sociedad, consiste en comprobar el fracaso del prójimo, del inteligente, del osado, del idealista. Toda ciudad pequeña cría hipócritas, siempre cercanos en el éxito, felones ante el fracaso. Lo he vivido. Lo he sentido. Empírico. Aquí se gestó la estipre de Caín.
Solo escribo porque me gusta, descargo el alma de impotencia y hay personas que me siguen y coordinan sus ideas como las mías. Yo doy formas a las reflexiones que suelen ser comunes a los más sensibles. Solo eso. También me deleita que, de cuando en cuando, un hermanísimo de política prescindible y olvidable, o algún intelectualoide orgánico, conservador de un tiempo pretérito momificado, me insulte, me falte, me intente frenar con tildes, cuando todavía, en su vejez, no aprendió a puntuar. Dime con quién andas y te diré quién eres. Mis amigos son buena gente. No me trato con ningún corrupto. Me repugnan los malandrines. Amo al Quijote.
Para concluir, pensamiento de Pessoa: “El deleite del odio no puede compararse al deleite de ser odiado”. Nada más. Mañana sigo en la trinchera.













Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.168