REFLEXIONES
¿Los políticos saben cómo amar a Zamora?
Eugenio-Jesús de Ávila
De vez en cuando, la vida busca la rima a los versos que escriba la naturaleza. Una tarde de este tórrido verano, mientras aguardaba la ingesta de una cerveza, una paloma, de las que han convertido el espacio urbano de Zamora es un colosal retrete con sus eyecciones libérrimas, descansó sobre la cabeza del alumno que forma una de las fuentes más bonitas de la ciudad, obra del recordado Hipólito Pérez Calvo.
El sol, que ya buscaba mojar sus cabellos dorados en el Atlántico, jugó con la luz del ocaso para dibujar la silueta de los personajes de esa obra maestra. Coincidió el reposo de la Columba sobre la testa del infante con un cielo rizado por las nubes del atardecer. Durante unos instantes, esa visión provocó que mis sentimientos, a menudo dolientes, tristes, recibiesen un impacto lírico especial.
Zamora, si la vives desde dentro, mirándola desde tu interior, allá donde descansa el alma, te inspira, te seduce, te abraza como si fuera Afrodita. Donde vayas, hay un verso, unas notas musicales que interpretan ruiseñores, jilgueros y mirlos; una nube que ha esculpido Eolo con sus cinceles de viento, una carpa que llora sus penas al Puente Románico desde su lecho del Duero añorando las torres del viaducto, o un árbol que eyacula sombras frescas sobre la carne caliente el bosque de Valorio o las riberas del río Duradero.
Esta ciudad del alma, si la quieres, si la sientes, si te conviertes en político, podrías esculpirla hasta convertirla en una obra de arte, en una escultura que latiese. Se trata de embellecerla, de mimarla, de acariciarla, porque ya es una ancianita, eso sí, coqueta. Queda menos de un año, en mayo de 2027, primavera florida, para que los ciudadanos voten, que no elijan. No son unas elecciones más, porque se va Francisco Guarido, doce años como regidor en los que tuvo un trato con un servidor exquisito y, lo que valoro con mayor énfasis, ejecutó inversiones esenciales para la ciudad. Considero, además, que Zamora debería sufrir una profunda metamorfosis para encarar la cuarta década del siglo XXI, preparada para asir progreso y desarrollo económico, tan esquivos durante tantas décadas.
Mientras, volverán palomas a descansar sobre la cabeza del niño que quiere saber, y acompañar al maestro que desea enseñar. Los políticos zamoranos también están obligados a instruirse para saber cómo se ama a Zamora.
Eugenio-Jesús de Ávila
De vez en cuando, la vida busca la rima a los versos que escriba la naturaleza. Una tarde de este tórrido verano, mientras aguardaba la ingesta de una cerveza, una paloma, de las que han convertido el espacio urbano de Zamora es un colosal retrete con sus eyecciones libérrimas, descansó sobre la cabeza del alumno que forma una de las fuentes más bonitas de la ciudad, obra del recordado Hipólito Pérez Calvo.
El sol, que ya buscaba mojar sus cabellos dorados en el Atlántico, jugó con la luz del ocaso para dibujar la silueta de los personajes de esa obra maestra. Coincidió el reposo de la Columba sobre la testa del infante con un cielo rizado por las nubes del atardecer. Durante unos instantes, esa visión provocó que mis sentimientos, a menudo dolientes, tristes, recibiesen un impacto lírico especial.
Zamora, si la vives desde dentro, mirándola desde tu interior, allá donde descansa el alma, te inspira, te seduce, te abraza como si fuera Afrodita. Donde vayas, hay un verso, unas notas musicales que interpretan ruiseñores, jilgueros y mirlos; una nube que ha esculpido Eolo con sus cinceles de viento, una carpa que llora sus penas al Puente Románico desde su lecho del Duero añorando las torres del viaducto, o un árbol que eyacula sombras frescas sobre la carne caliente el bosque de Valorio o las riberas del río Duradero.
Esta ciudad del alma, si la quieres, si la sientes, si te conviertes en político, podrías esculpirla hasta convertirla en una obra de arte, en una escultura que latiese. Se trata de embellecerla, de mimarla, de acariciarla, porque ya es una ancianita, eso sí, coqueta. Queda menos de un año, en mayo de 2027, primavera florida, para que los ciudadanos voten, que no elijan. No son unas elecciones más, porque se va Francisco Guarido, doce años como regidor en los que tuvo un trato con un servidor exquisito y, lo que valoro con mayor énfasis, ejecutó inversiones esenciales para la ciudad. Considero, además, que Zamora debería sufrir una profunda metamorfosis para encarar la cuarta década del siglo XXI, preparada para asir progreso y desarrollo económico, tan esquivos durante tantas décadas.
Mientras, volverán palomas a descansar sobre la cabeza del niño que quiere saber, y acompañar al maestro que desea enseñar. Los políticos zamoranos también están obligados a instruirse para saber cómo se ama a Zamora.














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