DENUNCIA
El parque de José Regojo, una renovación a medias
Se cambian los columpios, pero se olvidan el acceso, la iluminación y otros problemas básicos
El Ayuntamiento nos ha informado recientemente, con el habitual despliegue del departamento de propaganda consistorial, de la renovación del parque infantil de José Regojo, conocido por la inmensa mayoría de los zamoranos como el parque de San Jerónimo, por su ubicación frente al convento. La actuación era necesaria, nadie lo discute. Los antiguos juegos infantiles estaban muy deteriorados y su sustitución era imprescindible. Sin embargo, una vez finalizadas las obras, la sensación es clara: se ha perdido una magnífica oportunidad para hacer una verdadera remodelación.
La parte positiva existe y conviene reconocerla. Se han renovado por completo los elementos de juego, se han colocado nuevos bancos y se ha instalado una estructura de cañizo para proporcionar algo de sombra. Ahora bien, cuesta entender que se siga apostando por una solución cuya duración es más que discutible cuando existe otra mucho más sencilla, económica y eficaz: plantar árboles, que además de sombra aportan frescor y mejoran el entorno durante décadas.
Pero donde realmente falla esta actuación es en aquello que no se ha hecho. El parque continúa teniendo un suelo de arena, mientras otros parques de la ciudad disfrutan desde hace años de pavimentos de caucho o césped artificial. Parece que en Zamora también existen parques de primera y parques de segunda, dependiendo del barrio donde se encuentren.
Tampoco se ha aprovechado la reforma para resolver algo tan elemental como el acceso. Padres, madres y niños siguen teniendo que atravesar el césped para llegar a la zona de juegos, esquivando además las raíces que sobresalen del terreno. Bastaba con construir un sencillo paseo desde la acera hasta la entrada del recinto. No se ha hecho y el césped volverá a sufrir el paso continuo de quienes, sencillamente, quieren llegar al parque.
Y llegamos al mayor de los olvidos: la iluminación. El parque carecía de alumbrado propio antes de la reforma y continúa exactamente igual. Los únicos puntos de luz proceden de las farolas situadas al otro lado de la carretera, claramente insuficientes para un recinto infantil. En invierno, cuando poco después de las seis de la tarde ya es prácticamente de noche, el parque queda sumido en la oscuridad. Pero tranquilos, que el problema tiene solución. Lo cierto es que un parque infantil debería ser un lugar seguro en cualquier época del año y a cualquier hora razonable. Resulta difícil comprender que una actuación de renovación no haya incluido algo tan básico como unas luminarias adecuadas, especialmente cuando quienes utilizan estas instalaciones son menores. El resultado final deja un sabor agridulce. Se han cambiado los columpios, sí, pero permanecen intactas las principales deficiencias del recinto: el suelo de arena, un acceso claramente mejorable y, sobre todo, la ausencia de iluminación. Se ha invertido dinero público, pero no precisamente en aquello que más necesitaba el parque.
El parque de José Regojo, o de San Jerónimo para la mayoría de los zamoranos, merecía mucho más que una reforma estética. Merecía una actuación pensada para solucionar los problemas reales. Porque los niños no juegan con las notas de prensa ni con las fotografías de inauguración; juegan en parques que deberían ser cómodos, seguros y estar bien diseñados. Y esta vez, lamentablemente, la renovación se ha quedado a medio camino.

El Ayuntamiento nos ha informado recientemente, con el habitual despliegue del departamento de propaganda consistorial, de la renovación del parque infantil de José Regojo, conocido por la inmensa mayoría de los zamoranos como el parque de San Jerónimo, por su ubicación frente al convento. La actuación era necesaria, nadie lo discute. Los antiguos juegos infantiles estaban muy deteriorados y su sustitución era imprescindible. Sin embargo, una vez finalizadas las obras, la sensación es clara: se ha perdido una magnífica oportunidad para hacer una verdadera remodelación.
La parte positiva existe y conviene reconocerla. Se han renovado por completo los elementos de juego, se han colocado nuevos bancos y se ha instalado una estructura de cañizo para proporcionar algo de sombra. Ahora bien, cuesta entender que se siga apostando por una solución cuya duración es más que discutible cuando existe otra mucho más sencilla, económica y eficaz: plantar árboles, que además de sombra aportan frescor y mejoran el entorno durante décadas.
Pero donde realmente falla esta actuación es en aquello que no se ha hecho. El parque continúa teniendo un suelo de arena, mientras otros parques de la ciudad disfrutan desde hace años de pavimentos de caucho o césped artificial. Parece que en Zamora también existen parques de primera y parques de segunda, dependiendo del barrio donde se encuentren.
Tampoco se ha aprovechado la reforma para resolver algo tan elemental como el acceso. Padres, madres y niños siguen teniendo que atravesar el césped para llegar a la zona de juegos, esquivando además las raíces que sobresalen del terreno. Bastaba con construir un sencillo paseo desde la acera hasta la entrada del recinto. No se ha hecho y el césped volverá a sufrir el paso continuo de quienes, sencillamente, quieren llegar al parque.
Y llegamos al mayor de los olvidos: la iluminación. El parque carecía de alumbrado propio antes de la reforma y continúa exactamente igual. Los únicos puntos de luz proceden de las farolas situadas al otro lado de la carretera, claramente insuficientes para un recinto infantil. En invierno, cuando poco después de las seis de la tarde ya es prácticamente de noche, el parque queda sumido en la oscuridad. Pero tranquilos, que el problema tiene solución. Lo cierto es que un parque infantil debería ser un lugar seguro en cualquier época del año y a cualquier hora razonable. Resulta difícil comprender que una actuación de renovación no haya incluido algo tan básico como unas luminarias adecuadas, especialmente cuando quienes utilizan estas instalaciones son menores. El resultado final deja un sabor agridulce. Se han cambiado los columpios, sí, pero permanecen intactas las principales deficiencias del recinto: el suelo de arena, un acceso claramente mejorable y, sobre todo, la ausencia de iluminación. Se ha invertido dinero público, pero no precisamente en aquello que más necesitaba el parque.
El parque de José Regojo, o de San Jerónimo para la mayoría de los zamoranos, merecía mucho más que una reforma estética. Merecía una actuación pensada para solucionar los problemas reales. Porque los niños no juegan con las notas de prensa ni con las fotografías de inauguración; juegan en parques que deberían ser cómodos, seguros y estar bien diseñados. Y esta vez, lamentablemente, la renovación se ha quedado a medio camino.














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