REFLEXIONES SOBRE EL PATRIMONIO
Pregunta cándida: ¿Qué impide restaurar las dos torres del Puente de Piedra?
Eugenio-Jesús de Ávila
Ha tiempo consulté a una persona, sabia en estos temas de patrimonio monumental, si existía alguna Ley que prohibiese reconstruir las dos torres del Puente Románico. Y me respondió que no, que, en absoluto, existía una norma que sancionase tal restauración. Ahora que el Ayuntamiento pretende dar vida gastronómica a las aceñas de Cabañales, como también ha dispuesto, con sumo acierto, rehabilitar las de Gijón, recuerdo que aquellas se crearon desde la nada durante, creo, el primer mandato de Antonio Vázquez. Patrimonio, organismo de la Junta de Castilla y León, lo permitió, como también ha consentido que las aceñas, aguas abajo del Duero, lejos ya de la ciudad, recobrasen su primitiva imagen.
Hoy mismo, los "preparadísimos" funcionarios de Patrimonio han dado el visto bueno para que el Ayuntamiento ilumine el Puente Románico. Pero se negarán siempre a que se rehagan las dos torres del viaducto zamorano, derribadas no por fenómenos naturales como podrían haber sido la cólera de Eolo o un seísmo brutal, sino porque en 1905, periodo de la Restauración, los caciques de aquel inicio del siglo XX consideraron positivo para el desarrollo de la capital destruirlas.
Resulta evidente que esta democracia tiene muy poco que ver con su significado etimológico, el que le dieron los atenienses en el siglo VI antes de Cristo: poder del pueblo, si bien no se consideraban ni a esclavos, ni a mujeres ni a extranjeros. Ya sabemos, por experiencia, que la democracia degenera. Ahora bien, si ahora consultásemos, en lo que podríamos considerar una democracia directa, referéndum, a los zamoranos si son partidarios de restaurar las dos torres del puente, una gran mayoría estaría de acuerdo en contemplar el viaducto como lucía hasta ese nefasto 1905. Pero el pueblo no importa nada, solo para votar cuando le interesa al poder establecido, en elecciones legislativas y comicios municipales. Deciden funcionarios públicos, escaso número de personas, en comparación con los miles que desearían otra opción, la de casi todos. No vale la mayoría, solo la de una minoría que cobra de los impuestos de todos, salarios públicos,
Recuerdo todavía, con nostalgia, la presentación del magnífico proyecto de restauración del Puente Románico, elaborado por el arquitecto zamorano Francisco Somoza, erudito, pero de verdad, en Patrimonio, durante los meses finales del último mandato de Rosa Valdeón. Se despreció ese gran trabajo de arquitectura intelectual, de historia reconstruida. No hay nada que hacer. De nuevo, una elite funcionarial, basándose en normas desconocidas por el pueblo, evita que uno de los viaductos más bellos de España recobre su aspecto, el que deseamos una gran mayoría de zamoranos.
Eugenio-Jesús de Ávila
Ha tiempo consulté a una persona, sabia en estos temas de patrimonio monumental, si existía alguna Ley que prohibiese reconstruir las dos torres del Puente Románico. Y me respondió que no, que, en absoluto, existía una norma que sancionase tal restauración. Ahora que el Ayuntamiento pretende dar vida gastronómica a las aceñas de Cabañales, como también ha dispuesto, con sumo acierto, rehabilitar las de Gijón, recuerdo que aquellas se crearon desde la nada durante, creo, el primer mandato de Antonio Vázquez. Patrimonio, organismo de la Junta de Castilla y León, lo permitió, como también ha consentido que las aceñas, aguas abajo del Duero, lejos ya de la ciudad, recobrasen su primitiva imagen.
Hoy mismo, los "preparadísimos" funcionarios de Patrimonio han dado el visto bueno para que el Ayuntamiento ilumine el Puente Románico. Pero se negarán siempre a que se rehagan las dos torres del viaducto zamorano, derribadas no por fenómenos naturales como podrían haber sido la cólera de Eolo o un seísmo brutal, sino porque en 1905, periodo de la Restauración, los caciques de aquel inicio del siglo XX consideraron positivo para el desarrollo de la capital destruirlas.
Resulta evidente que esta democracia tiene muy poco que ver con su significado etimológico, el que le dieron los atenienses en el siglo VI antes de Cristo: poder del pueblo, si bien no se consideraban ni a esclavos, ni a mujeres ni a extranjeros. Ya sabemos, por experiencia, que la democracia degenera. Ahora bien, si ahora consultásemos, en lo que podríamos considerar una democracia directa, referéndum, a los zamoranos si son partidarios de restaurar las dos torres del puente, una gran mayoría estaría de acuerdo en contemplar el viaducto como lucía hasta ese nefasto 1905. Pero el pueblo no importa nada, solo para votar cuando le interesa al poder establecido, en elecciones legislativas y comicios municipales. Deciden funcionarios públicos, escaso número de personas, en comparación con los miles que desearían otra opción, la de casi todos. No vale la mayoría, solo la de una minoría que cobra de los impuestos de todos, salarios públicos,
Recuerdo todavía, con nostalgia, la presentación del magnífico proyecto de restauración del Puente Románico, elaborado por el arquitecto zamorano Francisco Somoza, erudito, pero de verdad, en Patrimonio, durante los meses finales del último mandato de Rosa Valdeón. Se despreció ese gran trabajo de arquitectura intelectual, de historia reconstruida. No hay nada que hacer. De nuevo, una elite funcionarial, basándose en normas desconocidas por el pueblo, evita que uno de los viaductos más bellos de España recobre su aspecto, el que deseamos una gran mayoría de zamoranos.














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