NOTAS DEL PENSAMIENTO
Sin protagonismo y sin magia
José Antonio Ávila López
![[Img #110078]](https://eldiadezamora.es/upload/images/07_2026/4591_7846_1577_5051_5445_9866_jose-antonio-avila-lopez.jpg)
La cancelación de los tradicionales fuegos artificiales en muchas fiestas de nuestros y pueblos ciudades ha generado, como era de esperar, una oleada de críticas. Las redes sociales se han llenado de mensajes de indignación y de quienes consideran que se ha arrebatado a pueblos y ciudades una de sus estampas más características. Sin embargo, quizá sea momento de decir algo que muchos piensan, aunque pocos se atreven a expresar en voz alta : los fuegos artificiales han dejado de tener el protagonismo y la magia de otras épocas. Hubo un tiempo en el que contemplar un castillo de fuegos era un acontecimiento extraordinario, era un espectáculo capaz de reunir a miles de personas y de provocar auténtica admiración. ¡Pero los tiempos cambian! Hoy vivimos rodeados de estímulos visuales constantes, de pantallas, de tecnología y de experiencias cada vez más sorprendentes. Para una gran parte de la población, especialmente para los más jóvenes, los fuegos artificiales ya no generan ese efecto de asombro de antaño. Son, simplemente, unos minutos de luces en el cielo. A ello se suma una realidad que cada vez se tiene más en cuenta : el impacto que tienen sobre muchas personas. Hay niños y adultos con trastornos del espectro autista, personas mayores, ciudadanos con determinadas patologías o con una elevada sensibilidad al ruido que viven estos espectáculos con auténtica angustia. Lo que para unos es una fiesta, para otros supone una experiencia desagradable e incluso un episodio de ansiedad. El debate sobre los fuegos artificiales ya no es únicamente una cuestión de gustos, sino también de convivencia y de sensibilidad hacia quienes los padecen. La suspensión no se ha debido a una decisión caprichosa, ya que las normativas autonómicas y municipales y el elevado riesgo de incendios han hecho inviable su celebración. En regiones que cada verano se enfrentan a temperaturas extremas y a un peligro constante de fuego, la prudencia debe ser un valor indiscutible, y anteponer un espectáculo de apenas unos minutos a la seguridad colectiva resulta difícil de justificar. Quizá el verdadero problema sea que nos cuesta aceptar que algunas tradiciones dejan de tener el mismo sentido que tuvieron en el pasado. Nadie cuestiona el valor sentimental que los fuegos artificiales tienen para muchas personas, pero el apego a una costumbre no debería impedirnos reflexionar sobre si sigue siendo necesaria o si existen alternativas más acordes con la realidad actual.
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La cancelación de los tradicionales fuegos artificiales en muchas fiestas de nuestros y pueblos ciudades ha generado, como era de esperar, una oleada de críticas. Las redes sociales se han llenado de mensajes de indignación y de quienes consideran que se ha arrebatado a pueblos y ciudades una de sus estampas más características. Sin embargo, quizá sea momento de decir algo que muchos piensan, aunque pocos se atreven a expresar en voz alta : los fuegos artificiales han dejado de tener el protagonismo y la magia de otras épocas. Hubo un tiempo en el que contemplar un castillo de fuegos era un acontecimiento extraordinario, era un espectáculo capaz de reunir a miles de personas y de provocar auténtica admiración. ¡Pero los tiempos cambian! Hoy vivimos rodeados de estímulos visuales constantes, de pantallas, de tecnología y de experiencias cada vez más sorprendentes. Para una gran parte de la población, especialmente para los más jóvenes, los fuegos artificiales ya no generan ese efecto de asombro de antaño. Son, simplemente, unos minutos de luces en el cielo. A ello se suma una realidad que cada vez se tiene más en cuenta : el impacto que tienen sobre muchas personas. Hay niños y adultos con trastornos del espectro autista, personas mayores, ciudadanos con determinadas patologías o con una elevada sensibilidad al ruido que viven estos espectáculos con auténtica angustia. Lo que para unos es una fiesta, para otros supone una experiencia desagradable e incluso un episodio de ansiedad. El debate sobre los fuegos artificiales ya no es únicamente una cuestión de gustos, sino también de convivencia y de sensibilidad hacia quienes los padecen. La suspensión no se ha debido a una decisión caprichosa, ya que las normativas autonómicas y municipales y el elevado riesgo de incendios han hecho inviable su celebración. En regiones que cada verano se enfrentan a temperaturas extremas y a un peligro constante de fuego, la prudencia debe ser un valor indiscutible, y anteponer un espectáculo de apenas unos minutos a la seguridad colectiva resulta difícil de justificar. Quizá el verdadero problema sea que nos cuesta aceptar que algunas tradiciones dejan de tener el mismo sentido que tuvieron en el pasado. Nadie cuestiona el valor sentimental que los fuegos artificiales tienen para muchas personas, pero el apego a una costumbre no debería impedirnos reflexionar sobre si sigue siendo necesaria o si existen alternativas más acordes con la realidad actual.

















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