REFLEXIONES
Los fotogramas de Zamora
Eugenio-Jesús de Ávila
Mi vida está formada por fotogramas grabados en mi cerebro, más cuando el ritmo del tiempo se va acelerando. Ahora, en este anciano julio de 2026, las horas son días y los días, meses, y los años, lustros. A cierta edad se vive más de los recuerdos, hijos predilectos de la memoria, que del presente. Así, en la película de mi vida quedan imágenes inolvidables que me acompañarán hasta el último suspiro, hasta que mis ojos se cansen de mirar.
Y Zamora conforma ese film de mi existencia. Verbigracia: la visión, desde la margen izquierda del Duero, de la Catedral. Esa amistad eterna entre la Torre y la Cúpula, siempre juntos, siempre dialogando, tanto cuando el sol tuesta sus sillares como cuando las nieblas hielan sus escamas de piedra. Son mi Quijote y Sancho Panza estáticos. Y sostengo que el agua morena del Duero son la Dulcinea de nuestra novela vital.
Cada iglesia de Zamora, contemplada desde mi perspectiva, es un fotograma. A veces, viajo en el tiempo para imaginarlas en plena construcción. Observo el trabajo de los canteros y la dirección de aquellos arquitectos, genios absolutos, que no acudieron a facultades de Arquitectura. En otras ocasiones, hablo con ellas, pero en silencio, porque les digo todo con mis ojos, como si fueran hermosas doncellas medievales: piropos, loas, caricias con mis pestañas.
Y recuerdo después que, hasta que Rosa Valdeón logró convencer a Herrera de que la Junta de Castilla y León estaba obligada a restaurar unos veinte templos, nuestro románico recogía toda la roña de los siglos, los sillares mostraban sus arrugas más antiestéticas y hasta las imágenes de cristos, vírgenes y santos trataban de buscarse otro espacio para que los fieles las adorasen, las rezasen y les pidieran imposibles.
Y en esta película de mi vida, hecha con estos fotogramas de la ciudad del alma, sé que continuará echándose en las pantallas de otros cines, donde futuras generaciones alabarán ese patrimonio monumental que otros zamoranos legaron como la herencia más hermosa. Ahora bien, este presente amoral, donde cada cual va a lo suyo, donde el odio derrotó a la ternura, al cariño y a la belleza, se apodera también de nuestra historia para tergiversarla; de nuestro patrimonio para despreciarlo, me temo que los fotogramas que llevamos en el alma, los que dibujan el río Duero, las iglesias románicas, la Santa Semana, las rúas, las plazas y plazuelas, las calles y los bulevares, desaparecerán en el tiempo.
Eugenio-Jesús de Ávila
Mi vida está formada por fotogramas grabados en mi cerebro, más cuando el ritmo del tiempo se va acelerando. Ahora, en este anciano julio de 2026, las horas son días y los días, meses, y los años, lustros. A cierta edad se vive más de los recuerdos, hijos predilectos de la memoria, que del presente. Así, en la película de mi vida quedan imágenes inolvidables que me acompañarán hasta el último suspiro, hasta que mis ojos se cansen de mirar.
Y Zamora conforma ese film de mi existencia. Verbigracia: la visión, desde la margen izquierda del Duero, de la Catedral. Esa amistad eterna entre la Torre y la Cúpula, siempre juntos, siempre dialogando, tanto cuando el sol tuesta sus sillares como cuando las nieblas hielan sus escamas de piedra. Son mi Quijote y Sancho Panza estáticos. Y sostengo que el agua morena del Duero son la Dulcinea de nuestra novela vital.
Cada iglesia de Zamora, contemplada desde mi perspectiva, es un fotograma. A veces, viajo en el tiempo para imaginarlas en plena construcción. Observo el trabajo de los canteros y la dirección de aquellos arquitectos, genios absolutos, que no acudieron a facultades de Arquitectura. En otras ocasiones, hablo con ellas, pero en silencio, porque les digo todo con mis ojos, como si fueran hermosas doncellas medievales: piropos, loas, caricias con mis pestañas.
Y recuerdo después que, hasta que Rosa Valdeón logró convencer a Herrera de que la Junta de Castilla y León estaba obligada a restaurar unos veinte templos, nuestro románico recogía toda la roña de los siglos, los sillares mostraban sus arrugas más antiestéticas y hasta las imágenes de cristos, vírgenes y santos trataban de buscarse otro espacio para que los fieles las adorasen, las rezasen y les pidieran imposibles.
Y en esta película de mi vida, hecha con estos fotogramas de la ciudad del alma, sé que continuará echándose en las pantallas de otros cines, donde futuras generaciones alabarán ese patrimonio monumental que otros zamoranos legaron como la herencia más hermosa. Ahora bien, este presente amoral, donde cada cual va a lo suyo, donde el odio derrotó a la ternura, al cariño y a la belleza, se apodera también de nuestra historia para tergiversarla; de nuestro patrimonio para despreciarlo, me temo que los fotogramas que llevamos en el alma, los que dibujan el río Duero, las iglesias románicas, la Santa Semana, las rúas, las plazas y plazuelas, las calles y los bulevares, desaparecerán en el tiempo.














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