REFLEXIONES URBANAS
El antiestético “secarral” urbano de la plaza de la Constitución
Eugenio-Jesús de Ávila
Me recibió la primera luz del alba caminando en soledad por Santa Clara. Al acercarme al hermoso templo de Santiago del Burgo, me saludaron, con sus trinos de ternura, con sus picos de clorofila, las avecillas que juegan con el fiel ciprés, amigo íntimo de la iglesia. Frente al pórtico sur de la románica arquitectura, la plaza secarral más ostentosa de la ciudad.
Mientras el Ayuntamiento de IU-PSOE se afana por pintar de verde a ciudad de Romancero, la de la Constitución se ha convertido en un desierto urbano, pese a esos tiestos gigantescos, esos edificios de flores, de varios metros de altura y colorines. No se quiere apagar la sed de esa ágora con una fuente, más lírica que épica, más linda que sensual, y un jardín, que fuese primo hermano del que ilumina los versos de Zorrilla en la plaza que lleva el nombre del autor del Tenorio. Quo vadis, Doña Inés? Se argumenta, para que ese espacio continúe siendo la plaza cardo de Zamora, que el agua se filtraría al aparcamiento subterráneo.
Y me pregunto, por enésima vez, con la candidez que domina mi alma adulta -también envejece mi esencia, jamás el amor-, si las fuentes, dos, de La Marina, una construida no ha mucho tiempo, han causado problemas en ese parking. Cerca de la cuarta década del siglo XXI, no comprendería que todavía los profesionales que juegan con el agua en jardines y fuentes ignoren como evitar que el líquido elemento atraviese el suelo de esos garajes.
Esta plaza de la Constitución hallase en el corazón de la arteria comercial y bancaria de la ciudad. Tal cual se nos muestra desde ha tiempo, parece que nos encontramos ante un corazón necrosado, que hubiera sufrido un infarto de aridez urbana. Al respecto, recuerdo, hará de este episodio más de una década, a unas señoras de cierta edad, turistas, que accedían a esa plaza en dirección al oriente de la ciudad, manifestarse al respecto. Enfatizo sus expresiones más destacadas: “¡Dios mío, qué secarral! “ ¡Qué sobriedad de plaza, si hace hasta daño estéticamente!”
Aquellas opiniones de damas foráneas me llevaron a profundizar en esta mi batalla eterna por dulcificar, embellecer y potenciar la estética de una plaza que mira de frente a una de las iglesias románicas más hermosas de nuestra ciudad, tanto que ya he escrito, me temo que más de veinte artículos, sobre cómo transformar esa plaza de la Constitución en una plaza de la Carta Magna de la elegancia urbana.
Y, como cantase mi adorado y admirado Juan Ramón Jiménez, para concluir esta carta sobre la epidermis de mi ciudad del alma, también puedo escribir: “Y yo mi iré. Y se quedarán los pájaros cantando. Y se quedará mi templo románico, con su altivo ciprés, y con su arco geminado y sus tres arquivoltas”.
Eugenio-Jesús de Ávila
Me recibió la primera luz del alba caminando en soledad por Santa Clara. Al acercarme al hermoso templo de Santiago del Burgo, me saludaron, con sus trinos de ternura, con sus picos de clorofila, las avecillas que juegan con el fiel ciprés, amigo íntimo de la iglesia. Frente al pórtico sur de la románica arquitectura, la plaza secarral más ostentosa de la ciudad.
Mientras el Ayuntamiento de IU-PSOE se afana por pintar de verde a ciudad de Romancero, la de la Constitución se ha convertido en un desierto urbano, pese a esos tiestos gigantescos, esos edificios de flores, de varios metros de altura y colorines. No se quiere apagar la sed de esa ágora con una fuente, más lírica que épica, más linda que sensual, y un jardín, que fuese primo hermano del que ilumina los versos de Zorrilla en la plaza que lleva el nombre del autor del Tenorio. Quo vadis, Doña Inés? Se argumenta, para que ese espacio continúe siendo la plaza cardo de Zamora, que el agua se filtraría al aparcamiento subterráneo.
Y me pregunto, por enésima vez, con la candidez que domina mi alma adulta -también envejece mi esencia, jamás el amor-, si las fuentes, dos, de La Marina, una construida no ha mucho tiempo, han causado problemas en ese parking. Cerca de la cuarta década del siglo XXI, no comprendería que todavía los profesionales que juegan con el agua en jardines y fuentes ignoren como evitar que el líquido elemento atraviese el suelo de esos garajes.
Esta plaza de la Constitución hallase en el corazón de la arteria comercial y bancaria de la ciudad. Tal cual se nos muestra desde ha tiempo, parece que nos encontramos ante un corazón necrosado, que hubiera sufrido un infarto de aridez urbana. Al respecto, recuerdo, hará de este episodio más de una década, a unas señoras de cierta edad, turistas, que accedían a esa plaza en dirección al oriente de la ciudad, manifestarse al respecto. Enfatizo sus expresiones más destacadas: “¡Dios mío, qué secarral! “ ¡Qué sobriedad de plaza, si hace hasta daño estéticamente!”
Aquellas opiniones de damas foráneas me llevaron a profundizar en esta mi batalla eterna por dulcificar, embellecer y potenciar la estética de una plaza que mira de frente a una de las iglesias románicas más hermosas de nuestra ciudad, tanto que ya he escrito, me temo que más de veinte artículos, sobre cómo transformar esa plaza de la Constitución en una plaza de la Carta Magna de la elegancia urbana.
Y, como cantase mi adorado y admirado Juan Ramón Jiménez, para concluir esta carta sobre la epidermis de mi ciudad del alma, también puedo escribir: “Y yo mi iré. Y se quedarán los pájaros cantando. Y se quedará mi templo románico, con su altivo ciprés, y con su arco geminado y sus tres arquivoltas”.














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