REFLEXIONES URBANAS
Mi deseo de otra Zamora más habitada, más hermosa, más viva
Eugenio-Jesús de Ávila
Zamora, aún siendo una ancianita coqueta, me seduce siempre, incluso en los mañanas de enero o en las noches de niebla intensa del otoño añejo. Ahora, cuando julio fenece, cuando aguarda otra ola de calor, observo a los zamoranos que pasean al mediodía por Santa Clara. Unos disfrutan de su ocio, acompañados de sus parejas o amigos, y otros desarrollan su labor profesional. Todos portan la elegancia en su caminar y en sus rostros. Los zamoranos parecen gentes felices, que lo tuvieran todo, desde un buen trabajo hasta salud y, por qué no, mucho amor.
Quizá seamos personas que con muy poco mostramos una sutil alegría entre la comisura de los labios y las esquinas de los ojos, en nuestros gestos y en nuestras miradas azules, verdes, aceitunas o marrones. No sé si es bueno o todo lo contrario, conformarnos con lo que la vida nos dio o con lo que decisiones políticas nos arrancaron o no nos concedieron. Pudiera ser que nuestra fe en no sé qué, pero no religiosa, haya ido construyendo, con la complicidad de Cronos, un prototipo de ciudadano cándido, ingenuo y crédulo. Se trataría de una ideología esotérica, difícil de definir. No se es pesimista, porque no se espera nada. Si se nos concede algo, se recibe sin aspavientos, con serenidad, sin brindis con un buen vino de Toro. Se asume y se sigue andando el camino que casi nunca conduce a alguna parte.
Se piensa que Zamora es lo que es y nada más, que nunca podrá ser una ciudad importante de esta autonomía ahistórica, sin cuajo, sin raíces, sin sentimientos. Aquí, el lema, el aserto, podría ser como aquella celebre frase del maestro de la tauromaquia, el hermano del gran Joselito, el Gallo: “Lo que no puede ser no puede ser y, además, es imposible”.
No se pretende ser más, porque se ignora en qué consistiría contar con más habitantes, entre los que se hallarían más jóvenes que ahora; poseer un mayor nivel cultural, mejores centros médicos, más negocios, más tiendas, cafeterías, hoteles y restaurantes. Y quizá también incomodase el sosiego natural y cotidiano de nuestra vetusta ciudad. Al respecto, cuando se supo que el Ministerio de Defensa se asentaría en Monte la Reina, un político importante, pero limitado intelectual y culturalmente, llegó a manifestar su contrariedad por la ubicación a 20 kms de la capital de una instalación militar.
Como soy un zamorano extraño, porque pienso del revés, porque amo desde dentro, hasta mi último suspiro, a mi manera, escribiré para que Zamora crezca, tanto que no la conozcan ni Doña Urraca ni Arias Gonzalo y sus heroicos hijos; para que los zamoranos se sientan orgullosos de haber nacido aquí y hagan proselitismo de su tierra cuando trabajen y vivan en otras tierras de esta España a la que unos cuantos la odian más que la aman. Eso también le ha venido sucediendo a nuestra Zamora que algunos de sus hijos, más los políticos con escaño en Congreso y Senado, que la olvidaron, que la vejaron, que obviaron por permanecer en un cargo que no les correspondía por su capacidad intelectual y ética. Si los zamoranos que decidimos quedarnos a esperar cerca del Duero a las parcas, amásemos tanto a nuestra tierra como los zamoranos que eligieron, por razones diversas, abandonarla, Zamora sería más grande, tendría más habitantes y servicios educativos y sanitarios y un nivel de vida mucho más elevado.
Mientras mis deseos se hacen realidad cabalgando a la grupa de mis palabras, me satisfará observar a los zamoranos pasear por Santa Clara, comprar en sus tiendas o tomar unas cañas en sus terrazas y disfrutar de su ciudad.
Eugenio-Jesús de Ávila
Zamora, aún siendo una ancianita coqueta, me seduce siempre, incluso en los mañanas de enero o en las noches de niebla intensa del otoño añejo. Ahora, cuando julio fenece, cuando aguarda otra ola de calor, observo a los zamoranos que pasean al mediodía por Santa Clara. Unos disfrutan de su ocio, acompañados de sus parejas o amigos, y otros desarrollan su labor profesional. Todos portan la elegancia en su caminar y en sus rostros. Los zamoranos parecen gentes felices, que lo tuvieran todo, desde un buen trabajo hasta salud y, por qué no, mucho amor.
Quizá seamos personas que con muy poco mostramos una sutil alegría entre la comisura de los labios y las esquinas de los ojos, en nuestros gestos y en nuestras miradas azules, verdes, aceitunas o marrones. No sé si es bueno o todo lo contrario, conformarnos con lo que la vida nos dio o con lo que decisiones políticas nos arrancaron o no nos concedieron. Pudiera ser que nuestra fe en no sé qué, pero no religiosa, haya ido construyendo, con la complicidad de Cronos, un prototipo de ciudadano cándido, ingenuo y crédulo. Se trataría de una ideología esotérica, difícil de definir. No se es pesimista, porque no se espera nada. Si se nos concede algo, se recibe sin aspavientos, con serenidad, sin brindis con un buen vino de Toro. Se asume y se sigue andando el camino que casi nunca conduce a alguna parte.
Se piensa que Zamora es lo que es y nada más, que nunca podrá ser una ciudad importante de esta autonomía ahistórica, sin cuajo, sin raíces, sin sentimientos. Aquí, el lema, el aserto, podría ser como aquella celebre frase del maestro de la tauromaquia, el hermano del gran Joselito, el Gallo: “Lo que no puede ser no puede ser y, además, es imposible”.
No se pretende ser más, porque se ignora en qué consistiría contar con más habitantes, entre los que se hallarían más jóvenes que ahora; poseer un mayor nivel cultural, mejores centros médicos, más negocios, más tiendas, cafeterías, hoteles y restaurantes. Y quizá también incomodase el sosiego natural y cotidiano de nuestra vetusta ciudad. Al respecto, cuando se supo que el Ministerio de Defensa se asentaría en Monte la Reina, un político importante, pero limitado intelectual y culturalmente, llegó a manifestar su contrariedad por la ubicación a 20 kms de la capital de una instalación militar.
Como soy un zamorano extraño, porque pienso del revés, porque amo desde dentro, hasta mi último suspiro, a mi manera, escribiré para que Zamora crezca, tanto que no la conozcan ni Doña Urraca ni Arias Gonzalo y sus heroicos hijos; para que los zamoranos se sientan orgullosos de haber nacido aquí y hagan proselitismo de su tierra cuando trabajen y vivan en otras tierras de esta España a la que unos cuantos la odian más que la aman. Eso también le ha venido sucediendo a nuestra Zamora que algunos de sus hijos, más los políticos con escaño en Congreso y Senado, que la olvidaron, que la vejaron, que obviaron por permanecer en un cargo que no les correspondía por su capacidad intelectual y ética. Si los zamoranos que decidimos quedarnos a esperar cerca del Duero a las parcas, amásemos tanto a nuestra tierra como los zamoranos que eligieron, por razones diversas, abandonarla, Zamora sería más grande, tendría más habitantes y servicios educativos y sanitarios y un nivel de vida mucho más elevado.
Mientras mis deseos se hacen realidad cabalgando a la grupa de mis palabras, me satisfará observar a los zamoranos pasear por Santa Clara, comprar en sus tiendas o tomar unas cañas en sus terrazas y disfrutar de su ciudad.














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