REFLEXIONES
En Zamora vivimos dos veces y nos morimos más despacio
Eugenio-Jesús de Ávila
Hace años, después de mantener un debate conmigo mismo, entre mi corazón, siempre tan lírico, y mi cerebro, sobriedad en exceso, llegué a una conclusión que podría parecer esotérica a quién me leerá en un instante: en Zamora Cronos decidió que cada minuto contase con setenta segundos. Sí, porque la vida camina más despacio, como si no tuviera prisa, como si el sol asomase su cabello dorado por oriente, al alba, más tarde, y se marcharse a mojar sus pies en el Atlántico tras despedirse de la luna. Así las alondras se despiertan más tarde para emitir sus trinos y los gallos en sus corrales entonan su saludo al astro rey con retraso, como los trenes del AVE.
Todo en nuestra ciudad y provincia transcurre con mayor lentitud. De tal manera, si te quedas a vivir cerca de los juncos del Duero, de esas nubes enamoradas que son las nieblas del otoño y primeros días del invierno, todo pasa más lento, incluso puedes besar al amor de tu vida hasta el éxtasis veces, recreándote en la pasión, sublimando el cariño. Ahora bien, como comenté en ese primer párrafo, al contar cada minuto con diez segundos más que en otras geografías, sufrimos un retraso, desde ha tiempo, cotidiano extraordinario, nada menos que 600 segundos más cada hora. De tal manera, este extraño suceso nos ha transportado al pretérito. Vivimos con la misma mentalidad que varias generaciones anteriores. Pensamos como si fuéramos hombres y mujeres de otros siglos. Sentimos un sosiego colectivo, una calma espiritual y una tranquilidad social propia de gentes sin prisa, de personas a las que no espera nadie ni esperamos nuevas satisfacciones, ni sorpresas, ni avances. Hemos entrado en lo que he definido como apatía antropológica.
Como viajamos al pasado, también nuestra mentalidad pertenece a otra forma de pensar distante y diferente de ciudades más desarrolladas, más pobladas y con mayor actividad, donde se vive más acelerado, buscando el tiempo perdido, como si fueran hijos de Proust. En Zamora, pues, se vive dos veces y se muere con más pausa. Además de vivir tu vida, la que te corresponde, el prójimo construye otra vida para ti, verbigracia: si te aprecia, te conviertes en una persona magnífica; si te envidian, en un malandrín.
En verdad, en ciudades como la nuestra, que viaje en el tren del pasado, nunca serás lo que tú crees que eres, sino lo que el vulgo considera. Ahora bien, si triunfas en tu profesión, si amas y eres amado, despertarás envidia, madre del odio. Aquí, se disfruta más con el fracaso ajeno que con el éxito personal. Esta forma de ser un tanto cainita la ha ido esculpido el retraso económico secular y la despoblación. Pensamos como vivimos.
Algún día, cuando tomemos el tren de vuelta del tiempo pretérito -no pierdo la esperanza- siempre que los gobiernos central y autonómico se acuerden de Zamora, las nuevas generaciones cambiarán su mentalidad y vivirán la vida al mismo ritmo que otras ciudad y regiones de la nación española. Los que ya tenemos más pasado que futuro quizá no asistiremos a esa transformación, pero nos moriremos más despacio, como si hubiésemos vivido dos veces: nuestra vida y las que otros nos inventaron.
Eugenio-Jesús de Ávila
Hace años, después de mantener un debate conmigo mismo, entre mi corazón, siempre tan lírico, y mi cerebro, sobriedad en exceso, llegué a una conclusión que podría parecer esotérica a quién me leerá en un instante: en Zamora Cronos decidió que cada minuto contase con setenta segundos. Sí, porque la vida camina más despacio, como si no tuviera prisa, como si el sol asomase su cabello dorado por oriente, al alba, más tarde, y se marcharse a mojar sus pies en el Atlántico tras despedirse de la luna. Así las alondras se despiertan más tarde para emitir sus trinos y los gallos en sus corrales entonan su saludo al astro rey con retraso, como los trenes del AVE.
Todo en nuestra ciudad y provincia transcurre con mayor lentitud. De tal manera, si te quedas a vivir cerca de los juncos del Duero, de esas nubes enamoradas que son las nieblas del otoño y primeros días del invierno, todo pasa más lento, incluso puedes besar al amor de tu vida hasta el éxtasis veces, recreándote en la pasión, sublimando el cariño. Ahora bien, como comenté en ese primer párrafo, al contar cada minuto con diez segundos más que en otras geografías, sufrimos un retraso, desde ha tiempo, cotidiano extraordinario, nada menos que 600 segundos más cada hora. De tal manera, este extraño suceso nos ha transportado al pretérito. Vivimos con la misma mentalidad que varias generaciones anteriores. Pensamos como si fuéramos hombres y mujeres de otros siglos. Sentimos un sosiego colectivo, una calma espiritual y una tranquilidad social propia de gentes sin prisa, de personas a las que no espera nadie ni esperamos nuevas satisfacciones, ni sorpresas, ni avances. Hemos entrado en lo que he definido como apatía antropológica.
Como viajamos al pasado, también nuestra mentalidad pertenece a otra forma de pensar distante y diferente de ciudades más desarrolladas, más pobladas y con mayor actividad, donde se vive más acelerado, buscando el tiempo perdido, como si fueran hijos de Proust. En Zamora, pues, se vive dos veces y se muere con más pausa. Además de vivir tu vida, la que te corresponde, el prójimo construye otra vida para ti, verbigracia: si te aprecia, te conviertes en una persona magnífica; si te envidian, en un malandrín.
En verdad, en ciudades como la nuestra, que viaje en el tren del pasado, nunca serás lo que tú crees que eres, sino lo que el vulgo considera. Ahora bien, si triunfas en tu profesión, si amas y eres amado, despertarás envidia, madre del odio. Aquí, se disfruta más con el fracaso ajeno que con el éxito personal. Esta forma de ser un tanto cainita la ha ido esculpido el retraso económico secular y la despoblación. Pensamos como vivimos.
Algún día, cuando tomemos el tren de vuelta del tiempo pretérito -no pierdo la esperanza- siempre que los gobiernos central y autonómico se acuerden de Zamora, las nuevas generaciones cambiarán su mentalidad y vivirán la vida al mismo ritmo que otras ciudad y regiones de la nación española. Los que ya tenemos más pasado que futuro quizá no asistiremos a esa transformación, pero nos moriremos más despacio, como si hubiésemos vivido dos veces: nuestra vida y las que otros nos inventaron.














Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.136