Miércoles, 29 de Julio de 2026

Eugenio-Jesús de Ávila
Miércoles, 29 de Julio de 2026
FUEGO

¿Dónde habitan las divinidades de los bosques sayagueses?

Eugenio-Jesús de Ávila

 

Todo árbol es mi hermano, casi más, un amigo íntimo. Los de Zamora me acompañan desde que era niño. En la provincia, también viven otros familiares de mis árboles de ciudad que padecen, sufren y se les olvida. Los árboles de Los Arribes se están quemando desde hace unas horas, los están matando en una hoguera diabólica que enciende un verdugo descerebrado, en virtud de no sé qué ordenes, en razón de la sinrazón que cobija en su cráneo. Quizá hayan asistido a este aquelarre varios badulaques. Y se habrán reído mientras prendían la hierba seca con la complicidad de Eolo, que hoy se sumó a la carnicería de mis hermanos de madera, de mis gentes que tienen por sangra savia y hacen la digestión con clorofila.

 

Como siempre, intuyo que la envidia, madre del odio, protagoniza la existencia, ridícula, rastrera, soez, de estos cuerpos sin alma que sembraron de fuego la Cicutina, allá abajo, en un valle que huele a Tormes. Después las llamas treparon y devoraron viñas de fermosellanos que viven lejos de su patria chica y todo lo que el fuego se come cuando el viento lo empuja, lo envalentona.

 

Hoy, Sayago,  piel de granito, corazón de hierba, tierra de tantos amigos, de gentes que te hablan mirándote a los ojos, que nunca se acobardaron ante caciques o políticos, su versión moderna, sufre, otro verano, navegando en una nueva de calor, no los caprichos del cambio climatológico, sino de unos estólidos que no merecen formar parte de una sociedad libérrima, respetuosa, fiel y elegante con los propios y con los visitantes, otra forma de apocalipsis moderno, inventado por el hombre cuando alcanza su nivel más miserable como especie. Si se pretende que la comarca del suroeste de la provincia se quede sin gente, que sigan con su estrategia satánica. Queda muy poco para convertirla en un desierto demográfico irreversible.

 

Y en el humo, se elevarán la carne y la sangre verde de tantas especies de árboles maravillosas que disfrutan del microclima de Los Arribes, como los olivares, alcornoques, almeces, encimas y enebros. También las de las abejas que fabrican su miel, protegidas por los dioses helenos. Las de animales que creyeron disfrutar el Edén cerca del Duero.

 

Nos quieren borrar del mapa, pintarnos de negro, de vacío, de nadie y de nada. Zamora y sus tierras, tan solas, tan olvidadas, se nos va muriendo cada verano. Cuando llega el curso lectivo, se nos van los jóvenes, los que tienen futuro; cuando llegan julio y agosto, los árboles se nos van a llorar entre las nubes. ¿Dónde se hallan las divinidades de los bosques sayagueses? ¿Acaso no están Pan y Silvano o Cernunnos, el dios celta; ni tampoco las dríadas, ninfas de los robles, ni tan si quiera los gnomos, que esconden tesoros y los protegen?

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