REFLEXIONES
La gigantesca pira funeraria de Los Arribes de Fermoselle
Eugenio-Jesús de Ávila
Zamora huele a hueso de olivo, a tuétano de roble, a sangre de encina. Zamora huele a muerte de abejas y conejos, de ovejas y cabras. ¡Cuesta tan poco quemarnos! No somos nadie. Cuatro votos contados y, cada nueva elección legislativa, somos más viejos y menos con los que descontar. Los zamoranos empezamos a oler a nada, el aroma de las flores ajadas. Ahora nos sacan en la tele, porque nos quemamos de miseria, de fuego y de necesidad; porque nos asfixiamos con las cenizas de nuestros muertos, los que siempre mueren de pie, los de madera y savia, los que saben en qué consiste la fotosíntesis y cómo hablan los ruiseñores y que se siente cuando te acaricia una gota de agua el haz de cada hoja.
Esa Zamora de la prosa poética, aquella Zamora que encontraba en Sayago la rima para formar una estrofa con Aliste, se nos evaporado para irse a formar nubes negras sobre el azul del cielo. Lloverá agua enlutada con las primeras tormentas del estío, caerán hielos negros cuando los truenos, heraldos de los cielos, anuncien el final del verano. El agua del Duero ya se está quemando. Las carpas no quieren picar el anzuelo que le colocan los pescadores del fuego en las cañas que fabrican los malandrines. Perdimos un tercio del alma colectiva de nuestra provincia en los incendios de la Culebra. El jirón espiritual que todavía aguantó el luto de las colmenas se ha deshilachado en los Arribes del Duero, donde la España sencilla y humilde vivía en el sosiego que produce la bondad.
Los descerebrados del fuego, los niños tontos del pirulí, los badulaques sin seso han hecho una pira en la que han quemado ilusiones y esperanzas, han robado el futuro de Sayago, de la bella Fermoselle, de las poblaciones que respiran un perfume de luz de luna cada noche y una colonia de cabello de sol al alba, que saben escuchar el sístole-diástole de la madre tierra.
Aquiles incineró a su amado Patroclo. La Justicia popular convertirá en despojos a los que quemaron el porvenir de Sayago, a los que impidieron a los niños lanzar con sus bocas cándidas los huesos de las aceitunas.
Eugenio-Jesús de Ávila
Zamora huele a hueso de olivo, a tuétano de roble, a sangre de encina. Zamora huele a muerte de abejas y conejos, de ovejas y cabras. ¡Cuesta tan poco quemarnos! No somos nadie. Cuatro votos contados y, cada nueva elección legislativa, somos más viejos y menos con los que descontar. Los zamoranos empezamos a oler a nada, el aroma de las flores ajadas. Ahora nos sacan en la tele, porque nos quemamos de miseria, de fuego y de necesidad; porque nos asfixiamos con las cenizas de nuestros muertos, los que siempre mueren de pie, los de madera y savia, los que saben en qué consiste la fotosíntesis y cómo hablan los ruiseñores y que se siente cuando te acaricia una gota de agua el haz de cada hoja.
Esa Zamora de la prosa poética, aquella Zamora que encontraba en Sayago la rima para formar una estrofa con Aliste, se nos evaporado para irse a formar nubes negras sobre el azul del cielo. Lloverá agua enlutada con las primeras tormentas del estío, caerán hielos negros cuando los truenos, heraldos de los cielos, anuncien el final del verano. El agua del Duero ya se está quemando. Las carpas no quieren picar el anzuelo que le colocan los pescadores del fuego en las cañas que fabrican los malandrines. Perdimos un tercio del alma colectiva de nuestra provincia en los incendios de la Culebra. El jirón espiritual que todavía aguantó el luto de las colmenas se ha deshilachado en los Arribes del Duero, donde la España sencilla y humilde vivía en el sosiego que produce la bondad.
Los descerebrados del fuego, los niños tontos del pirulí, los badulaques sin seso han hecho una pira en la que han quemado ilusiones y esperanzas, han robado el futuro de Sayago, de la bella Fermoselle, de las poblaciones que respiran un perfume de luz de luna cada noche y una colonia de cabello de sol al alba, que saben escuchar el sístole-diástole de la madre tierra.
Aquiles incineró a su amado Patroclo. La Justicia popular convertirá en despojos a los que quemaron el porvenir de Sayago, a los que impidieron a los niños lanzar con sus bocas cándidas los huesos de las aceitunas.













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