ZAMORANA
La receta del último momento
Mª Soledad Martín Turiño
Hay momentos en los que uno se pregunta, medita, hace balance, cuentas, cábalas de lo que ha sido su vida, de lo que ha dado y lo que ha recibido, de si la suerte ha sido propicia o el infortunio se ha cebado con nosotros, si hemos gozado o han dominado los lamentos, si fuimos buenas o malas personas. Ocurre, sobre todo, en el último tramo de la vida cuando aparece la sombra de la vejez y estas cuestiones adquieren mayor sentido porque, en cierto modo, sirven de preparación mental para saber qué clase de personas hemos sido y si ha merecido la pena el esfuerzo hasta llegar a viejo.
Cierto es que son los demás quienes nos juzgarán, pero antes de irnos conviene reparar errores, agradecer, perdonar, olvidar, acordarse de todos los momentos y poner a buen recaudo un puñado de recuerdos en los que se sitúen las buenas gentes que nos ayudaron a caminar, que tendieron su mano para coger la nuestra cuando estábamos desvalidos y sin rumbo, y también a aquellas otras a las que ayudamos, con quienes compartimos vida e ilusiones, proyectos o cuitas. Después, meter todos esos pensamientos en una coctelera y agitarla con brío hasta conseguir un destilado de puro amor que logre inducirnos sensaciones placenteras lo más cercanas posible a la felicidad; reírnos más, no ser tan trascendentes y conceder a la vida solo la poca seriedad que merece porque, después de todo, esto se acaba y hay que apurar la copa hasta el final sin que nos deje un sabor amargo.
Hay momentos en los que uno se pregunta, medita, hace balance, cuentas, cábalas de lo que ha sido su vida, de lo que ha dado y lo que ha recibido, de si la suerte ha sido propicia o el infortunio se ha cebado con nosotros, si hemos gozado o han dominado los lamentos, si fuimos buenas o malas personas. Ocurre, sobre todo, en el último tramo de la vida cuando aparece la sombra de la vejez y estas cuestiones adquieren mayor sentido porque, en cierto modo, sirven de preparación mental para saber qué clase de personas hemos sido y si ha merecido la pena el esfuerzo hasta llegar a viejo.
Cierto es que son los demás quienes nos juzgarán, pero antes de irnos conviene reparar errores, agradecer, perdonar, olvidar, acordarse de todos los momentos y poner a buen recaudo un puñado de recuerdos en los que se sitúen las buenas gentes que nos ayudaron a caminar, que tendieron su mano para coger la nuestra cuando estábamos desvalidos y sin rumbo, y también a aquellas otras a las que ayudamos, con quienes compartimos vida e ilusiones, proyectos o cuitas. Después, meter todos esos pensamientos en una coctelera y agitarla con brío hasta conseguir un destilado de puro amor que logre inducirnos sensaciones placenteras lo más cercanas posible a la felicidad; reírnos más, no ser tan trascendentes y conceder a la vida solo la poca seriedad que merece porque, después de todo, esto se acaba y hay que apurar la copa hasta el final sin que nos deje un sabor amargo.














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