ALGO MÁS QUE PALABRAS
En los momentos de dificultad...
“El querer lo es todo en la vida. Es la voluntad la que transporta las montañas, la que nos trasciende hacia el buen propósito, que no es otro que servir, mostrar compasión y tener constancia de ayudar a otros”.
La supervivencia nos ha sido ofrecida, para custodiarla y hermanarnos, no para abandonarla y desunirnos. En consecuencia, todo tiene su periodo de crisis y su tiempo de tranquilidad. Lo importante es bucear mar adentro, reconocernos en el oleaje, despertar y advertir que el amor debe ser nuestro pulso diario, que es lo que nos libera, porque la libertad ha de estar en la toma de decisiones que tomemos. Desde luego, cohabitar entre lenguajes desinteresados y corruptos, entre sistemas que generan pobreza y exclusión, entre ambientes salvajes con efectos lucrativos a costa del drama de otros, produce o debe reproducir miedo, dificultándonos el deseo de vivir, al tiempo que nos facilita cualquier tipo de pesadumbres.
Desventurado el ser humano que no tiene quien le acompañe ni la asista, quien le corrija cuando tenga necesidad de ello. Por desgracia, olvidamos que la fuente existencial radica en el corazón. No somos piedras, tampoco seamos pedruscos; salgamos de la indiferencia y pongámonos a batallar, escuchándonos entre sí. Es evidente que la primera condición para salir de los aprietos mundanos, está en fomentar la concordia entre semejantes y en la voluntad de lograrla. Son inútiles las contiendas, lo importante es tomar un respiro para superar las divisiones y las divergencias que, únicamente, la clemencia puede anular. Todas las personas somos, pues, necesarias para poder injertar ese viviente poema armónico; que es lo que conlleva un estilo de comunión y comunidad.
Apartemos los obstáculos que nos enferman y considerémonos parentela de latidos confluentes. Desde luego, aquel que es capaz de dominarse para secar las lágrimas y de sonreír en sus dificultades, es el que ha llegado a poseer la estética cognición, tomando pulso y haciendo pausa. Quizás tengamos que reeducarnos globalmente para poder convivir, puede que sea nuestra gran asignatura pendiente, la de templar el impulso para afrontar las dificultades. Pensemos, que no puede haber grandes tropiezos, cuando abunda la buena disposición del amarse y del amar, desinteresado y auténtico. El querer lo es todo en la vida. Es la voluntad la que nos trasciende hacia el buen propósito, que no es otro que servir, mostrar compasión y tener constancia de ayudar a otros.
Todo tiene su estado de ánimo, la cuestión está en cultivar lo que nos embellece, que no es otro brío que el perfume del sentimiento. Después de la noche, siempre llega el día; también tras las tinieblas, reaparece el resplandor de la luz. Más pronto o más tarde, todos pasamos por pruebas que nos generan tristeza, porque nuestros andares por aquí abajo nos hacen concebir sueños que en seguida se hacen ceniza. Lo fundamental, no es tanto la angustia, como permanecer adormecidos en una congoja sin fin, con ciertas amarguras resentidas, que nos impiden volar con la mística del verso que somos. Podremos haber sido dañados, mostrar enojo o pasar por un agravio, pero la curación no se resiste, sólo hay que dejarse renovar las propias pulsaciones, con la acústica melódica del universo.
Los humanos tenemos que volver al poeta que llevamos consigo, a ese santuario interior de nuestro espíritu con pensamientos níveos, soñadores y placenteros. El vínculo del soplo donante, es lo que nos da vigor. Jamás el poder ni la dominación. El mundo no vuelve a ser el mismo, cuando le agregamos el latir de un buen caminante, una voz salida de las entretelas, que comienza reanimando y termina familiarizándose. Precisamente, son las percusiones el vínculo que nos une. Por eso, la lírica no quiere adeptos, quiere amantes de buen fondo, que lo entregan todo, hasta su oportuna comodidad. Sin duda, hoy más nunca, requerimos de poetas que pongan alma en los quehaceres y en las cosas, con el consabido trabajo que esto ocasiona. Ahora bien, quien no trabaja no es decente. Así de natural.
Víctor CORCOBA HERRERO/ Escritor
La supervivencia nos ha sido ofrecida, para custodiarla y hermanarnos, no para abandonarla y desunirnos. En consecuencia, todo tiene su periodo de crisis y su tiempo de tranquilidad. Lo importante es bucear mar adentro, reconocernos en el oleaje, despertar y advertir que el amor debe ser nuestro pulso diario, que es lo que nos libera, porque la libertad ha de estar en la toma de decisiones que tomemos. Desde luego, cohabitar entre lenguajes desinteresados y corruptos, entre sistemas que generan pobreza y exclusión, entre ambientes salvajes con efectos lucrativos a costa del drama de otros, produce o debe reproducir miedo, dificultándonos el deseo de vivir, al tiempo que nos facilita cualquier tipo de pesadumbres.
Desventurado el ser humano que no tiene quien le acompañe ni la asista, quien le corrija cuando tenga necesidad de ello. Por desgracia, olvidamos que la fuente existencial radica en el corazón. No somos piedras, tampoco seamos pedruscos; salgamos de la indiferencia y pongámonos a batallar, escuchándonos entre sí. Es evidente que la primera condición para salir de los aprietos mundanos, está en fomentar la concordia entre semejantes y en la voluntad de lograrla. Son inútiles las contiendas, lo importante es tomar un respiro para superar las divisiones y las divergencias que, únicamente, la clemencia puede anular. Todas las personas somos, pues, necesarias para poder injertar ese viviente poema armónico; que es lo que conlleva un estilo de comunión y comunidad.
Apartemos los obstáculos que nos enferman y considerémonos parentela de latidos confluentes. Desde luego, aquel que es capaz de dominarse para secar las lágrimas y de sonreír en sus dificultades, es el que ha llegado a poseer la estética cognición, tomando pulso y haciendo pausa. Quizás tengamos que reeducarnos globalmente para poder convivir, puede que sea nuestra gran asignatura pendiente, la de templar el impulso para afrontar las dificultades. Pensemos, que no puede haber grandes tropiezos, cuando abunda la buena disposición del amarse y del amar, desinteresado y auténtico. El querer lo es todo en la vida. Es la voluntad la que nos trasciende hacia el buen propósito, que no es otro que servir, mostrar compasión y tener constancia de ayudar a otros.
Todo tiene su estado de ánimo, la cuestión está en cultivar lo que nos embellece, que no es otro brío que el perfume del sentimiento. Después de la noche, siempre llega el día; también tras las tinieblas, reaparece el resplandor de la luz. Más pronto o más tarde, todos pasamos por pruebas que nos generan tristeza, porque nuestros andares por aquí abajo nos hacen concebir sueños que en seguida se hacen ceniza. Lo fundamental, no es tanto la angustia, como permanecer adormecidos en una congoja sin fin, con ciertas amarguras resentidas, que nos impiden volar con la mística del verso que somos. Podremos haber sido dañados, mostrar enojo o pasar por un agravio, pero la curación no se resiste, sólo hay que dejarse renovar las propias pulsaciones, con la acústica melódica del universo.
Los humanos tenemos que volver al poeta que llevamos consigo, a ese santuario interior de nuestro espíritu con pensamientos níveos, soñadores y placenteros. El vínculo del soplo donante, es lo que nos da vigor. Jamás el poder ni la dominación. El mundo no vuelve a ser el mismo, cuando le agregamos el latir de un buen caminante, una voz salida de las entretelas, que comienza reanimando y termina familiarizándose. Precisamente, son las percusiones el vínculo que nos une. Por eso, la lírica no quiere adeptos, quiere amantes de buen fondo, que lo entregan todo, hasta su oportuna comodidad. Sin duda, hoy más nunca, requerimos de poetas que pongan alma en los quehaceres y en las cosas, con el consabido trabajo que esto ocasiona. Ahora bien, quien no trabaja no es decente. Así de natural.
Víctor CORCOBA HERRERO/ Escritor














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