Eugenio-Jesús de Ávila
Domingo, 02 de Agosto de 2026
REFLEXIONES

Agosto: la Zamora que pudo ser y no fue

Eugenio-Jesús de Ávila

 

Agosto es el mes de la ucronía en Zamora, cuando reflexiono y pienso en lo que nuestra tierra pudo ser y no fue. Regresan a la provincia tantos zamoranos, miles, que decidieron un día, por diversas razones, dejar sus pueblos para agarrar a la vida por las solapas en otras ciudades, autonomías o naciones. Nuestros paisanos nos traen alegría, juventud, ganas de vivir, todo lo que nos falta el resto del año a los que residimos tras las murallas.

 

La Zamora moribunda del invierno resucita en verano, más en su octavo mes, para demostrarnos que hay más zamoranos ya lejos de nuestras fronteras provinciales que en el propio territorio materno. Y te preguntas cómo fue posible esta portentosa emigración. E intentas encontrar las razones. Y las encuentras en decisiones políticas y en la apatía antropológica de los zamoranos, más de los que nos quedamos aquí, no sé si porque tenemos un carácter pusilánime o por comodidad, por falta de riesgo.

 

La democracia, este sistema de cartón piedra que se nos dio, fachada de libertades, que esconde una dictadura democrática, una partitocracia, manejada por elites políticas, causó un enorme daño a nuestra provincia: la reconversión agroganadera, dictada por las potencias europeas, más por Francia, con un sector primario muy poderoso; más el cierre de líneas férreas, que no era rentables para el felipismo; el traslado a Salamanca del Regimiento Toledo, la Prisión Provincial, y el adiós a la Universidad Laboral forman parte de nuestra decadencia, que ha alcanzado su sima con la pérdida de los 60.000 habitantes en la capital de la provincia, y solo poco más de 100.000 en el resto, incluyendo Benavente y Toro. Traduzco: ya vive más gente en las tres ciudades zamoranas que el medio rural. Las comarcas occidentales se podrían definir ya como desiertos demográficos. Y viviremos momentos aún más graves en los próximos años, cuando el sector primario acuse medidas brutales, trazadas desde la mismísima Unión Europea. Y al loro con el agua, abundante en nuestra geografía, porque se convertirá en esencial para la economía en lo que queda de década.

 

A no tardar, llegará un momento en el que el agricultor dejará de sembrar trigo, cebada, remolacha, girasol, porque los molinos generadores de energía, plantados sobre sus tierras, le resultarán más rentables.

 

Ahora, los zamoranos que vive en el exterior, regresan a su patria chica. Año a año advertirán que cada vez hay menos gente en sus pueblos, que apenas quedan niños, que ya no se cultivan tantas hectáreas y, por supuesto, donde las hubo, las vaquerías de leche, se cerraron. 

 

Nosotros, los que permanecemos aquí, quizá no seamos conscientes de la decadencia de nuestra provincia, de nuestra ciudad; pero los que vienen para pasarse unos días entre nosotros percibirán el destrozo económico y social que padecemos por estos pagos. Y estos paisanos viajan a Zamora cuando hay más gente, en Navidad, Semana Santa y agosto; pero les invitaría a pasarse unos cuantos días de diario, durante los meses de noviembre, enero o febrero, en su tierra. Entonces conocerán la realidad de nuestra Zamora.

 

Esta despoblación galopante desangra Zamora, porque pierde los glóbulos rojos que le dan vida económica y social. Sin gente, la economía empobrece y la sociedad languidece. Cada año somos menos, más mayores y más apáticos. Si los gobiernos nacional y regional se olvidan, como ha venido sucediendo en democracia, de que Zamora forma parte de España y de la comunidad ahistórica como Castilla y León, nos convertiremos en una ciudad museo y en una provincia dominada por la fauna salvaje y perfecta para tesis doctorales sobre despoblación en el siglo XXI.

 

Como escribía al inicio de este artículo, Zamora, en verano, nos muestra lo que pudo ser y no fue: una ciudad espléndida y una provincia pujante y alegre.

 

Eugenio-Jesús de Ávila

 

 

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