EMIGRACIÓN
Cuando para sobrevivir hay que jugarse la vida
Gonzalo Julián
Desgraciadamente, lo estamos viendo todos los días: cientos de personas arriesgan sus vidas en busca de un hogar y de mejores condiciones de vida. Llegan desde otros países o continentes, en muchos casos cruzando el mar, con la esperanza de que aquí todo será más fácil. Persiguen aquello que tanto anhelaban en sus países de origen; un deseo tan profundo que los impulsó a dejarlo todo atrás. Las difíciles circunstancias en las que vivían los empujaron a buscar un futuro que nunca conocieron, pero que siempre soñaron.
Esta realidad humana y desesperada se choca frontalmente contra la terca realidad de las cifras y la gestión institucional. No nos encontramos ante un fenómeno abstracto: la extrema volatilidad de las rutas —con crisis fronterizas terrestres que registran picos masivos de llegadas y desvíos constantes hacia rutas marítimas altamente peligrosas— demuestra la incapacidad de las administraciones para ofrecer respuestas estructurales. Detrás de los vaivenes estadísticos oficiales y de los discursos populistas de turno, quedan las vidas perdidas y un coste humano trágico que los gobiernos gestionan como meras externalidades de su política exterior.
Frente a esto, nos encontramos ante una realidad que rara vez nos paramos a valorar o analizar. Resulta más cómodo pasar de largo para poder continuar con nuestras vidas sin remordimientos. Así, evitamos que nuestra conciencia se inquiete por lo que vemos suceder a diario. Con nuestra indiferencia, y amparados en la inacción de una Europa que prefiere externalizar sus fronteras a terceros países, damos por buenas situaciones injustas. Pasamos de largo sin plantearnos siquiera exigir responsabilidades a los verdaderos culpables —los gestores políticos que sustituyen la planificación humanitaria por la improvisación electoralista— ni reclamarles por las dolorosas consecuencias de sus actos.
Gonzalo Julián
Desgraciadamente, lo estamos viendo todos los días: cientos de personas arriesgan sus vidas en busca de un hogar y de mejores condiciones de vida. Llegan desde otros países o continentes, en muchos casos cruzando el mar, con la esperanza de que aquí todo será más fácil. Persiguen aquello que tanto anhelaban en sus países de origen; un deseo tan profundo que los impulsó a dejarlo todo atrás. Las difíciles circunstancias en las que vivían los empujaron a buscar un futuro que nunca conocieron, pero que siempre soñaron.
Esta realidad humana y desesperada se choca frontalmente contra la terca realidad de las cifras y la gestión institucional. No nos encontramos ante un fenómeno abstracto: la extrema volatilidad de las rutas —con crisis fronterizas terrestres que registran picos masivos de llegadas y desvíos constantes hacia rutas marítimas altamente peligrosas— demuestra la incapacidad de las administraciones para ofrecer respuestas estructurales. Detrás de los vaivenes estadísticos oficiales y de los discursos populistas de turno, quedan las vidas perdidas y un coste humano trágico que los gobiernos gestionan como meras externalidades de su política exterior.
Frente a esto, nos encontramos ante una realidad que rara vez nos paramos a valorar o analizar. Resulta más cómodo pasar de largo para poder continuar con nuestras vidas sin remordimientos. Así, evitamos que nuestra conciencia se inquiete por lo que vemos suceder a diario. Con nuestra indiferencia, y amparados en la inacción de una Europa que prefiere externalizar sus fronteras a terceros países, damos por buenas situaciones injustas. Pasamos de largo sin plantearnos siquiera exigir responsabilidades a los verdaderos culpables —los gestores políticos que sustituyen la planificación humanitaria por la improvisación electoralista— ni reclamarles por las dolorosas consecuencias de sus actos.


















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