Eugenio-Jesús de Ávila
Sábado, 08 de Agosto de 2026
REFLEXIONES

Los veranos y la vida tienden a lo eterno en Zamora

Eugenio-Jesús de Ávila

 

 

Los veranos, en la Zamora de mi infancia, me sabían a eternidad. Jamás supe, ni lo recuerdo, cuándo se iniciaba ese ocio que cabalga en el corcel del calor, pero dejaba de trotar durante la primera tormenta, la primera sinfonía del estío. Como ignoraba que la vida es dama que acoge, abraza, besa y te burla con otras mujeres, las parcas, disfrutaba de la felicidad de la ignorancia. Pensar es verbo que convoca al sufrimiento y sus primas la tristeza y la pena. Desde que me dio por reflexionar, por analizar, por presionar a mi sustancia gris para buscar no el tiempo perdido, porque yo nunca he sido Proust, sino cómo soslayar a Cronos, mi alma descubrió algunas canas del color de la luz del alba.  

 

Ahora los veranos me duran lo que un padrenuestro. Empiezo a rezar y, sin darme cuenta, se acabó la oración. Zamora hierbe y, de repente, recojo del suelo la primera hoja seca del otoño. Intento regresar a mi infancia para sentir aquella ciudad, hecha a la medida de los niños, de una juventud pujante, de una adolescencia que soñaba con más, de adultos que imaginaban un futuro en su tierra. Había fábricas, un comercio extraordinario en todos los sectores, organismos del Estado que reunían a miles de operarios, funcionarios, militares. Pero la democracia y sus reformas, las decisiones políticas, los gobiernos de La Moncloa y de la Junta de Castilla y León nos robaron el tiempo de verano, la alegría de vivir. Se nos fueron los jóvenes, porque el sistema exige trabajar para vivir. Nunca apostemos por la subvención, trampa de los totalitarios, una forma de comprar voluntades y condenarte a no ser nada ni nadie.

 

Los veranos, de un tiempo a esta parte, me muestran la Zamora de la ucronía, la ciudad y la provincia que pudieron ser y no fueron, porque ni los zamoranos aprendimos combatir decisiones que nos perjudicaron económica, social y culturalmente, ni los hombres de la res pública nacidos aquí defendieron a sus gentes, a sus campos, a sus industrias para ganar un futuro de progreso y desarrollo, de avance y prosperidad.

 

Y es que Zamora recibe, sobre todo en agosto, a sus hijos pródigos, los que se fueron sin querer y los que desearon marcharse para volver con una corona de guirnaldas. La hostelería lo nota.  Se brinda con excepcionales vinos y se degustan magnifica viandas. El textil y el calzado, excelentes sectores en nuestra ciudad, dan a esos zamoranos del exterior lo que pretenden y desean. Y el patrimonio de la ciudad del Romancero se estremece con las miradas nuevas de los visitantes. Se va de abrazo en abrazo, de saludo en saludo y de beso en beso. Las palabras encuentran la sintaxis entre los labios y las emociones cristalizan en sonrisas, caricias y recuerdos, los hijos predilectos de la memoria.

 

Los veranos de ahora, de esta tercera década del siglo XXI se me hacen muy cortos. Intento alargarlos paseando por el casco historio, donde comparto conversaciones con mis templos preferidos, con los jardines más líricos y con esa pareja de damas bien avenidas que forman la cúpula y la torre de la Catedral.

 

Y llegará el día en que me vaya. Si es posible en un nimbo hecho de verbos. Y aquí se quedará el patrimonio cultural que vincula a generaciones, desde el medioevo hasta esta alocada centuria, para que los nietos de los zamoranos de ahora, y los nietos de sus nietos sientan que los veranos en nuestra tierra son eternos y la vida siempre vence a la muerte.

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