ZAMORANA
Lo que falta en Zamora
Mª Soledad Martín Turiño
Cuando pienso en Zamora, estudio su historia, la paseo, la gozo, observo sus gentes, medito en la soledad de los jardines del castillo mientras contemplo la puesta de sol, puedo pasarme horas admirando el Duero: el tono de sus aguas, el rumor de la corriente, las aves que lo visitan, se alimentan o habitan entre sus isletas…, o atiendo a las campanas que me inducen a entrar en un templo para sentir la atracción de la piedra, sólida y muda… casi puedo sentir la felicidad en su máxima esencia; ese bienestar que consiste en el disfrute de las cosas sencillas. Eso me inspira Zamora.
Sin embargo, veo la ciudad, y aquí entra mi espíritu crítico, más vacía de lo que quisiera: demasiados comercios cerrados, pocos lugares de ocio para los jóvenes, edificios en estado ruinoso que se ocultan tras paredes endebles en una zona tan transitada por los turistas como es el camino hacia la catedral… y en este punto reitero lo que tantas otras personas con mayor autoridad llevan clamando durante años: el casco histórico precisa de esculturas, jardines, bancos y arbolado; disponemos de plazas enormes que se encuentran deslavazadas, perdidas en su propia inmensidad, y deberían adornarse; sirvan de ejemplo la Plaza Mayor, La Marina o plaza de la Subdelegación de Gobierno, donde tanto pavimento desnudo daña la vista.
Asimismo, hemos de honrar a los nuestros y hay formas que no precisan de un gran desembolso para hacerlo: paneles de bronce con poemas de escritores y sus efigies grabadas, bustos salpicando la ciudad; incluir a la mujer zamorana mediante placas que homenajeen sus logros: Amparo Barayón, Pilar Gómez Bedate, Felisa Chillón o las hermanas Pertejo Seseña: Margarita y Jesusa, todas merecedoras de un recuerdo en su ciudad.
Tampoco estaría de más que se construyera algún monumento, escultura, parque o lugar que rememorara al mundo rural, tan presente en esta ciudad de acogida para muchos hombres y mujeres de las villas aledañas.
Desde mi humilde posición de escribidora, remedo al gran Vargas Llosa, y apelo al Consistorio que tanto y tan bien está haciendo por la ciudad, que, además de acometer proyectos necesarios y urgentes, tenga en cuenta estos otros que más tienen que ver con la faceta ornamental de Zamora, pero también son necesarios para que, tanto los turistas como quienes la habitamos, gocemos de espacios públicos que sirvan de solaz y contribuyan a una estética y un embellecimiento de los espacios públicos.
Se atribuye a Ángel Ganivet la frase: “Para embellecer una ciudad no basta crear una comisión, estudiar reformas y formar presupuestos; hay que afinar al público, hay que tener criterio estético, hay que gastar ideas”. Pues aquí van unas cuantas.

Cuando pienso en Zamora, estudio su historia, la paseo, la gozo, observo sus gentes, medito en la soledad de los jardines del castillo mientras contemplo la puesta de sol, puedo pasarme horas admirando el Duero: el tono de sus aguas, el rumor de la corriente, las aves que lo visitan, se alimentan o habitan entre sus isletas…, o atiendo a las campanas que me inducen a entrar en un templo para sentir la atracción de la piedra, sólida y muda… casi puedo sentir la felicidad en su máxima esencia; ese bienestar que consiste en el disfrute de las cosas sencillas. Eso me inspira Zamora.
Sin embargo, veo la ciudad, y aquí entra mi espíritu crítico, más vacía de lo que quisiera: demasiados comercios cerrados, pocos lugares de ocio para los jóvenes, edificios en estado ruinoso que se ocultan tras paredes endebles en una zona tan transitada por los turistas como es el camino hacia la catedral… y en este punto reitero lo que tantas otras personas con mayor autoridad llevan clamando durante años: el casco histórico precisa de esculturas, jardines, bancos y arbolado; disponemos de plazas enormes que se encuentran deslavazadas, perdidas en su propia inmensidad, y deberían adornarse; sirvan de ejemplo la Plaza Mayor, La Marina o plaza de la Subdelegación de Gobierno, donde tanto pavimento desnudo daña la vista.
Asimismo, hemos de honrar a los nuestros y hay formas que no precisan de un gran desembolso para hacerlo: paneles de bronce con poemas de escritores y sus efigies grabadas, bustos salpicando la ciudad; incluir a la mujer zamorana mediante placas que homenajeen sus logros: Amparo Barayón, Pilar Gómez Bedate, Felisa Chillón o las hermanas Pertejo Seseña: Margarita y Jesusa, todas merecedoras de un recuerdo en su ciudad.
Tampoco estaría de más que se construyera algún monumento, escultura, parque o lugar que rememorara al mundo rural, tan presente en esta ciudad de acogida para muchos hombres y mujeres de las villas aledañas.
Desde mi humilde posición de escribidora, remedo al gran Vargas Llosa, y apelo al Consistorio que tanto y tan bien está haciendo por la ciudad, que, además de acometer proyectos necesarios y urgentes, tenga en cuenta estos otros que más tienen que ver con la faceta ornamental de Zamora, pero también son necesarios para que, tanto los turistas como quienes la habitamos, gocemos de espacios públicos que sirvan de solaz y contribuyan a una estética y un embellecimiento de los espacios públicos.
Se atribuye a Ángel Ganivet la frase: “Para embellecer una ciudad no basta crear una comisión, estudiar reformas y formar presupuestos; hay que afinar al público, hay que tener criterio estético, hay que gastar ideas”. Pues aquí van unas cuantas.
















Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.187