ASTRONOMÍA
Yo estuve en el eclipse
Gonzalo Julián
«Yo estuve en el eclipse». Esta afirmación, que hoy parece una obviedad sin mérito, adquirirá con los años el valor de un documento histórico. Haber vivido el acontecimiento en primera persona nos otorgará el derecho de coetaneidad. Lo que ahora se percibe como un hecho simple, ganará peso por una condición inapelable: el testimonio de haber estado allí.
En el futuro, todos reclamarán haberlo presenciado. Solo la vivencia directa nos permitirá blindar un criterio propio frente a los relatos ajenos que intentarán colonizar el recuerdo. Es en ese mañana cuando necesitaremos argumentos nacidos de la experiencia pura, libre de los discursos preestablecidos y las corrientes de opinión extemporáneas que ya nos bombardean desde todos los flancos. Son narrativas que no buscan informar, sino moldear el pensamiento colectivo e incluso alterar la verdad histórica de lo que ocurrió.
Cuando ese momento llegue y el ruido exterior intente distorsionar la realidad, nos bastará con apelar a la memoria. Aquel fenómeno conserva para nosotros la veracidad absoluta de lo vivido. Y a quien ha sido testigo directo, el relato oficial ya no puede demostrarle nada.
Gonzalo Julián
«Yo estuve en el eclipse». Esta afirmación, que hoy parece una obviedad sin mérito, adquirirá con los años el valor de un documento histórico. Haber vivido el acontecimiento en primera persona nos otorgará el derecho de coetaneidad. Lo que ahora se percibe como un hecho simple, ganará peso por una condición inapelable: el testimonio de haber estado allí.
En el futuro, todos reclamarán haberlo presenciado. Solo la vivencia directa nos permitirá blindar un criterio propio frente a los relatos ajenos que intentarán colonizar el recuerdo. Es en ese mañana cuando necesitaremos argumentos nacidos de la experiencia pura, libre de los discursos preestablecidos y las corrientes de opinión extemporáneas que ya nos bombardean desde todos los flancos. Son narrativas que no buscan informar, sino moldear el pensamiento colectivo e incluso alterar la verdad histórica de lo que ocurrió.
Cuando ese momento llegue y el ruido exterior intente distorsionar la realidad, nos bastará con apelar a la memoria. Aquel fenómeno conserva para nosotros la veracidad absoluta de lo vivido. Y a quien ha sido testigo directo, el relato oficial ya no puede demostrarle nada.















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