REFLEXIONES EN EL TIEMPO
La Zamora de siempre y la de nunca jamás
Eugenio-Jesús de Ávila
Cronos nos ha devorado ya medio mes de agosto. El tiempo, que en Zamora discurre más despacio, por aquello de que cada minuto vale 70 segundos, acelera cuando advierte la edad de quien lo monta, cual corcel desbocado. Advertí hace años que nuestra ciudad y provincia se transformaban en este octavo mes del año. Zamora vive su ucronía como sociedad, lo que pudo haber sido y no fue. En agosto los zamoranos de aquí recibimos a los zamoranos de allá, a los que un buen o mal día decidieron buscarse la vida allende de nuestras fronteras provinciales. Decisiones políticas esculpieron una provincia más reducida, con menos gente, tan poca que sus comarcas occidentales son, desde ha tiempo, desiertos demográficos. En la próxima década, la población se habrá reducido a la mitad, con una edad media muy elevada, sin jóvenes y, por lo tanto, sin niños. Aquella maravillosa seria de finales del franquismo “Crónicas de un pueblo” ahora carecerían de protagonistas. Ya no residen en las localidades del agro ni maestros, ni médicos, ni curas, ni boticarios. Aquella España del interior, la que forjó esta nación, se quedó sin gente.
El verano, en concreto agosto, nos devuelve a aquella provincia con 300.000 habitantes, a un capital que contaba con 50.000 en el año 1965; con una agricultura y ganadería, quizá retrasada en sus técnicas, dura, es cierto, y sufrida, pero también rentable. Después llegó su abandono. Ya no hay apenas agricultores en los pueblos, y los que todavía miman la tierra y la cuidan no encontrarán relevo a sus labores, ejercidas durante siglos.
Zamora capital siempre fue una ciudad de pueblos. Extraño resulta encontrar familias sin raíces en el campo. Todos, incluso los que se consideren más zamoranos de la capital, tenemos un pasado entre el cielo y la tierra, entre los cereales y los negrillos, entre establos y rediles. Quizá asistamos a la desaparición de la sociedad rural en las próximas generaciones. Nadie regresará a sus pueblos a cultivar las tierras, ni a vivir de la ganadería. Las personas mayores terminarán en las residencias de la tercera edad, los más jóvenes, los menos, se quedarán en la ciudad, y la gran mayoría buscarán empleo en las fábricas que se instalan en Valladolid o en puestos de la función pública. Zamora ciudad camina hacia un museo social, arquitectónico e histórico. Nos visitarán gentes foráneas para contemplar templos románicos, palacios renacentistas, parajes naturales y escenarios de la historia medieval de España. Sin fábricas, aquí no se retendrá población. Valladolid y Burgos y unos cuantos pueblos de ambas provincias, más otras ciudades, se han constituido en centros empresariales de importancia nacional. Zamora, sin políticos con autoridad, con políticos vicarios del poder central, camina, como digo, hacia el tiempo pretérito en un viaje sin retorno, salvo una decisión política extraordinaria.
Vivo, pues, con una sensación de alegría y tristeza los meses de agosto, porque contemplo la Zamora que pudo haber sido y, a su vez, recuerdo la Zamora que jamás será. La Zamora de siempre, la que se nos fue sin apenas darnos cuenta, y la Zamora de nunca jamás.
Eugenio-Jesús de Ávila
Cronos nos ha devorado ya medio mes de agosto. El tiempo, que en Zamora discurre más despacio, por aquello de que cada minuto vale 70 segundos, acelera cuando advierte la edad de quien lo monta, cual corcel desbocado. Advertí hace años que nuestra ciudad y provincia se transformaban en este octavo mes del año. Zamora vive su ucronía como sociedad, lo que pudo haber sido y no fue. En agosto los zamoranos de aquí recibimos a los zamoranos de allá, a los que un buen o mal día decidieron buscarse la vida allende de nuestras fronteras provinciales. Decisiones políticas esculpieron una provincia más reducida, con menos gente, tan poca que sus comarcas occidentales son, desde ha tiempo, desiertos demográficos. En la próxima década, la población se habrá reducido a la mitad, con una edad media muy elevada, sin jóvenes y, por lo tanto, sin niños. Aquella maravillosa seria de finales del franquismo “Crónicas de un pueblo” ahora carecerían de protagonistas. Ya no residen en las localidades del agro ni maestros, ni médicos, ni curas, ni boticarios. Aquella España del interior, la que forjó esta nación, se quedó sin gente.
El verano, en concreto agosto, nos devuelve a aquella provincia con 300.000 habitantes, a un capital que contaba con 50.000 en el año 1965; con una agricultura y ganadería, quizá retrasada en sus técnicas, dura, es cierto, y sufrida, pero también rentable. Después llegó su abandono. Ya no hay apenas agricultores en los pueblos, y los que todavía miman la tierra y la cuidan no encontrarán relevo a sus labores, ejercidas durante siglos.
Zamora capital siempre fue una ciudad de pueblos. Extraño resulta encontrar familias sin raíces en el campo. Todos, incluso los que se consideren más zamoranos de la capital, tenemos un pasado entre el cielo y la tierra, entre los cereales y los negrillos, entre establos y rediles. Quizá asistamos a la desaparición de la sociedad rural en las próximas generaciones. Nadie regresará a sus pueblos a cultivar las tierras, ni a vivir de la ganadería. Las personas mayores terminarán en las residencias de la tercera edad, los más jóvenes, los menos, se quedarán en la ciudad, y la gran mayoría buscarán empleo en las fábricas que se instalan en Valladolid o en puestos de la función pública. Zamora ciudad camina hacia un museo social, arquitectónico e histórico. Nos visitarán gentes foráneas para contemplar templos románicos, palacios renacentistas, parajes naturales y escenarios de la historia medieval de España. Sin fábricas, aquí no se retendrá población. Valladolid y Burgos y unos cuantos pueblos de ambas provincias, más otras ciudades, se han constituido en centros empresariales de importancia nacional. Zamora, sin políticos con autoridad, con políticos vicarios del poder central, camina, como digo, hacia el tiempo pretérito en un viaje sin retorno, salvo una decisión política extraordinaria.
Vivo, pues, con una sensación de alegría y tristeza los meses de agosto, porque contemplo la Zamora que pudo haber sido y, a su vez, recuerdo la Zamora que jamás será. La Zamora de siempre, la que se nos fue sin apenas darnos cuenta, y la Zamora de nunca jamás.














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