Mª Soledad Martín Turiño
Lunes, 17 de Agosto de 2026
ZAMORANA

El silencio

[Img #110585]La RAE define el silencio como: paz, sosiego, tranquilidad, calma o reposo y son, efectivamente, esos estados los que proporcionan un benéfico equilibrio que dejan la mente en reposo, libre de agitación, en una situación de paz y armonía en la que se puede transitar con serenidad y sin prisas.

 

Siempre me ha gustado el silencio, lo necesito para pensar, trabajar o, simplemente, relajarme. Me pone nerviosa estar en un lugar público, ya sea una cafetería o una reunión de vecinos, con un grupo de gente y no poder escucharnos, porque el ruido general lo inunda todo, avasalla y se adueña del espacio. Prefiero hablar y poder sentir a los demás, ahí es donde se establece el juego de la dialéctica, de la comprensión, el baile de enunciados entre emisores y receptores. El silencio ayuda a que la palabra se hermosee, se vista con sus mejores galas, se diga lo justo, o se practique una verborrea locuaz que suele ser muy difícil de soportar.

        

Del mismo modo, a veces los silencios son más elocuentes que las propias palabras; por ejemplo, cuando no se rebate un agravio malintencionado, sin dar opción de réplica al que afrenta, contestando, a lo sumo, con un lacónico: “si tú lo dices…”, manifestando la prudencia frente al impulso airado y dejando claro que la conversación acaba ahí. También está el silencio respetuoso de quienes escuchan una incoherencia o un dato mal presentado y, ya sea por prudencia o por consideración hacia quien lo enuncia, prefieren el silencio antes que una rectificación.

 

Como digo, el silencio va muy de la mano con el respeto. Si escuchamos una conferencia o un acto ceremonial, un público silencioso será un público entregado y amable; también se nos requiere mutismo en determinados lugares públicos: templos, centros sanitarios, bibliotecas, salas de cine o teatro… es decir, aquellos espacios que requieren sosiego y atención para permitir la reflexión, la salud, la meditación o incluso el disfrute.

 

En ocasiones el mutismo no es absoluto; por ejemplo, la naturaleza nos ofrece un escenario perfecto para estar a solas con uno mismo o para gozar de la ansiada paz, pero suele haber de fondo una música compuesta por el sonido de las ramas de los árboles movidas por el viento, el discurrir del agua de un rio, o los trinos y el aleteo de los pájaros. Esta sinfonía no impide la introspección ni el bienestar, sino que ayuda a acrecentarlos porque no resulta molesta.

 

Decía Isabel Allende: “silencio antes de nacer, silencio después de la muerte, la vida es puro ruido entre dos insondables silencios.”

 

Mª Soledad Martín Turiño

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