REFLEXIONES URBANAS
Por qué los zamoranos dejamos que otros piensen por nosotros
Eugenio-Jesús de Ávila
Solo admito que el sudor corra por mi frente y ocupe mis poros cuando conjugo el verbo amar. No me gusta el calor. A partir de los 30ºC se me diluye el cerebro, pienso como si fuera un jilguero y reflexiono como una carpa del Duero. Yo no sé si ha habido cambio climático, porque mis conocimientos históricos saben que el medioevo sufrió temperaturas altísimas y hace 12.000 años hubo una tremenda glaciación. Pasé mucho calor en mi niñez, pero la infancia se lo cree todo y no piensa más que en divertirse. El hombre es un animal lúdico. Y el varón de la especie un ser hedonista. Sin orgasmo en la cópula, pasaría de pecar contra el sexto mandamiento.
Como he confesado, en verano pienso a cámara lenta. Me sudan las ideas. Pero hay gentes que tampoco reflexionan cuando las temperaturas bajan de 0º C. En ciudades como la nuestra, en pleno fase menguante en su economía y sociedad, ya no se piensa, porque o no se sabe, o no te lo pide el cuerpo o se ha llegado a la conclusión de que no trae buenos resultados. ¡Qué piensen ellos! Pero cabe preguntarse quiénes son los hombres y las mujeres que piensan por nosotros. Y, cuando me inquiero a mí mismo sobre esos individuos que administran nuestros impuestos y nos trazan el camino hacia la nada, me asusto.
Zamora, como vive sin pensar más allá del Duero, lo metaboliza todo, digiere tanta pamema. Si los políticos les mienten, los zamoranos lo saben, les da igual, por aquello de la apatía antropológica. Fingen que los creen. Engañan a los mentirosos. Genial. Conocen, desde ha tiempo, que exigirle a un diputado o un senador que pronuncie una verdad consistiría en una grave felonía a la forma de administrar la res pública. El político es refractario a la verdad. El político en esta España de 2026 y las de los próximos años, si no cambia la actual Ley Electoral, se ha convertido en enemigo de la política y de las gentes. Admito el debate.
Nuestra ciudad y provincia, además de ideas, necesita inversiones privadas que deberían encauzar las instituciones públicas, léase Junta de Castilla y León como viene haciendo con Valladolid y Burgos desde que se constituyó esta autonomía ahistórica, y Ayuntamiento. Y, por supuesto, resulta perentorio algún foro intelectual zamorano, ni de derechas, ni de izquierdas, formado por personas con ideas, con proyectos, con juicios, que contribuyan a cambiar la deriva de Zamora hacia la nada económica y demográfica. Y que critique a partidos políticos y también organismos económicos, como la Patronal y la Cámara de Comercio y hasta la mismísima Junta Pro Semana Santa, cuando sus gestiones, siempre del dinero público, amenacen el progreso y el desarrollo de nuestra tierra. Aquí, como el ciudadano no quiere pensar, se niega, se gobierna, cada cual a su manera. Los diputados y los senadores de esta provincia acuden a sus cámaras, toman asiento, pulsan el botón que ordena el encargado del grupo político, perciben un excelente salario, muy superior al que percibirían por su profesión, y misión cumplida. Pero el votante, el sacrificado, el pagano no sabe nada, no se entera. Percibimos su inacción política cuando observamos la decadencia de nuestra ciudad y provincia.
¡Por favor! Piense. No hace daño. No permita que sigan pensando por usted los malandrines de la res pública. Y mientras, habrá que secar el sudor que brota por las murallas de Zamora de tanto mirar sin ver, escuchar sin oír, hablar sin palabras.
Eugenio-Jesús de Ávila
Solo admito que el sudor corra por mi frente y ocupe mis poros cuando conjugo el verbo amar. No me gusta el calor. A partir de los 30ºC se me diluye el cerebro, pienso como si fuera un jilguero y reflexiono como una carpa del Duero. Yo no sé si ha habido cambio climático, porque mis conocimientos históricos saben que el medioevo sufrió temperaturas altísimas y hace 12.000 años hubo una tremenda glaciación. Pasé mucho calor en mi niñez, pero la infancia se lo cree todo y no piensa más que en divertirse. El hombre es un animal lúdico. Y el varón de la especie un ser hedonista. Sin orgasmo en la cópula, pasaría de pecar contra el sexto mandamiento.
Como he confesado, en verano pienso a cámara lenta. Me sudan las ideas. Pero hay gentes que tampoco reflexionan cuando las temperaturas bajan de 0º C. En ciudades como la nuestra, en pleno fase menguante en su economía y sociedad, ya no se piensa, porque o no se sabe, o no te lo pide el cuerpo o se ha llegado a la conclusión de que no trae buenos resultados. ¡Qué piensen ellos! Pero cabe preguntarse quiénes son los hombres y las mujeres que piensan por nosotros. Y, cuando me inquiero a mí mismo sobre esos individuos que administran nuestros impuestos y nos trazan el camino hacia la nada, me asusto.
Zamora, como vive sin pensar más allá del Duero, lo metaboliza todo, digiere tanta pamema. Si los políticos les mienten, los zamoranos lo saben, les da igual, por aquello de la apatía antropológica. Fingen que los creen. Engañan a los mentirosos. Genial. Conocen, desde ha tiempo, que exigirle a un diputado o un senador que pronuncie una verdad consistiría en una grave felonía a la forma de administrar la res pública. El político es refractario a la verdad. El político en esta España de 2026 y las de los próximos años, si no cambia la actual Ley Electoral, se ha convertido en enemigo de la política y de las gentes. Admito el debate.
Nuestra ciudad y provincia, además de ideas, necesita inversiones privadas que deberían encauzar las instituciones públicas, léase Junta de Castilla y León como viene haciendo con Valladolid y Burgos desde que se constituyó esta autonomía ahistórica, y Ayuntamiento. Y, por supuesto, resulta perentorio algún foro intelectual zamorano, ni de derechas, ni de izquierdas, formado por personas con ideas, con proyectos, con juicios, que contribuyan a cambiar la deriva de Zamora hacia la nada económica y demográfica. Y que critique a partidos políticos y también organismos económicos, como la Patronal y la Cámara de Comercio y hasta la mismísima Junta Pro Semana Santa, cuando sus gestiones, siempre del dinero público, amenacen el progreso y el desarrollo de nuestra tierra. Aquí, como el ciudadano no quiere pensar, se niega, se gobierna, cada cual a su manera. Los diputados y los senadores de esta provincia acuden a sus cámaras, toman asiento, pulsan el botón que ordena el encargado del grupo político, perciben un excelente salario, muy superior al que percibirían por su profesión, y misión cumplida. Pero el votante, el sacrificado, el pagano no sabe nada, no se entera. Percibimos su inacción política cuando observamos la decadencia de nuestra ciudad y provincia.
¡Por favor! Piense. No hace daño. No permita que sigan pensando por usted los malandrines de la res pública. Y mientras, habrá que secar el sudor que brota por las murallas de Zamora de tanto mirar sin ver, escuchar sin oír, hablar sin palabras.















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