ZAMORANA
Salida vespertina
Mª Soledad Martín Turiño
![[Img #110664]](https://eldiadezamora.es/upload/images/08_2026/1300_2471_sole-1.jpg)
Ahora que había llegado el buen tiempo se animaba a salir a la calle; cogía su andador donde ocultaba la cartera y el móvil, y se encaminaba cada día paseando por un sitio distinto: en la Plaza de la Marina solía coincidir con un par de mujeres que, como ella, tenían problemas de deambulación y recalaban allí, sentadas a la sombra y charlando animadamente. Otras veces, si no le apetecía ver a nadie, enfilaba por la Avenida siempre concurrida de las Tres Cruces y se distraía mirando escaparates, o iba paseando por Príncipe de Asturias porque le gustaba ver a los niños salir del colegio a media tarde, con aquella algarabía que le provocaba siempre una sonrisa; y aquellas salidas eran toda su distracción.
Antes de oscurecer, emprendía el camino de vuelta a casa, donde le esperaba su sempiterna televisión, que encendía nada más llegar para que hubiera un ruido de fondo y sentirse acompañada. Se cambiaba de ropa y preparaba una cena sencilla que llevaba al cuarto de estar para degustarla sentada cómodamente en el sofá, y allí esperaba con placidez como se deslizaban las horas hasta que se iba a costar.
La tarde siguiente y la otra su rutina era la misma; excepto los días que iba la asistenta y entonces salían juntas por la mañana a hacer la compra; así visitaba el mercado y hacían algún pequeño recado. Si había caminado mucho, se le resentía la rodilla y por la tarde tenía que descansar evitando una nueva salida. Esas tardes eran las peores porque se hacían interminables; su vista no la acompañaba, lo que le impedía hacer cosas que antes la entretenían: leer, tricotar, ver las fotos que guardaba en los álbumes…
La inactividad provocaba un efecto rebote y cuanto menos hacía, menos quería hacer; entonces, para espolearla, le abofeteaba en la cara aquella soledad rebelde con la que, desde hacía tiempo, había llegado a un pacto de no agresión.
![[Img #110664]](https://eldiadezamora.es/upload/images/08_2026/1300_2471_sole-1.jpg)
Ahora que había llegado el buen tiempo se animaba a salir a la calle; cogía su andador donde ocultaba la cartera y el móvil, y se encaminaba cada día paseando por un sitio distinto: en la Plaza de la Marina solía coincidir con un par de mujeres que, como ella, tenían problemas de deambulación y recalaban allí, sentadas a la sombra y charlando animadamente. Otras veces, si no le apetecía ver a nadie, enfilaba por la Avenida siempre concurrida de las Tres Cruces y se distraía mirando escaparates, o iba paseando por Príncipe de Asturias porque le gustaba ver a los niños salir del colegio a media tarde, con aquella algarabía que le provocaba siempre una sonrisa; y aquellas salidas eran toda su distracción.
Antes de oscurecer, emprendía el camino de vuelta a casa, donde le esperaba su sempiterna televisión, que encendía nada más llegar para que hubiera un ruido de fondo y sentirse acompañada. Se cambiaba de ropa y preparaba una cena sencilla que llevaba al cuarto de estar para degustarla sentada cómodamente en el sofá, y allí esperaba con placidez como se deslizaban las horas hasta que se iba a costar.
La tarde siguiente y la otra su rutina era la misma; excepto los días que iba la asistenta y entonces salían juntas por la mañana a hacer la compra; así visitaba el mercado y hacían algún pequeño recado. Si había caminado mucho, se le resentía la rodilla y por la tarde tenía que descansar evitando una nueva salida. Esas tardes eran las peores porque se hacían interminables; su vista no la acompañaba, lo que le impedía hacer cosas que antes la entretenían: leer, tricotar, ver las fotos que guardaba en los álbumes…
La inactividad provocaba un efecto rebote y cuanto menos hacía, menos quería hacer; entonces, para espolearla, le abofeteaba en la cara aquella soledad rebelde con la que, desde hacía tiempo, había llegado a un pacto de no agresión.
















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