REFLEXIONES URBANAS
La quimera de la unidad empresarial zamorana
Eugenio-Jesús de Ávila
He escrito, con cierta reiteración, que ser empresario en Zamora se parecía a escribir en Madrid cuando allí vivía Mariano José de Larra. A principios del siglo XIX y en nuestra tierra, desde siempre, emprender y expresarte con palabras sobre el papel es llorar lágrimas negras.
Voy a viajar al pasado tan solo unos años, nueve por ahora, desde que se fundó Zamora 10, una asociación de empresarios, profesionales liberales y algunos intelectuales perdidos, liderada por la Caja Rural. La entidad bancaria zamorana, una cooperativa, tan escasas pero esenciales en nuestra provincia, que es la sangre de nuestra economía. Cipriano García, su director general, una personalidad hecha a sí misma, sin favores políticos, solo con su talento y sencillez, llegó a una triste conclusión: Zamora, ciudad y provincia, se nos muere demográfica y económicamente. Había que hacer algo. Pues unir a instituciones públicas y organismos privados, con el objetivo de solidificar el proyecto, más a gente inteligente y que conocía los males, endémicos, domésticos, de nuestra tierra. Idea formidable y necesaria.
Pero hete aquí que, al día siguiente de su puesta en escena, la entonces presidenta de la Diputación, la ínclita Maite Martín Pozo, realizó unas declaraciones en las que venía a decir que los proyectos de Zamora 10 ya los venía ejecutando la institución que presidía. La Cámara de Comercio y la CEOE, cual hermanas siamesas, estaban, pero no eran. Se quedaban dentro, pero sin ganas, sin aportaciones de ningún tipo, porque no les gustaba el protagonismo de la Rural ni de algunos de sus directivos, a los que consideraban políticos frustrados que buscaban una oportunidad para dar el salto, verbigracia, a la Alcaldía o Diputación Provincial. Con enemigos tan formidables, aunque alcanzase logros extraordinarios, Zamora 10, pese a contar con un gran gerente, persona con talento y experiencia, Francisco Prieto Toranzo, y el apoyo absoluto de la cooperativa zamorana empezó a desangrarse. Y llegó el momento en el que Cámara y Patronal se fueron dando un fuerte golpe en la puerta para hacer presentes sus desacuerdos. Se sabía. Zamora 10 fenecía. Con el tiempo surgió otro organismo, de idéntico nombre, con los mismos objetivos, pero sin la riqueza intelectual ni de ánimo que la auténtica.
Y viene a cuento esta historia, muy resumida, porque ayer Cipriano García habló de unión empresarial en Zamora. El director de la Rural, con los años, ha alcanzado la candidez. Sigue creyendo en la utopía, sin advertir que en nuestra tierra todo es ucronía: lo que pudo ser y no fue. Ni la misma Caja Rural, la sangre de nuestra economía, cuenta para la Cámara, cómo reclamar vínculos empresariales. Aquí, en todo, también en la política, cada menda se ocupa de lo suyo y, además, el personal se alegra más con el fracaso ajenos que con el éxito propio. Parece como si Caín hubiera nacido en estos pagos.
En Zamora todo en coyuntural. Cuando parece que hay unión entre unos cuantos, se debe a que hay un enemigo común al que se considera muy peligroso para el establishment. Si se logra derrotar al librepensador o emprendedor, se rompen ese vínculo circunstancial para atender cada cual a sus menesteres e intereses.
Zamora destaca por su guerra, cainita, secular, en todos los sectores sociales y empresariales, desde la Semana Santa, donde las enseñanzas evangélicas se olvidan para conceder prioridad al espíritu de Judas Iscariote; a los deportes, pasando por el comercio y la escasa industria que todavía permanece en pie. Incluso, dentro de los partidos políticos, los odios son profundos e intensos.
Y no he querido entrar, porque desconozco el caso, en la polémica, y consiguientes diatribas, entre los aspirantes a las elecciones pasadas a la Cámara de Comercio e Industria, pero evidencian que el odio entre empresarios y la inquina entre instituciones preside la vida provinciana. Se ha dicho, tantas veces, aquello de que nadie es profeta en su tierra. El problema es que aquí nadie predica el bien, ni nos habla de esperanzas en el desarrollo de Zamora. También se me ha contado el problema de una empresa que quiere asentarse en el Polígono de Monfarracinos, un Centro de Datos, y que daría trabajo a 300 personas en pleno funcionamiento. Imaginemos, que existen cuitas debido a su alto consumo energético y de agua. Al parecer existen ya una oposición vecinal y ecologista. Sería el momento de que la Patronal, el Ayuntamiento de Zamora y el de Monfarracinos, la Diputación, más la Junta, propietaria de ese Polígono, se reuniesen con los inversores para conocer la verdad de este acontecimiento empresarial, de una inversión industrial extraordinaria, desconocida en nuestra tierra. Convencido estoy que instituciones públicas y organismos privados se cruzarán de brazos sin intervenir en este nuevo suceso que terminará en ucronía.
En una provincia tan mancillada, tan olvidada, como la nuestra, donde no se quieren ni macrogranjas de cerdos, ni plantas de biogás, ni plantas fotovoltaicas, ni biorrefinerías como la que intentó crear Vicente Merino Febrero, las relaciones económicas y sociales deberían presidirlas la cordura, la inteligencia y la concordia, nunca el odio, la envidia y la felonía.
Como cantaba Serrat en tiempos muy pretéritos, nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio. Aquí solo triunfan ya los sembradores de mentiras, calumnias e infundios. Y me pregunto, con cierta incomodidad personal: ¿Por qué pierdo mi tiempo en estos menesteres tan ingratos como los que acabo de exponer? Quizá sea tan candoroso e ingenuo como el gran Cipriano García Rodríguez. La unidad empresarial zamorano no deja de ser una quimera. Y no me refiero al monstruo de la mitología griega.
Eugenio-Jesús de Ávila
He escrito, con cierta reiteración, que ser empresario en Zamora se parecía a escribir en Madrid cuando allí vivía Mariano José de Larra. A principios del siglo XIX y en nuestra tierra, desde siempre, emprender y expresarte con palabras sobre el papel es llorar lágrimas negras.
Voy a viajar al pasado tan solo unos años, nueve por ahora, desde que se fundó Zamora 10, una asociación de empresarios, profesionales liberales y algunos intelectuales perdidos, liderada por la Caja Rural. La entidad bancaria zamorana, una cooperativa, tan escasas pero esenciales en nuestra provincia, que es la sangre de nuestra economía. Cipriano García, su director general, una personalidad hecha a sí misma, sin favores políticos, solo con su talento y sencillez, llegó a una triste conclusión: Zamora, ciudad y provincia, se nos muere demográfica y económicamente. Había que hacer algo. Pues unir a instituciones públicas y organismos privados, con el objetivo de solidificar el proyecto, más a gente inteligente y que conocía los males, endémicos, domésticos, de nuestra tierra. Idea formidable y necesaria.
Pero hete aquí que, al día siguiente de su puesta en escena, la entonces presidenta de la Diputación, la ínclita Maite Martín Pozo, realizó unas declaraciones en las que venía a decir que los proyectos de Zamora 10 ya los venía ejecutando la institución que presidía. La Cámara de Comercio y la CEOE, cual hermanas siamesas, estaban, pero no eran. Se quedaban dentro, pero sin ganas, sin aportaciones de ningún tipo, porque no les gustaba el protagonismo de la Rural ni de algunos de sus directivos, a los que consideraban políticos frustrados que buscaban una oportunidad para dar el salto, verbigracia, a la Alcaldía o Diputación Provincial. Con enemigos tan formidables, aunque alcanzase logros extraordinarios, Zamora 10, pese a contar con un gran gerente, persona con talento y experiencia, Francisco Prieto Toranzo, y el apoyo absoluto de la cooperativa zamorana empezó a desangrarse. Y llegó el momento en el que Cámara y Patronal se fueron dando un fuerte golpe en la puerta para hacer presentes sus desacuerdos. Se sabía. Zamora 10 fenecía. Con el tiempo surgió otro organismo, de idéntico nombre, con los mismos objetivos, pero sin la riqueza intelectual ni de ánimo que la auténtica.
Y viene a cuento esta historia, muy resumida, porque ayer Cipriano García habló de unión empresarial en Zamora. El director de la Rural, con los años, ha alcanzado la candidez. Sigue creyendo en la utopía, sin advertir que en nuestra tierra todo es ucronía: lo que pudo ser y no fue. Ni la misma Caja Rural, la sangre de nuestra economía, cuenta para la Cámara, cómo reclamar vínculos empresariales. Aquí, en todo, también en la política, cada menda se ocupa de lo suyo y, además, el personal se alegra más con el fracaso ajenos que con el éxito propio. Parece como si Caín hubiera nacido en estos pagos.
En Zamora todo en coyuntural. Cuando parece que hay unión entre unos cuantos, se debe a que hay un enemigo común al que se considera muy peligroso para el establishment. Si se logra derrotar al librepensador o emprendedor, se rompen ese vínculo circunstancial para atender cada cual a sus menesteres e intereses.
Zamora destaca por su guerra, cainita, secular, en todos los sectores sociales y empresariales, desde la Semana Santa, donde las enseñanzas evangélicas se olvidan para conceder prioridad al espíritu de Judas Iscariote; a los deportes, pasando por el comercio y la escasa industria que todavía permanece en pie. Incluso, dentro de los partidos políticos, los odios son profundos e intensos.
Y no he querido entrar, porque desconozco el caso, en la polémica, y consiguientes diatribas, entre los aspirantes a las elecciones pasadas a la Cámara de Comercio e Industria, pero evidencian que el odio entre empresarios y la inquina entre instituciones preside la vida provinciana. Se ha dicho, tantas veces, aquello de que nadie es profeta en su tierra. El problema es que aquí nadie predica el bien, ni nos habla de esperanzas en el desarrollo de Zamora. También se me ha contado el problema de una empresa que quiere asentarse en el Polígono de Monfarracinos, un Centro de Datos, y que daría trabajo a 300 personas en pleno funcionamiento. Imaginemos, que existen cuitas debido a su alto consumo energético y de agua. Al parecer existen ya una oposición vecinal y ecologista. Sería el momento de que la Patronal, el Ayuntamiento de Zamora y el de Monfarracinos, la Diputación, más la Junta, propietaria de ese Polígono, se reuniesen con los inversores para conocer la verdad de este acontecimiento empresarial, de una inversión industrial extraordinaria, desconocida en nuestra tierra. Convencido estoy que instituciones públicas y organismos privados se cruzarán de brazos sin intervenir en este nuevo suceso que terminará en ucronía.
En una provincia tan mancillada, tan olvidada, como la nuestra, donde no se quieren ni macrogranjas de cerdos, ni plantas de biogás, ni plantas fotovoltaicas, ni biorrefinerías como la que intentó crear Vicente Merino Febrero, las relaciones económicas y sociales deberían presidirlas la cordura, la inteligencia y la concordia, nunca el odio, la envidia y la felonía.
Como cantaba Serrat en tiempos muy pretéritos, nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio. Aquí solo triunfan ya los sembradores de mentiras, calumnias e infundios. Y me pregunto, con cierta incomodidad personal: ¿Por qué pierdo mi tiempo en estos menesteres tan ingratos como los que acabo de exponer? Quizá sea tan candoroso e ingenuo como el gran Cipriano García Rodríguez. La unidad empresarial zamorano no deja de ser una quimera. Y no me refiero al monstruo de la mitología griega.
















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