REFLEXIONES
Quo vadis, Zamora?
Eugenio-Jesús de Ávila
Agosto, mi mes, el octavo del año, el del emperador Octavio -siempre Roma en nuestra historia- se nos está despidiendo con delicadeza, con elegancia, sin abrasarnos ni la epidermis ni el alma. Con agosto se nos van los zamoranos que construyeron sus vidas lejos de nuestra tierra. Vienen y se van. Quizá algún día volverán y se quedarán aquí para siempre, porque la infancia y la adolescencia son nuestra patria, como pensaba Rainer María Rilke, el gran poeta checo que escribía en el idioma de Goethe.
Y, cuando estos paisanos, que siembran otras geografías con las semillas del zamoranismo, se vayan, nos quedaremos un poco más solos, como sucede siempre que agosto se transforma en septiembre. La Zamora de la decadencia económica y demográfica volverá a preocuparme, a protagonizar mis artículos, mi terapia para curarme del dolor espiritual por mi malhadada ciudad y provincia. Y no encuentro solución a nuestras cuitas, porque, sin saber por qué, a las raras industrias que se quieren asentar en nuestros polígonos, como el todavía no construido, el de Monfarracinos, se les ponen todo tipo de trabas, zancadillas, obstáculos para que se busquen otro lar. Los que mandan aquí prefieren que Zamora siga encogiéndose, menguando, desapareciendo. Me parece una sutil forma de reproducir el caciquismo decimonónico. No se quiere que Zamora crezca, porque el poder omnímodo de estas lacras morales del pretérito se iría perdiendo hasta colapsar.
Los zamoranos que se van, porque han conocido otras maneras de comportamiento económico, cultural y social, derribaron las murallas cerebrales que los zamoranos que nos quedamos seguimos manteniendo en pie. Las murallas defensivas del medioevo y las murallas morales del alma nos impiden frenar esa deriva hacia la nada, ese seísmo que derrumba todo intento de progresar.
Solo existe un punto de inflexión, pasar de una vida cóncava, retrógrada, a una convexa, innovadora, para poner fin a tanta desidia y orfandad de ideas, una reacción para evitar que Zamora se precipite al abismo: que los jóvenes tomen las instituciones públicas y privadas, anquilosadas y envejecidas, rancias y mohosas. Reclamo la participación de estas gentes con almas tiernas y rebeldes y cuerpos dispuestos para un combate por el futuro, por el progreso y el desarrollo, a las que les duele la agonía de nuestra tierra, para que tomen la política y los organismos empresariales y pongan fin a tanta putrefacción ideológica, donde solo impera el interés personal en detrimento del desarrollo colectivo. Quo vadis, Zamora? Mientras, al octavo mes del año, bautizado con el nombre del gran Octavio, lo engulle Cronos.
Eugenio-Jesús de Ávila
Agosto, mi mes, el octavo del año, el del emperador Octavio -siempre Roma en nuestra historia- se nos está despidiendo con delicadeza, con elegancia, sin abrasarnos ni la epidermis ni el alma. Con agosto se nos van los zamoranos que construyeron sus vidas lejos de nuestra tierra. Vienen y se van. Quizá algún día volverán y se quedarán aquí para siempre, porque la infancia y la adolescencia son nuestra patria, como pensaba Rainer María Rilke, el gran poeta checo que escribía en el idioma de Goethe.
Y, cuando estos paisanos, que siembran otras geografías con las semillas del zamoranismo, se vayan, nos quedaremos un poco más solos, como sucede siempre que agosto se transforma en septiembre. La Zamora de la decadencia económica y demográfica volverá a preocuparme, a protagonizar mis artículos, mi terapia para curarme del dolor espiritual por mi malhadada ciudad y provincia. Y no encuentro solución a nuestras cuitas, porque, sin saber por qué, a las raras industrias que se quieren asentar en nuestros polígonos, como el todavía no construido, el de Monfarracinos, se les ponen todo tipo de trabas, zancadillas, obstáculos para que se busquen otro lar. Los que mandan aquí prefieren que Zamora siga encogiéndose, menguando, desapareciendo. Me parece una sutil forma de reproducir el caciquismo decimonónico. No se quiere que Zamora crezca, porque el poder omnímodo de estas lacras morales del pretérito se iría perdiendo hasta colapsar.
Los zamoranos que se van, porque han conocido otras maneras de comportamiento económico, cultural y social, derribaron las murallas cerebrales que los zamoranos que nos quedamos seguimos manteniendo en pie. Las murallas defensivas del medioevo y las murallas morales del alma nos impiden frenar esa deriva hacia la nada, ese seísmo que derrumba todo intento de progresar.
Solo existe un punto de inflexión, pasar de una vida cóncava, retrógrada, a una convexa, innovadora, para poner fin a tanta desidia y orfandad de ideas, una reacción para evitar que Zamora se precipite al abismo: que los jóvenes tomen las instituciones públicas y privadas, anquilosadas y envejecidas, rancias y mohosas. Reclamo la participación de estas gentes con almas tiernas y rebeldes y cuerpos dispuestos para un combate por el futuro, por el progreso y el desarrollo, a las que les duele la agonía de nuestra tierra, para que tomen la política y los organismos empresariales y pongan fin a tanta putrefacción ideológica, donde solo impera el interés personal en detrimento del desarrollo colectivo. Quo vadis, Zamora? Mientras, al octavo mes del año, bautizado con el nombre del gran Octavio, lo engulle Cronos.















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