REFLEXIONES PRIVADAS
Si la montaña no viene a Zamora…
Eugenio-Jesús de Ávila
Tengo mucho más pasado que futuro, pero ignoro por qué sigo siendo un tipo rebelde, inconformista, combativo. Quizá porque, como a Unamuno le dolía España, a mi Zamora y su decadencia económica y social me entristece hasta llorar lágrimas secas ahora que soy un árbol desnudo, sin clorofila, ni fotosíntesis alguna, tan solo con unas gotas de savia que recorren las ramas de mi experiencia.
Los zamoranos, pudiera ser debido al tedio, una enfermedad del alma que se produce cuando te prohíbes pensar, nos preocupamos más de las cuitas y sucedidos ajenos que de nuestra realidad. Miramos más hacia lo que nos rodea que a nuestro interior, a nuestro estado moral y psicológico. Ignoramos qué nos pasa, porque apenas nos interesamos por purificar nuestros adentros. El prójimo protagoniza nuestras vidas. Pero nos olvidamos de juzgarnos a nosotros mismos. No nos vemos, no nos conocemos, no nos enmendamos, porque tampoco sabemos cuáles son nuestros defectos. Ni tan si quiera proponemos ideas para transformar Zamora, ni buscamos las razones de esta caída hacia la nada que se inició nada más comenzar esta democracia de cartón piedra, que ofrece, desde ha tiempo, grietas tan extraordinarias en su estructura que conducirán al derrumbe de ese edificio político. Mientras no se cambie la actual Ley Electoral, avanzará el desquiciamiento del sistema de 1978.
Perdón por esas disquisiciones finales el segundo párrafo de este artículo. Sigo con mis oraciones por Zamora. No creo que nadie haya escrito tanto sobre esta ciudad y sus circunstancias en la prensa local. De poco me sirvió cuando se me invitó a formar parte de las listas de Zamora Sí, que consentí con una condición sine qua non: aparecer en el número 15 de la candidatura. Pensé que se aprovecharían sus ideólogos de mi persona para elaborar un programa electoral en sus contenidos estéticos, en su plan para embellecer nuestra ciudad e intentar atraer inversiones. Pues hete aquí que nada se me preguntó. Tampoco sobre el talante que mostrar en los debates con otros líderes políticos. Me dediqué durante dos semanas a ensobrar y repartir propaganda. A raíz de esa experiencia, entendí que los partidos políticos, incluso los que piensan en Zamora con principal cuestión, los dirigen gente sin formación, que no consulta, que se cree iluminada, como si fuera Pericles en la Atenas clásica.
Hace un par de semanas o tres, me encontré con el concejal de un partido político con representación en la Corporación Municipal, con asiento en la Casa de Las Panaderas. El edil, buena gente, me confesó que las ideas y las propuestas de mis artículos servirían para elaborar un programa electoral que todas las formaciones políticas harían suyas, porque forman parte del sentido común, del amor por nuestra ciudad, del conocimiento de las taras, vicios y errores que nos han conducido a esta situación límite. Incluso me invitó a entrar en su formación, propuesta que rechacé al punto.
Como la experiencia me demostró, y lo expreso con pena, que nada se puede hacer en los partidos políticos para transformar Zamora, porque solo ordenan y mandan tres o cuatro personas, sigo dedicando el tiempo de mi jubilo a escribir sobre nuestra tierra. Al respecto, insisto en que los organismos económicos y empresariales y las instituciones públicas deberían coordinar acciones para presentar proyectos de inversión para Zamora en patronales de provincias donde el capitalismo haya alcanzado un extraordinario nivel, acompañados de un dossier amplio que muestre un estudio sociológico de nuestra ciudad, sus industrias más importantes, demografía e infraestructuras actuales y las que se creen en un futuro no muy lejano. Aquí nadie va a venir a instalarse porque sí. Hay que darse a conocer. Si la montaña no viene a Zamora, Zamora tiene que ir, sí o sí, a la montaña.
Y si escribo sobre mis cuitas, que son las de cualquier zamorano que desea que su ciudad se transforme, cambie y avance, lo hago como un ejercicio, quizá utópico, para conmover a esa Zamora indolente, conformista y abúlica que desprecia cuanto ignora, que se cruza de brazos, víctima de su apatía antropológica, y juzga con mayor contundencia al prójimo que a sí mismo.
Eugenio-Jesús de Ávila
Tengo mucho más pasado que futuro, pero ignoro por qué sigo siendo un tipo rebelde, inconformista, combativo. Quizá porque, como a Unamuno le dolía España, a mi Zamora y su decadencia económica y social me entristece hasta llorar lágrimas secas ahora que soy un árbol desnudo, sin clorofila, ni fotosíntesis alguna, tan solo con unas gotas de savia que recorren las ramas de mi experiencia.
Los zamoranos, pudiera ser debido al tedio, una enfermedad del alma que se produce cuando te prohíbes pensar, nos preocupamos más de las cuitas y sucedidos ajenos que de nuestra realidad. Miramos más hacia lo que nos rodea que a nuestro interior, a nuestro estado moral y psicológico. Ignoramos qué nos pasa, porque apenas nos interesamos por purificar nuestros adentros. El prójimo protagoniza nuestras vidas. Pero nos olvidamos de juzgarnos a nosotros mismos. No nos vemos, no nos conocemos, no nos enmendamos, porque tampoco sabemos cuáles son nuestros defectos. Ni tan si quiera proponemos ideas para transformar Zamora, ni buscamos las razones de esta caída hacia la nada que se inició nada más comenzar esta democracia de cartón piedra, que ofrece, desde ha tiempo, grietas tan extraordinarias en su estructura que conducirán al derrumbe de ese edificio político. Mientras no se cambie la actual Ley Electoral, avanzará el desquiciamiento del sistema de 1978.
Perdón por esas disquisiciones finales el segundo párrafo de este artículo. Sigo con mis oraciones por Zamora. No creo que nadie haya escrito tanto sobre esta ciudad y sus circunstancias en la prensa local. De poco me sirvió cuando se me invitó a formar parte de las listas de Zamora Sí, que consentí con una condición sine qua non: aparecer en el número 15 de la candidatura. Pensé que se aprovecharían sus ideólogos de mi persona para elaborar un programa electoral en sus contenidos estéticos, en su plan para embellecer nuestra ciudad e intentar atraer inversiones. Pues hete aquí que nada se me preguntó. Tampoco sobre el talante que mostrar en los debates con otros líderes políticos. Me dediqué durante dos semanas a ensobrar y repartir propaganda. A raíz de esa experiencia, entendí que los partidos políticos, incluso los que piensan en Zamora con principal cuestión, los dirigen gente sin formación, que no consulta, que se cree iluminada, como si fuera Pericles en la Atenas clásica.
Hace un par de semanas o tres, me encontré con el concejal de un partido político con representación en la Corporación Municipal, con asiento en la Casa de Las Panaderas. El edil, buena gente, me confesó que las ideas y las propuestas de mis artículos servirían para elaborar un programa electoral que todas las formaciones políticas harían suyas, porque forman parte del sentido común, del amor por nuestra ciudad, del conocimiento de las taras, vicios y errores que nos han conducido a esta situación límite. Incluso me invitó a entrar en su formación, propuesta que rechacé al punto.
Como la experiencia me demostró, y lo expreso con pena, que nada se puede hacer en los partidos políticos para transformar Zamora, porque solo ordenan y mandan tres o cuatro personas, sigo dedicando el tiempo de mi jubilo a escribir sobre nuestra tierra. Al respecto, insisto en que los organismos económicos y empresariales y las instituciones públicas deberían coordinar acciones para presentar proyectos de inversión para Zamora en patronales de provincias donde el capitalismo haya alcanzado un extraordinario nivel, acompañados de un dossier amplio que muestre un estudio sociológico de nuestra ciudad, sus industrias más importantes, demografía e infraestructuras actuales y las que se creen en un futuro no muy lejano. Aquí nadie va a venir a instalarse porque sí. Hay que darse a conocer. Si la montaña no viene a Zamora, Zamora tiene que ir, sí o sí, a la montaña.
Y si escribo sobre mis cuitas, que son las de cualquier zamorano que desea que su ciudad se transforme, cambie y avance, lo hago como un ejercicio, quizá utópico, para conmover a esa Zamora indolente, conformista y abúlica que desprecia cuanto ignora, que se cruza de brazos, víctima de su apatía antropológica, y juzga con mayor contundencia al prójimo que a sí mismo.















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