IDA Y VUELTA
Hijos
Laura Fernández Salvador
El verano es una prueba de fuego para los padres, que acostumbramos a “aparcar” a los hijos un montón de horas en las escuelas y extraescolares, y sufrimos una sobredosis de nuestros retoños.
Casi tres meses de malabares, con juegos, campamentos, playas, pueblos y todo lo que se nos ocurra para poder domar a esas pequeñas fieras que hacen que nuestra vida sea un poco más caótica todavía.
Y dentro de esta locura que es el verano con hijos intentamos romantizar algo de lo que hacemos, esforzándonos por crear bonitos recuerdos para ellos, conscientes de que será esta época la que añoren, y rezando para que se acuerden de las risas y no de los gritos.
Un verano que nos deja para el recuerdo, como mínimo, un mundial y un eclipse histórico, en una época del año peliaguda, en la que el cansancio, el calor y la ausencia de rutinas lo complica todo, pero que por alguna extraña razón añoramos como si fuera la solución a nuestro día a día. Y es que nos pasamos el invierno deseando que llegue el verano, la playa, el sol…, planeando las vacaciones para regresar año tras año más cansados de lo que nos fuimos.
Un tiempo estival en el que queremos que nuestro bien más preciado, los hijos, repitan todo aquello con lo que nosotros disfrutamos, y a los que ofrecemos más y más de todo con lo que soñábamos hacer a su edad.
Curioso que, aunque nos acordemos de esos sueños propios infantiles no nos acordemos de la lata que también daríamos. Porque si hay algo seguro, es que los padres también somos hijos. Y nos guste más o menos, el carácter de nuestros descendientes, por pura genética, seguro se parece bastante al nuestro. Pero las cosas de cada edad se pasan con los años, y la memoria, un poco también.
El verano 2026 se acaba, y el cansancio se transforma. Se cierran las casas de los pueblos, se vacían las piscinas, playas y ríos, y las ciudades vuelven poco a poco a recuperar su población habitual de hijos y padres incluidos. Padres que son hijos, hijos desmemoriados, pero hijos al fin y al cabo.
El verano es una prueba de fuego para los padres, que acostumbramos a “aparcar” a los hijos un montón de horas en las escuelas y extraescolares, y sufrimos una sobredosis de nuestros retoños.
Casi tres meses de malabares, con juegos, campamentos, playas, pueblos y todo lo que se nos ocurra para poder domar a esas pequeñas fieras que hacen que nuestra vida sea un poco más caótica todavía.
Y dentro de esta locura que es el verano con hijos intentamos romantizar algo de lo que hacemos, esforzándonos por crear bonitos recuerdos para ellos, conscientes de que será esta época la que añoren, y rezando para que se acuerden de las risas y no de los gritos.
Un verano que nos deja para el recuerdo, como mínimo, un mundial y un eclipse histórico, en una época del año peliaguda, en la que el cansancio, el calor y la ausencia de rutinas lo complica todo, pero que por alguna extraña razón añoramos como si fuera la solución a nuestro día a día. Y es que nos pasamos el invierno deseando que llegue el verano, la playa, el sol…, planeando las vacaciones para regresar año tras año más cansados de lo que nos fuimos.
Un tiempo estival en el que queremos que nuestro bien más preciado, los hijos, repitan todo aquello con lo que nosotros disfrutamos, y a los que ofrecemos más y más de todo con lo que soñábamos hacer a su edad.
Curioso que, aunque nos acordemos de esos sueños propios infantiles no nos acordemos de la lata que también daríamos. Porque si hay algo seguro, es que los padres también somos hijos. Y nos guste más o menos, el carácter de nuestros descendientes, por pura genética, seguro se parece bastante al nuestro. Pero las cosas de cada edad se pasan con los años, y la memoria, un poco también.
El verano 2026 se acaba, y el cansancio se transforma. Se cierran las casas de los pueblos, se vacían las piscinas, playas y ríos, y las ciudades vuelven poco a poco a recuperar su población habitual de hijos y padres incluidos. Padres que son hijos, hijos desmemoriados, pero hijos al fin y al cabo.















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