ZAMORANA
Psicología aplicada a uno mismo
Mª Soledad Martín Turiño
Nada mejor que la naturaleza para sanar la convulsión interior, para eliminar fantasmas o para destruir los demonios; a veces la solución la tenemos al lado; puede ser buscando la soledad en un parque frondoso, o el campo abierto, lejos de la gente y ahí, observando la quietud de las plantas, el suave movimiento de las ramas de los árboles o el crecimiento de la vegetación, nos damos cuenta de que la permanencia de las plantas continuará, los árboles se harán centenarios, nos verán transitar y abandonar este mundo, igual que las piedras, porque nosotros apenas somos una mota de polvo en el cosmos inmenso; de ahí que encontremos la solución si relativizamos también los problemas que nos acometen; las preocupaciones, a veces sin remedio, a las que concedemos más trascendencia de la que deberíamos, y problemas irresolubles que nos obstinamos en repasar una y otra vez, pese a que la solución no esté en nuestras manos.
Aquí, en un banco alejado, solitario, donde solo se escuchan los trinos de los pájaros, alguna cotorra y unas cuantas palomas que se posan mansamente en el suelo y conviven en la ciudad como un habitante más; en este espacio, digo, una plaza recoleta deshabitada, quizás poco conocida, gusto de sentarme a primera hora de la mañana o al atardecer para limpiar mi mente; y como por arte de magia, los pensamientos aciagos poco a poco se van desvaneciendo, aflora tímidamente alguna ilusión e intento que pese más en la balanza lo positivo que lo negativo.
Una buena compañía puede ser también un elemento propicio, alguien con capacidad de escucha suficiente, que sepa aconsejar o incluso esté ahí únicamente para escuchar, porque a veces el mero hecho de expresar en voz alta aquello que nos perturba, es la mejor manera de encontrar la solución; cuando se verbalizan las cosas adquieren otro significado, un matiz diferente; y en no pocas ocasiones con la palabra se diluye también el problema. Es cierto que las palabras las lleva el viento, y a veces aquellas que resultan tan perniciosas, que se las lleve el viento puede ser la mejor de las soluciones.
Ese es, en definitiva, el mensaje que profesionales de la psicología han enseñado siempre. Uno mismo es quien sufre, afronta y resuelve los problemas, si realmente tiene fuerzas y voluntad de hacerlo; basta meditar el origen y la trascendencia de los mismos para saber si podemos hallar o no una solución. A este propósito, me viene a la mente aquel famoso proverbio oriental: “Si tu mal tiene remedio ¿por qué te quejas? Si no lo tiene ¿por qué te quejas?”.
¡Cuántas veces nos dejamos llevar por el fatalismo ante hechos irreversibles que no son de nuestra competencia y para los que carecemos de posibilidad alguna de control!
Mª Soledad Martín Turiño
Nada mejor que la naturaleza para sanar la convulsión interior, para eliminar fantasmas o para destruir los demonios; a veces la solución la tenemos al lado; puede ser buscando la soledad en un parque frondoso, o el campo abierto, lejos de la gente y ahí, observando la quietud de las plantas, el suave movimiento de las ramas de los árboles o el crecimiento de la vegetación, nos damos cuenta de que la permanencia de las plantas continuará, los árboles se harán centenarios, nos verán transitar y abandonar este mundo, igual que las piedras, porque nosotros apenas somos una mota de polvo en el cosmos inmenso; de ahí que encontremos la solución si relativizamos también los problemas que nos acometen; las preocupaciones, a veces sin remedio, a las que concedemos más trascendencia de la que deberíamos, y problemas irresolubles que nos obstinamos en repasar una y otra vez, pese a que la solución no esté en nuestras manos.
Aquí, en un banco alejado, solitario, donde solo se escuchan los trinos de los pájaros, alguna cotorra y unas cuantas palomas que se posan mansamente en el suelo y conviven en la ciudad como un habitante más; en este espacio, digo, una plaza recoleta deshabitada, quizás poco conocida, gusto de sentarme a primera hora de la mañana o al atardecer para limpiar mi mente; y como por arte de magia, los pensamientos aciagos poco a poco se van desvaneciendo, aflora tímidamente alguna ilusión e intento que pese más en la balanza lo positivo que lo negativo.
Una buena compañía puede ser también un elemento propicio, alguien con capacidad de escucha suficiente, que sepa aconsejar o incluso esté ahí únicamente para escuchar, porque a veces el mero hecho de expresar en voz alta aquello que nos perturba, es la mejor manera de encontrar la solución; cuando se verbalizan las cosas adquieren otro significado, un matiz diferente; y en no pocas ocasiones con la palabra se diluye también el problema. Es cierto que las palabras las lleva el viento, y a veces aquellas que resultan tan perniciosas, que se las lleve el viento puede ser la mejor de las soluciones.
Ese es, en definitiva, el mensaje que profesionales de la psicología han enseñado siempre. Uno mismo es quien sufre, afronta y resuelve los problemas, si realmente tiene fuerzas y voluntad de hacerlo; basta meditar el origen y la trascendencia de los mismos para saber si podemos hallar o no una solución. A este propósito, me viene a la mente aquel famoso proverbio oriental: “Si tu mal tiene remedio ¿por qué te quejas? Si no lo tiene ¿por qué te quejas?”.
¡Cuántas veces nos dejamos llevar por el fatalismo ante hechos irreversibles que no son de nuestra competencia y para los que carecemos de posibilidad alguna de control!
Mª Soledad Martín Turiño















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