Lunes, 07 de Septiembre de 2026

Mª Soledad Martín Turiño
Lunes, 07 de Septiembre de 2026
ZAMORANA

El final

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Siente como nunca que su fecha de caducidad está próxima; hace días que su cuerpo le está dando una serie de avisos que no puede eludir: le cuesta respirar, no puede comer, ya no habla, y el aire es un lujo que apenas puede permitirse. Se ha precipitado todo en unas horas y, ya desde el amanecer, se han congregado alrededor de la cama varios familiares que, sin duda, han sido avisados de su inminente partida.

 

Todos le observan escrutando cada leve movimiento, el silencio es absoluto y allá, al fondo del pasillo, una niña de catorce años no puede reprimir el único sollozo que le conmueve; es su nieta, la persona que más ha querido en estos últimos años cuando parecía ser un estorbo para todos, excepto para ella, siempre agarrada de su mano, preguntándole, haciéndole sentir importante, sabiéndose admirado por aquellos ojos verdes que descubrían el mundo a través de las historias que le contaba su abuelo.

 

La niña no quiere entrar en la habitación ni tampoco formar parte de este aprendido ritual de despedida, pero tampoco quiere separarse de él, aunque sea viéndole desde lejos. La última semana empezó a encontrarse mal y tuvieron que prescindir de los paseos matutinos por aquel parque que fue testigo de tantas historias, de consejos que guardará como un tesoro de aprendizaje ante la vida, pero el abuelo también supo escuchar aquello que le preocupaba y por lo que ninguna otra persona mayor se había interesado nunca: el acoso de que era objeto por parte de dos chicas de la clase; ese afán de superación que la llevaba a rendir a tope, exigiéndose siempre un poco más, las dudas que la asaltaban a la hora de pensar en su futuro: la carrera que elegiría, la ciudad, España o el extranjero; los chicos, sobre todo aquel que la miraba con insistencia al entrar y salir de clase…

 

Su abuelo la escuchó y aconsejó con prudencia y tratándola siempre como a una adulta, por eso ahora que iba a perderle, se sentía inmensamente sola; como el ciego que pierde su bastón, no tenía en quien apoyarse antes de tomar una decisión, ni tampoco disponía de esa compañía que le daba libertad y cobijo al mismo tiempo.

 

Se secó las lágrimas justo en el momento que empezaron a escucharse sonoros gemidos y llantos de los allí presentes. Entonces, salió de la casa y fue al banco del parque donde habían pasado tanto tiempo. Se sentó, miró al cielo y por un momento las nubes dibujaron el rostro sonriente de su abuelo que la miraba desde lo alto. Entonces supo que había llegado con bien a su destino.

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