RECUERDOS
Toda sociedad hipócrita produce corrupción política
Eugenio-Jesús de Ávila
Hubo un tiempo, demasiado, en el que ser de izquierdas -éramos tan pocos- en España suponía un peligro. Eso sí, siempre que entrases, verbigracia, en el PCE y te encomendasen, como a un íntimo amigo del que esto firma, repartir panfletos por las distintas facultades de la capital de España. Ahora, ser cualquier partido de la siniestra, de la ultra izquierda, como Podemos, es un privilegio. Que se lo digan a Irene Montero y sus compis.
Se podía ser comunista en casa, en conversaciones con los amigos, protagonizadas por Bakunin, Althuser, Sartre, el materialismo histórico, los “Grundrisse” de Marx o si habíamos leído “Materialismo y Empiriocriticismo”- por cierto, coñazo absoluto, que solo intentábamos entender los jóvenes de la pequeña burguesía, clase surgida durante la dictadura. Ya, cuando nos convertimos en universitarios, conocimos a Gramsci, padre del izquierdismo actual; a los de la Escuela de Frankfurt -Adorno, Marcuse, Fromm, Walter Benjamin- y, por fin, el wokismo, última transformación de la ideología izquierdista.
Ese proceder de ideólogos domésticos evitaba acabar en Carabanchel. Pero quedaba muy bien entre las amistades escasamente politizadas, como sucedía también si fumabas marihuana o hachís o te declarabas agnóstico. Ateo tampoco molaba. Eso fue ya en democracia. La moda. Nuestra sociedad siempre fue muy hipócrita.
Aquí en Zamora, la izquierda -no conocí a socialista alguno durante la dictadura, excepción hecha de De la Higuera- a la muerte de Franco, procedía de la Falange, como fascista, socializante, y de ex curas. En el PCE, vivía en soledad el inolvidable Amable García y algunos jóvenes universitarios que nunca habían leído a Marx; tampoco lo habrían entendido. También había algún anarquista, anciano y con una flor en la solapa, venerable persona. El resto vivía a gusto -funcionarios, comerciantes, jóvenes- sin preocupaciones intelectuales, sociales y políticas. Recuerden célebre frase de Franco, dicha a un ministro quejoso: “Haga como yo, no se meta en política”.
Como no se sabía en qué consistía la libertad, no se la echaba de menos, salvo por las películas de sexo que se estrenaban en Europa, verbigracia, Emmanuel, pero aquí, como a la Iglesia solo le preocupaba el sexto mandamiento, por aquello de que masturbarse podría darte trabajo en la ONCE, el personal se moría por ver un play-boy americano.
Desde que se murió el caudillo, algo cambió en la epidermis de nuestra sociedad, pero todo se mantuvo tal cual en su dermis. Eso sí, con el tiempo la amistad se fue diluyendo, las familias, quebrando; el amor, transformándose en solo sexo, y la mentira, en verdad. A toda sociedad hipócrita, le corresponde corrupción política. Es lo que tenemos a poco más de tres meses de que finalice este año 2026. No va más. España se parece cada día más a una obra de Valle Inclán.
Eugenio-Jesús de Ávila
Hubo un tiempo, demasiado, en el que ser de izquierdas -éramos tan pocos- en España suponía un peligro. Eso sí, siempre que entrases, verbigracia, en el PCE y te encomendasen, como a un íntimo amigo del que esto firma, repartir panfletos por las distintas facultades de la capital de España. Ahora, ser cualquier partido de la siniestra, de la ultra izquierda, como Podemos, es un privilegio. Que se lo digan a Irene Montero y sus compis.
Se podía ser comunista en casa, en conversaciones con los amigos, protagonizadas por Bakunin, Althuser, Sartre, el materialismo histórico, los “Grundrisse” de Marx o si habíamos leído “Materialismo y Empiriocriticismo”- por cierto, coñazo absoluto, que solo intentábamos entender los jóvenes de la pequeña burguesía, clase surgida durante la dictadura. Ya, cuando nos convertimos en universitarios, conocimos a Gramsci, padre del izquierdismo actual; a los de la Escuela de Frankfurt -Adorno, Marcuse, Fromm, Walter Benjamin- y, por fin, el wokismo, última transformación de la ideología izquierdista.
Ese proceder de ideólogos domésticos evitaba acabar en Carabanchel. Pero quedaba muy bien entre las amistades escasamente politizadas, como sucedía también si fumabas marihuana o hachís o te declarabas agnóstico. Ateo tampoco molaba. Eso fue ya en democracia. La moda. Nuestra sociedad siempre fue muy hipócrita.
Aquí en Zamora, la izquierda -no conocí a socialista alguno durante la dictadura, excepción hecha de De la Higuera- a la muerte de Franco, procedía de la Falange, como fascista, socializante, y de ex curas. En el PCE, vivía en soledad el inolvidable Amable García y algunos jóvenes universitarios que nunca habían leído a Marx; tampoco lo habrían entendido. También había algún anarquista, anciano y con una flor en la solapa, venerable persona. El resto vivía a gusto -funcionarios, comerciantes, jóvenes- sin preocupaciones intelectuales, sociales y políticas. Recuerden célebre frase de Franco, dicha a un ministro quejoso: “Haga como yo, no se meta en política”.
Como no se sabía en qué consistía la libertad, no se la echaba de menos, salvo por las películas de sexo que se estrenaban en Europa, verbigracia, Emmanuel, pero aquí, como a la Iglesia solo le preocupaba el sexto mandamiento, por aquello de que masturbarse podría darte trabajo en la ONCE, el personal se moría por ver un play-boy americano.
Desde que se murió el caudillo, algo cambió en la epidermis de nuestra sociedad, pero todo se mantuvo tal cual en su dermis. Eso sí, con el tiempo la amistad se fue diluyendo, las familias, quebrando; el amor, transformándose en solo sexo, y la mentira, en verdad. A toda sociedad hipócrita, le corresponde corrupción política. Es lo que tenemos a poco más de tres meses de que finalice este año 2026. No va más. España se parece cada día más a una obra de Valle Inclán.














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