Lunes, 14 de Septiembre de 2026

Eugenio-Jesús de Ávila
Lunes, 14 de Septiembre de 2026
REFLEXIONES URBANAS

La batalla por frenar el desarrollo económico de Zamora

Eugenio-Jesús de Ávila

 

Zamora siempre padeció de esa enfermedad secular que es el caciquismo, sin querer referirme al régimen de las comunidades indígenas del caribe, sino al que imperó en esta nuestra provincia desde finales del siglo XIX, por datarlo en el tiempo, y que se extendió a lo largo de otros regímenes de la centuria pasada e incluso perduró, debido a nuestra falta de desarrollo económico y, por consiguiente, social desde la instauración de la democracia. Diríamos que al cacique decimonónico le sustituyó el cacique político y empresarial, desde el poder de la tierra se entró en el poder público institucional.

 

Ese caciquismo siempre se impuso como lema detener el progreso de nuestra provincia, porque el avance y el desarrollo económico habría implicado su desaparición. Con la muerte del cacique como figura esencial de nuestra sociedad el nepotismo nunca se hubiese perpetuado. Se enchufó en tiempos periclitados, pero se siguió con la norma de colocar en puestos de la administración a familiares, amigos y amigas íntimas. No consistió en una práctica propia de la derecha, sino que la escasa izquierda que ha habido por estos pagos, con escaso poder, también hizo lo que pudo cuando lo ocupó. Como sucede con la apatía, ese clientelismo también forma parte de la antropología provincial.

 

No debería extrañar al zamorano librepensador que toda intentona de instalación de empresas importantes en nuestra tierra siempre conociese trabas burocráticas públicas. No voy a remontarme a lo de la Renault, auténtico mito en la memoria de los zamoranos que ahora cumplieron la edad de la jubilación, sino a los proyectos que después quisieron asentarse en la geografía provincial, como el caso de la Biorrefinería Multifuncional de Vicente Merino Febrero, ya olvidada para la gran mayoría de las gentes que viven en nuestra ciudad y provincial, que sufrió sus primeras zancadillas por parte del caciqueo local. Después llegó lo de Monte la Reina, que iba a traer a esa instalación, tras realizar las necesarias inversiones, a unos 1.500 militares y sus familias, con lo que, se quisiera o no, podría cambiar nuestra sociedad. Los plazos de su construcción se prolongaron en demasía, y, cuando llega la ministra con la buena nueva de su funcionamiento, una especie de confirmación de inversiones, parece que su puesta a punto se retrasa más y más. Ha llegado ya el momento de adquirir la condición moral del apóstol Tomás: no creer hasta que el dedo entre en la llaga; no celebrar la victoria hasta que nuestros ojos lo perciban ahora y aquí.

 

Llegó hace unos meses la promesa de Mañueco de crear un nuevo polígono en al alfoz de la capital, en Monfarracinos. No se habló de empresas importantes que reclamasen un espacio en esas hectáreas. Pero hace unas semanas salió la luz ese término tan poco conocido para casi todos: Centro de Datos. Esta instalación se comentó que iba a crear medio millar de puestos de trabajo, colosal para una ciudad tan decadente como la del Romancero. Pero, hete aquí, que aparecieron ya duras críticas contra ese proyecto. Argumentos de todo tipo, con un objetivo: que no se construya aquí, que está mejor en Soria o en Valladolid, en cualquier lugar de esta España en quiebra moral, ética e intelectual. No tengo ni idea de si esa instalación de progreso técnico trae consigo la destrucción del medio ambiente, la conversión en desierto de nuestras tierras o la transformación del Duero en regato; porque me fijo solo en que no hay nada que nos satisfaga a los zamoranos desde la famosa central nuclear de Moralina, a las macrogranjas de ganado de cerda o las plantas de biogás. Todo es malo para los zamoranos. Solo nos quieren dejar lo que los demás no desean. Tendrá razón sus detractores. Quizá, porque un servidor sabe muy poco de todo, incluso escribir.

 

Me pongo a pensar, verbo que conjugo dos o tres veces al año, como la Margarita de Jardiel Poncela, y no sé qué podría abrazar los zamoranos inteligentes y concienciados política y socialmente para que Zamora alcanzase el mismo progreso, verbigracia, que otras provincias de Castilla y León. Pediría a esos eruditos del avance, de la prosperidad, que exigiesen a empresarios e instituciones públicas, como la Junta de Castilla y León o a La Moncloa proyectos que frenasen nuestra decadencia económica, social y demográfica. Siento una enorme impotencia intelectual para saber qué transformaría Zamora en una ciudad y una provincia acorde a este final de la tercera década del siglo XXI.

 

Y me da por preguntarme e inquiero al vulgo por el papel que juegan los organismos económicos en nuestra ciudad y provincia, por sus movimiento a la busca del tiempo pérdido y las empresas inversoras durante décadas. Nada de nada. ¿En qué piensan, cuáles son las reflexiones sobre el progreso y desarrollo de nuestra tierra de los prohombres, políticos y gentes del intelecto zamoranos? ¿Es que nadie dice nada, es que no hay diez entre tantos con proyectos, con ganas de frenar esta decadencia y esta marcha hacia el desierto demográfico irreversible? Yo, a mi edad, libre de todo cargo, de toda dirección, de toda propiedad, carezco de fuerza para empujar a Zamora. A los que la quieren y sufren postergación les pido un último acto de valentia, de decisión, para impedir su muerte por inacción, conformismo y apatía.

 

Ya que ha salido lo de Centro de Datos, datos sobre demográficos sobre Valladolid, la no capital de una no región Castilla y León: la provincia contaba en 1975 con 450.000 habitantes y en 2025, unos 530.000. La capital, 230.000 a la muerte de Franco a 302.000 ahora.

 

Vayamos a Zamora para cotejar con las cifras demográficas anteriores: la provincia tenía en 1975, 226.000, y en 2025, 165.000. La capital alcanzó su techo en 2008, con casi 67.000 habitantes, y ahora cuenta con unos 61.000.

 

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