ZAMORANA
Zamora, patrimonio universal
Zamora amanece nublada en estos últimos días de verano; se nota el tránsito al otoño que llega porque la gente aún mantiene su vestimenta veraniega, y conviven sandalias y camisas de manga corta junto con chaquetas y chubasqueros.
La ciudad aparece con claroscuros, dependiendo si se nublan las nubes o sale tímidamente el sol, y esta urbe, diferente siempre, en días así me resulta más acogedora si cabe, sin los tórridos calores que hemos sufrido y que nos han ocultado de las calles, de caminar junto al río o de transitar por los puentes. Ahora se puede gozar de la ciudad en cualquiera de los paseos o rutas que proyectemos porque el tiempo acompaña y ese velo nublado que se cierne sobre Zamora la hace más misteriosa y más especial que nunca.
Busco las calles más recoletas adentrándome por pasadizos alejados de las zonas urbanas en esta ciudad de ensueño; apenas me cruzo con gente porque dejo atrás a los paseantes y forasteros que vienen a visitar la ciudad; prefiero el silencio de los parques donde solo el leve rumor de las hojas acuna mi pensamiento, las vistas mágicas desde cualquier punto de la catedral con su torre guardiana, o el rio que discurre vigilante junto a las murallas que circundan la urbe.
Descubro placitas con un encanto especial, como la de Fray Diego de Deza que me atrapó desde el mismo instante que la descubrí; allí las ramas de los árboles se abrazan regalando una sombra permanente a aquellos que se sientan en los bancos de madera para divisar la imponente iglesia románica de San Pedro y San Ildefonso en cuyo muro norte se pueden apreciar dos magníficos arbotantes de refuerzo, merecedores siempre de una fotografía de recuerdo.
En estos lugares recónditos busco el silencio una vez he desechado todos los ruidos interiores que van asociados a ideas negativas que hieren el alma, y después de ese trabajo introspectivo, cuando ya, por fin la mente se apacigua, es cuando la lleno de calma y me permito gozar con libertad de este panorama tan especial y único por las calles estrechas de piedra, siempre la piedra como protagonista: piedra en el suelo, en los muros y en edificaciones también en piedra que han visto pasar generación tras generación, y que nos verán pasar también a nosotros y a nuestros descendientes, mientas ellas siguen ahí, fieles a sí mismas, aguantando los asaltos de la climatología, y tengo la certeza de que, a menos que ocurra algún fenómeno catastrófico que lo impida, continuarán muchos años más siendo testigos de vidas y gentes, porque son un joya que, aunque no nos lo quiera reconocer la UNESCO, para los zamoranos que lo sabemos valorar, se han convertido desde hace tiempo en patrimonio universal.

Zamora amanece nublada en estos últimos días de verano; se nota el tránsito al otoño que llega porque la gente aún mantiene su vestimenta veraniega, y conviven sandalias y camisas de manga corta junto con chaquetas y chubasqueros.
La ciudad aparece con claroscuros, dependiendo si se nublan las nubes o sale tímidamente el sol, y esta urbe, diferente siempre, en días así me resulta más acogedora si cabe, sin los tórridos calores que hemos sufrido y que nos han ocultado de las calles, de caminar junto al río o de transitar por los puentes. Ahora se puede gozar de la ciudad en cualquiera de los paseos o rutas que proyectemos porque el tiempo acompaña y ese velo nublado que se cierne sobre Zamora la hace más misteriosa y más especial que nunca.
Busco las calles más recoletas adentrándome por pasadizos alejados de las zonas urbanas en esta ciudad de ensueño; apenas me cruzo con gente porque dejo atrás a los paseantes y forasteros que vienen a visitar la ciudad; prefiero el silencio de los parques donde solo el leve rumor de las hojas acuna mi pensamiento, las vistas mágicas desde cualquier punto de la catedral con su torre guardiana, o el rio que discurre vigilante junto a las murallas que circundan la urbe.
Descubro placitas con un encanto especial, como la de Fray Diego de Deza que me atrapó desde el mismo instante que la descubrí; allí las ramas de los árboles se abrazan regalando una sombra permanente a aquellos que se sientan en los bancos de madera para divisar la imponente iglesia románica de San Pedro y San Ildefonso en cuyo muro norte se pueden apreciar dos magníficos arbotantes de refuerzo, merecedores siempre de una fotografía de recuerdo.
En estos lugares recónditos busco el silencio una vez he desechado todos los ruidos interiores que van asociados a ideas negativas que hieren el alma, y después de ese trabajo introspectivo, cuando ya, por fin la mente se apacigua, es cuando la lleno de calma y me permito gozar con libertad de este panorama tan especial y único por las calles estrechas de piedra, siempre la piedra como protagonista: piedra en el suelo, en los muros y en edificaciones también en piedra que han visto pasar generación tras generación, y que nos verán pasar también a nosotros y a nuestros descendientes, mientas ellas siguen ahí, fieles a sí mismas, aguantando los asaltos de la climatología, y tengo la certeza de que, a menos que ocurra algún fenómeno catastrófico que lo impida, continuarán muchos años más siendo testigos de vidas y gentes, porque son un joya que, aunque no nos lo quiera reconocer la UNESCO, para los zamoranos que lo sabemos valorar, se han convertido desde hace tiempo en patrimonio universal.















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