DENUNCIA
La paloma que no pudo volver a casa
Convivir con las aves no significa resignarse a la suciedad, también hay que limpiar lo que dejan
El otro día, en la calle de Buscarruidos, una paloma se había colado en una casa vacía. Peleaba por salir, revoloteando contra el cristal que le impedía encontrar la salida. Junto a ella estaba el cadáver de otra que no había tenido tanta suerte. Algunos vecinos buscaban la manera de liberarla, pero la situación no era sencilla, se desconocía quiénes eran los propietarios, romper el cristal no parecía lo más oportuno y llamar a los bomberos para rescatar una paloma tampoco parecía la solución.
La escena, casi tragicómica, sirve para recordar algo que a veces olvidamos: las palomas y otras aves forman parte de nuestras ciudades y tendremos que convivir con ellas. El problema no es que existan. El problema aparece cuando esa convivencia se traduce en suciedad que acaba acumulándose sin que nadie termine de retirarla.En Zamora, los excrementos de las aves se acumulan en aceras, junto a fachadas, bajo balcones y, especialmente, sobre bancos de parques y plazas. No son únicamente las palomas las que dejan su rastro, aunque sean probablemente las más visibles. Bancos que deberían estar para sentarse quedan sencillamente inutilizados cuando aparecen cubiertos de palomina. No parece razonable que un espacio público destinado al descanso deje de poder utilizarse porque nadie quiere sentarse sobre una capa de excrementos.
Pero tampoco se trata de criminalizar a las palomas. Durante generaciones, el ser humano ha convivido con ellas y se ha servido de estos animales para obtener alimento y aprovechar incluso sus excrementos como fertilizante. Ahora parece que aquel animal que durante tanto tiempo formó parte de nuestra vida se ha convertido de repente en una molestia que quisiéramos hacer desaparecer. No debería ser así. Las personas también ensuciamos. Dejamos papeles, envases, colillas, restos de comida... y nadie plantea que el problema sean las personas. Lo que hacemos es limpiar. Pues con las aves debería aplicarse el mismo principio, controlar las poblaciones cuando sea necesario,evitar concentraciones excesivas y, sobre todo, limpiar adecuadamente los restos que dejan.
El Ayuntamiento dispone de un programa de control de palomas y ha recurrido incluso a halcones peregrinos para ejercer una presión depredadora natural. Son medidas encaminadas a mantener un equilibrio. Pero controlar las poblaciones y limpiar la ciudad son dos cosas diferentes. Una no puede sustituir a la otra.Y, una vez que los excrementos están ahí, hay que retirarlos. Retirarlos de verdad. Una acumulación de excrementos secos no desaparece simplemente pasando una escoba. El barrido en seco puede levantar polvo y dispersar partículas. Cuando existe una acumulación importante, hace falta humedecer, retirar y limpiar posteriormente la superficie mediante un procedimiento adecuado. No basta con desplazar la suciedad unos metros.No se trata de declarar la guerra a las aves. Este mundo tampoco es exclusivamente nuestro. Se trata de saber vivir y convivir. Las aves tienen su sitio; los vecinos tienen derecho a unas calles limpias y los bancos de nuestras plazas tienen que poder utilizarse. Y si las personas ensuciamos, limpiamos. Si las aves ensucian, también habrá que limpiar. Porque convivir no significa resignarse a la suciedad.

El otro día, en la calle de Buscarruidos, una paloma se había colado en una casa vacía. Peleaba por salir, revoloteando contra el cristal que le impedía encontrar la salida. Junto a ella estaba el cadáver de otra que no había tenido tanta suerte. Algunos vecinos buscaban la manera de liberarla, pero la situación no era sencilla, se desconocía quiénes eran los propietarios, romper el cristal no parecía lo más oportuno y llamar a los bomberos para rescatar una paloma tampoco parecía la solución.
La escena, casi tragicómica, sirve para recordar algo que a veces olvidamos: las palomas y otras aves forman parte de nuestras ciudades y tendremos que convivir con ellas. El problema no es que existan. El problema aparece cuando esa convivencia se traduce en suciedad que acaba acumulándose sin que nadie termine de retirarla.En Zamora, los excrementos de las aves se acumulan en aceras, junto a fachadas, bajo balcones y, especialmente, sobre bancos de parques y plazas. No son únicamente las palomas las que dejan su rastro, aunque sean probablemente las más visibles. Bancos que deberían estar para sentarse quedan sencillamente inutilizados cuando aparecen cubiertos de palomina. No parece razonable que un espacio público destinado al descanso deje de poder utilizarse porque nadie quiere sentarse sobre una capa de excrementos.
Pero tampoco se trata de criminalizar a las palomas. Durante generaciones, el ser humano ha convivido con ellas y se ha servido de estos animales para obtener alimento y aprovechar incluso sus excrementos como fertilizante. Ahora parece que aquel animal que durante tanto tiempo formó parte de nuestra vida se ha convertido de repente en una molestia que quisiéramos hacer desaparecer. No debería ser así. Las personas también ensuciamos. Dejamos papeles, envases, colillas, restos de comida... y nadie plantea que el problema sean las personas. Lo que hacemos es limpiar. Pues con las aves debería aplicarse el mismo principio, controlar las poblaciones cuando sea necesario,evitar concentraciones excesivas y, sobre todo, limpiar adecuadamente los restos que dejan.
El Ayuntamiento dispone de un programa de control de palomas y ha recurrido incluso a halcones peregrinos para ejercer una presión depredadora natural. Son medidas encaminadas a mantener un equilibrio. Pero controlar las poblaciones y limpiar la ciudad son dos cosas diferentes. Una no puede sustituir a la otra.Y, una vez que los excrementos están ahí, hay que retirarlos. Retirarlos de verdad. Una acumulación de excrementos secos no desaparece simplemente pasando una escoba. El barrido en seco puede levantar polvo y dispersar partículas. Cuando existe una acumulación importante, hace falta humedecer, retirar y limpiar posteriormente la superficie mediante un procedimiento adecuado. No basta con desplazar la suciedad unos metros.No se trata de declarar la guerra a las aves. Este mundo tampoco es exclusivamente nuestro. Se trata de saber vivir y convivir. Las aves tienen su sitio; los vecinos tienen derecho a unas calles limpias y los bancos de nuestras plazas tienen que poder utilizarse. Y si las personas ensuciamos, limpiamos. Si las aves ensucian, también habrá que limpiar. Porque convivir no significa resignarse a la suciedad.




















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