VIVIENDAS
Un nuevo sistema político acabaría con los desahucios
Eugenio-Jesús de Ávila
Toda alma pía en la religión marxista tiene como mandamiento esencial acabar con la propiedad privada. La fe de un comunista se construye sobre un Estado monolítico y todopoderoso: “Todo en el Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado”. Mussolini, creador del Partido del Fascio, tras militar en el ala izquierda del PSI, gran admirador de Marx y Lenin.
Con estos principios religiosos, ningún español gozaría del derecho a comprar una vivienda. Sería el Estado el encargado de construir pisos para toda la parroquia, para los fieles, para los trabajadores públicos. Por supuesto, si se es de izquierdas, pero de verdad, no de forma epidérmica, el Estado deberá constituirse como ateo. Se proscribirá todo partido político que represente a la burguesía. Solo existirá una formación, la que comulgue en el altar del marxismo y adore al Pablo de Tarso del comunismo, Vladimir Illich Ulianov.
Si España fuera una República Socialista Ibérica, nunca hubiera habido desahucios como el de Mari Carmen, ni como la señora a la que se desahució en Barcelona ciudad, -acabó con su vida suicidándose tras ser desalojada del piso que habitaba, propiedad privada- donde su Ayuntamiento es del PSC, idéntica ideología que la de la Generalidad.
Vivir en una sociedad comunista obliga al ciudadano a olvidarse de toda propiedad privada: ni automóvil, ni motocicleta, ni barquito de vela, ni electrodomésticos, incluidos televisión y tocata, ni chalets con piscina, ni huerto ubérrimo ni verde árbol ni pozo blanco. Ser un buen comunista, como cristiano pío, procura enormes sacrificios.
En una República comunista no existirán los sindicatos de ningún tipo, ni de clase, porque no existirá esa división social; ni de empresa, ni profesionales, ni agroganaderos; tampoco el de inquilinos, porque los pisos son propiedad del Estado y no puede uno rebelarse contra su poder omnímodo. La administración distribuirá las viviendas, de más o menos metros cuadrados, de acuerdo al número de personas que formen la familia, si bien no existirá célula social humana, que será proscrita por Ley, dado su origen capitalista. Tampoco se mantendrá el matrimonio, institución burguesa, ni hetero ni homosexual.
Pero en un régimen de economía de mercado, capitalista para no andarnos con tonterías, sucede que, verbigracia, un gobierno social comunista legisló, ha tiempo, una Ley de Desahucios que ha permitido, una vez que el magistrado cumple con la ley, para no prevaricar, que la Policía Nacional, a las órdenes del Ministerio del Interior correspondiente, desaloje al inquilino, joven o anciano, de esa vivienda que llevaba ocupando in illo tempore.
Por lo tanto, olvídese lo de las acampadas en las plazas públicas, propias de gentes de la burguesía desclasada o pequeña burguesía, siempre egoísta a juicio del pensador de Tréveris, y dispongámonos a terminar con este Estado capitalista que desahucia viejas y viejos y desaloja a los okupas. Constrúyanse el millón de viviendas que necesita España con el dinero del Estado y acabaremos con esta injusticia social. Y después proscríbase la propiedad privada para siempre. Nada de viviendas baratas en el mercado, porque después aparecerán especuladores. El Estado debe velar por su patrimonio.
Si hay lo que hay que tener, dejémonos de zarandajas ideológicas y transformemos profundamente el Estado. Nos aguarda el paraíso en la tierra. El de los cristianos y musulmanes se halla en la otra vida. Y, por supuesto, acabar con el dinero, como se pretendió ya desde la Revolución Francesa. Se pagarán los bienes necesarios con la tarjeta que expenderá el Estado. Nada para el pueblo, todo para el Estado. Y se recitará el poema de Alberti “Redoble lento por la muerte de Stalin” cuando se celebre El Día de la Patria sin Desahucios. “El desahuciado” de Gabriel y Galán no ha lugar en una sociedad justa e igualitaria.
Eugenio-Jesús de Ávila
Toda alma pía en la religión marxista tiene como mandamiento esencial acabar con la propiedad privada. La fe de un comunista se construye sobre un Estado monolítico y todopoderoso: “Todo en el Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado”. Mussolini, creador del Partido del Fascio, tras militar en el ala izquierda del PSI, gran admirador de Marx y Lenin.
Con estos principios religiosos, ningún español gozaría del derecho a comprar una vivienda. Sería el Estado el encargado de construir pisos para toda la parroquia, para los fieles, para los trabajadores públicos. Por supuesto, si se es de izquierdas, pero de verdad, no de forma epidérmica, el Estado deberá constituirse como ateo. Se proscribirá todo partido político que represente a la burguesía. Solo existirá una formación, la que comulgue en el altar del marxismo y adore al Pablo de Tarso del comunismo, Vladimir Illich Ulianov.
Si España fuera una República Socialista Ibérica, nunca hubiera habido desahucios como el de Mari Carmen, ni como la señora a la que se desahució en Barcelona ciudad, -acabó con su vida suicidándose tras ser desalojada del piso que habitaba, propiedad privada- donde su Ayuntamiento es del PSC, idéntica ideología que la de la Generalidad.
Vivir en una sociedad comunista obliga al ciudadano a olvidarse de toda propiedad privada: ni automóvil, ni motocicleta, ni barquito de vela, ni electrodomésticos, incluidos televisión y tocata, ni chalets con piscina, ni huerto ubérrimo ni verde árbol ni pozo blanco. Ser un buen comunista, como cristiano pío, procura enormes sacrificios.
En una República comunista no existirán los sindicatos de ningún tipo, ni de clase, porque no existirá esa división social; ni de empresa, ni profesionales, ni agroganaderos; tampoco el de inquilinos, porque los pisos son propiedad del Estado y no puede uno rebelarse contra su poder omnímodo. La administración distribuirá las viviendas, de más o menos metros cuadrados, de acuerdo al número de personas que formen la familia, si bien no existirá célula social humana, que será proscrita por Ley, dado su origen capitalista. Tampoco se mantendrá el matrimonio, institución burguesa, ni hetero ni homosexual.
Pero en un régimen de economía de mercado, capitalista para no andarnos con tonterías, sucede que, verbigracia, un gobierno social comunista legisló, ha tiempo, una Ley de Desahucios que ha permitido, una vez que el magistrado cumple con la ley, para no prevaricar, que la Policía Nacional, a las órdenes del Ministerio del Interior correspondiente, desaloje al inquilino, joven o anciano, de esa vivienda que llevaba ocupando in illo tempore.
Por lo tanto, olvídese lo de las acampadas en las plazas públicas, propias de gentes de la burguesía desclasada o pequeña burguesía, siempre egoísta a juicio del pensador de Tréveris, y dispongámonos a terminar con este Estado capitalista que desahucia viejas y viejos y desaloja a los okupas. Constrúyanse el millón de viviendas que necesita España con el dinero del Estado y acabaremos con esta injusticia social. Y después proscríbase la propiedad privada para siempre. Nada de viviendas baratas en el mercado, porque después aparecerán especuladores. El Estado debe velar por su patrimonio.
Si hay lo que hay que tener, dejémonos de zarandajas ideológicas y transformemos profundamente el Estado. Nos aguarda el paraíso en la tierra. El de los cristianos y musulmanes se halla en la otra vida. Y, por supuesto, acabar con el dinero, como se pretendió ya desde la Revolución Francesa. Se pagarán los bienes necesarios con la tarjeta que expenderá el Estado. Nada para el pueblo, todo para el Estado. Y se recitará el poema de Alberti “Redoble lento por la muerte de Stalin” cuando se celebre El Día de la Patria sin Desahucios. “El desahuciado” de Gabriel y Galán no ha lugar en una sociedad justa e igualitaria.

















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