Mª Soledad Martín Turiño
Viernes, 02 de Octubre de 2026
ZAMORANA

Campanas, misas y ritos

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Son las seis y media de la tarde y las campanas convocan a misa de siete. Media hora antes suelen hacerse tres toques de llamada: primeras, segundas, terceras y entrada. El oficio se celebrará en una de las capillas laterales de la iglesia, pequeña y acogedora, pero bellísima por la perfección de sus imágenes, sus pinturas y el retablo barroco que la orna.

 

Los feligreses suelen ser los habituales del barrio que, como una costumbre adquirida, tienen una cita a esta hora de la tarde. Cuando acaba la celebración, se acercan a saludar al sacerdote, que es un poco amigo de todos, y cada tarde suele ir a casa de alguno a tomar un café y echar un parlao.

 

También acuden un grupo de mujeres, por lo general mayores; van muy arregladas y parece que compiten entre ellas por ver quien se atilda más. A la salida de misa se produce un corrillo y charlan unos minutos animadamente antes de que cada una emprenda su camino para regresar a casa.

 

Me gusta esta forma de vida provinciana, tranquila, donde todos sienten el cobijo y arropo de los demás. El sonido de las campanas, me trae a la memoria tiempos antiguos en que se reverenciaba al clero y la asistencia cada domingo a misa era obligada; además de múltiples ritos: rosarios, novenas, catequesis, mayos… etc. a los que la gente asistía muchas veces por costumbre más que por devoción. Me llamaba especialmente la atención un rito que solía hacerse en primavera: la bendición de los campos; el sacerdote, acompañado por sus acólitos y sacando a San Isidro en procesión, bendecía tierras y animales, rogando porque las oportunas lluvias produjeran una buena cosecha.

 

También existían otras prácticas, ahora ya en desuso, una d ellas era que cuando se entraba a habitar una vivienda, el sacerdote fuera a bendecirla rociando agua bendita en cada habitación mientras rezaba una plegaria. También recuerdo que el cura se desplazaba a los domicilios para dar la Extremaunción, ungiendo con los santos óleos a quienes estaban próximos a morir, ya que entonces era común que mucha gente acabara sus días en casa.

 

Las campanas estaban muy presentes en el mundo rural, y eran una forma de comunicación entre los vecinos: se tocaba a difuntos, para llamar a misa, anunciar fiestas o avisar de incendios. Esta variedad de información la coordinaba el campanero y según su pericia con el tañido, los habitantes del pueblo sabían lo que ocurría.

 

Hoy las campanas de muchas iglesias siguen acunando nuestros recuerdos mientras nos concitan a eventos religiosos; los feligreses suelen ser personas mayores que reviven ritos aprendidos, muchos de ellos provenientes de pueblos de las diferentes comarcas de nuestra Zamora.

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