IDA Y VUELTA
Ciudad nueva
Laura Fernández Salvador
Hace unos años me aventuré a escribir una novela. Un texto que nunca edité, pero que afronté con ilusión, aunque posteriormente quedó guardado en un rinconcito de la memoria de mi ordenador. “Ciudad Nueva” lo titulé, y contaba la historia de varios personajes de edades avanzadas que se trasladaban a vivir a una nueva comunidad de ancianos. Diría que el planteamiento parecía una utopía, pero cuando me documenté para escribirla pude encontrar pocos, pero algunos ejemplos de este tipo de cooperativas.
Sin embargo, en mi historia estas comunidades ya comenzaban a extenderse en la población, y eran gestionadas por los diferentes gobiernos, con ayudas de otras instituciones, entre las que también se encontraba la Iglesia.
Eran una respuesta necesaria e imprescindible a una realidad extendida en la población de la novela, el envejecimiento y la soledad.
Es triste, pero el contexto de mi ficción no dista tanto del mundo en el que vivimos. De hecho, lo que me motivó a crear esta realidad paralela que son las novelas fue la lectura de varias noticias que a nadie podrían, ni deberían, dejar indiferente. Una anciana apareció muerta en su casa tras años sin que nadie se diera cuenta. Años. Nadie. Por increíble que parezca no era un caso aislado. A esta noticia se le sumó la que fue el germen final de mi creación, Reino Unido había decidido crear un Ministerio de la Soledad, un mal que según los medios afectaba a más de 9 millones de personas en ese país, y mediante el cual se pretendían aportar soluciones desde el Estado.
Y ahora, pensemos por un momento en nuestra realidad, en nuestros vecinos, en toda la gente que nos rodea. Y no vivimos en Reino Unido, lo sé. Pero vivimos en Zamora. Una de las ciudades más envejecidas (sino la que más) de todo el país. Una ciudad que cuenta tan solo con una residencia pública de ancianos, y que, además, la van a cerrar para abrir otra que dicen ser mejor, pero que solo contará con un puñado de plazas más. Una ciudad en la que la lista de espera para entrar a una residencia pública es de 2.000 personas, según los últimos datos aportados por las asociaciones de vecinos.
Una ciudad en la que si morimos de viejos, probablemente será solos y desatendidos.
Y una Ciudad Nueva es lo que quiero yo. Pero no sé qué me da, que solo la encontraré en la escritura.
Hace unos años me aventuré a escribir una novela. Un texto que nunca edité, pero que afronté con ilusión, aunque posteriormente quedó guardado en un rinconcito de la memoria de mi ordenador. “Ciudad Nueva” lo titulé, y contaba la historia de varios personajes de edades avanzadas que se trasladaban a vivir a una nueva comunidad de ancianos. Diría que el planteamiento parecía una utopía, pero cuando me documenté para escribirla pude encontrar pocos, pero algunos ejemplos de este tipo de cooperativas.
Sin embargo, en mi historia estas comunidades ya comenzaban a extenderse en la población, y eran gestionadas por los diferentes gobiernos, con ayudas de otras instituciones, entre las que también se encontraba la Iglesia.
Eran una respuesta necesaria e imprescindible a una realidad extendida en la población de la novela, el envejecimiento y la soledad.
Es triste, pero el contexto de mi ficción no dista tanto del mundo en el que vivimos. De hecho, lo que me motivó a crear esta realidad paralela que son las novelas fue la lectura de varias noticias que a nadie podrían, ni deberían, dejar indiferente. Una anciana apareció muerta en su casa tras años sin que nadie se diera cuenta. Años. Nadie. Por increíble que parezca no era un caso aislado. A esta noticia se le sumó la que fue el germen final de mi creación, Reino Unido había decidido crear un Ministerio de la Soledad, un mal que según los medios afectaba a más de 9 millones de personas en ese país, y mediante el cual se pretendían aportar soluciones desde el Estado.
Y ahora, pensemos por un momento en nuestra realidad, en nuestros vecinos, en toda la gente que nos rodea. Y no vivimos en Reino Unido, lo sé. Pero vivimos en Zamora. Una de las ciudades más envejecidas (sino la que más) de todo el país. Una ciudad que cuenta tan solo con una residencia pública de ancianos, y que, además, la van a cerrar para abrir otra que dicen ser mejor, pero que solo contará con un puñado de plazas más. Una ciudad en la que la lista de espera para entrar a una residencia pública es de 2.000 personas, según los últimos datos aportados por las asociaciones de vecinos.
Una ciudad en la que si morimos de viejos, probablemente será solos y desatendidos.
Y una Ciudad Nueva es lo que quiero yo. Pero no sé qué me da, que solo la encontraré en la escritura.

















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