ZAMORANA
Mi sueño es Zamora
Mª Soledad Martín Turiño
Dicen que le pudo la emoción cuando estrechó entre sus brazos a aquel único hijo que regresó a casa tres varios años de ausencia motivada por un indeseado incidente entre los dos. Nunca tuvieron buena relación, tal vez porque eran presos del mismo carácter, por eso el choque entre ellos era una constante y ninguno estaba dispuesto a callar, a hablar con buen tono o, simplemente, a no tener en cuenta lo que consideraba un agravio por parte del otro.
Así las cosas, un día en que el hijo necesitaba ayuda, acudió como tenía por costumbre, a la casa familiar, que no solía visitar más que en estos casos; el padre ya estaba harto de aquella relación basada únicamente en socorrer económicamente, sin saber de su hijo, sin tener una conversación tranquila, o tomar un café para estar un tiempo juntos y al tanto de su vida; así que aquel día todos esos sentimientos los puso sobre la mesa y el muchacho, lejos de comprender el anhelo de su padre en interesarse por él, le acusó de no querer ayudarle en el momento comprometido por el que estaba pasando y sin decir una palabra más, se levantó y se fue dando un portazo. Desde entonces el padre dejó de saber de él; solo mucho tiempo después se enteró de que vivía en Perú a través de un amigo del hijo.
Dicen que le pudo la emoción cuando le estrechó entre sus brazos, aunque ahora era consciente de que aquel regreso se había convertido en una despedida ante su cercano final.
Dicen que le pudo la emoción cuando estrechó entre sus brazos a aquel único hijo que regresó a casa tres varios años de ausencia motivada por un indeseado incidente entre los dos. Nunca tuvieron buena relación, tal vez porque eran presos del mismo carácter, por eso el choque entre ellos era una constante y ninguno estaba dispuesto a callar, a hablar con buen tono o, simplemente, a no tener en cuenta lo que consideraba un agravio por parte del otro.
Así las cosas, un día en que el hijo necesitaba ayuda, acudió como tenía por costumbre, a la casa familiar, que no solía visitar más que en estos casos; el padre ya estaba harto de aquella relación basada únicamente en socorrer económicamente, sin saber de su hijo, sin tener una conversación tranquila, o tomar un café para estar un tiempo juntos y al tanto de su vida; así que aquel día todos esos sentimientos los puso sobre la mesa y el muchacho, lejos de comprender el anhelo de su padre en interesarse por él, le acusó de no querer ayudarle en el momento comprometido por el que estaba pasando y sin decir una palabra más, se levantó y se fue dando un portazo. Desde entonces el padre dejó de saber de él; solo mucho tiempo después se enteró de que vivía en Perú a través de un amigo del hijo.
Dicen que le pudo la emoción cuando le estrechó entre sus brazos, aunque ahora era consciente de que aquel regreso se había convertido en una despedida ante su cercano final.

















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