ZAMORANA
Una lección
![[Img #111841]](https://eldiadezamora.es/upload/images/10_2026/3327_9573_5847_6329_687_sole-1.jpg)
¡Dios mío, cuánto pesa este silencio y esta abrumadora soledad que me invade por completo! No conozco a nadie en este lugar extraño donde he de desplegar todos mis recursos intelectuales para parecer una persona ilustrada a unos jovenzuelos vivarachos, insolentes y demasiado listos.
Como ya es habitual, cuando entre en el aula se oirá una sonora carajada conjunta con la que suelen deleitarme cuando me ven por primera vez. Mi aspecto es un poco extraño, soy demasiado alto, delgado, desgarbado, las manos exageradas y un aspecto un tanto torpe, aunque intento ir siempre bien arreglado como para compensar mi quijotesca figura. Eso da lugar a que me bauticen desde el primer día de curso con diferentes apelativos, no siempre de buen gusto, y que me llamen así durante todo el curso académico.
Impondré silencio y prevalecerá mi autoridad, no sé si en la primera o en la segunda clase con ellos, pero me consta que poco a poco acabarán apreciándome; así ha sido siempre porque descubren en mí al padre que anhelan, al hermano mayor que no tienen, o al amigo que siempre desearon. Yo me transfiguro en lo que ellos quieren que sea, una persona diferente para cada uno de ellos; ese es mi recurso para ganarles y sé también que es un don del que apenas soy consciente, pero cuando han pasado un par de semanas, tengo a todos los alumnos interesados por mis lecciones, que siempre aderezo para hacérselas más livianas con anécdotas curiosas que no puedan olvidar.
Hoy, a la salida de clase, iba solo como siempre por el campus, aferrado a mi cartera de cuero cuando, de repente, ha llegado hasta mí un muchacho mucho mayor de los que tenía como alumnos, que me resultaba extrañamente conocido. Me miró fijamente, me dio la mano y me dijo:
- Gracias por todo lo que he aprendido con usted. Lamento haberme portado como un gilipollas.
Luego se fue sin decir una palabra.
Creo que aquel día fui la persona más feliz del mundo.
![[Img #111841]](https://eldiadezamora.es/upload/images/10_2026/3327_9573_5847_6329_687_sole-1.jpg)
¡Dios mío, cuánto pesa este silencio y esta abrumadora soledad que me invade por completo! No conozco a nadie en este lugar extraño donde he de desplegar todos mis recursos intelectuales para parecer una persona ilustrada a unos jovenzuelos vivarachos, insolentes y demasiado listos.
Como ya es habitual, cuando entre en el aula se oirá una sonora carajada conjunta con la que suelen deleitarme cuando me ven por primera vez. Mi aspecto es un poco extraño, soy demasiado alto, delgado, desgarbado, las manos exageradas y un aspecto un tanto torpe, aunque intento ir siempre bien arreglado como para compensar mi quijotesca figura. Eso da lugar a que me bauticen desde el primer día de curso con diferentes apelativos, no siempre de buen gusto, y que me llamen así durante todo el curso académico.
Impondré silencio y prevalecerá mi autoridad, no sé si en la primera o en la segunda clase con ellos, pero me consta que poco a poco acabarán apreciándome; así ha sido siempre porque descubren en mí al padre que anhelan, al hermano mayor que no tienen, o al amigo que siempre desearon. Yo me transfiguro en lo que ellos quieren que sea, una persona diferente para cada uno de ellos; ese es mi recurso para ganarles y sé también que es un don del que apenas soy consciente, pero cuando han pasado un par de semanas, tengo a todos los alumnos interesados por mis lecciones, que siempre aderezo para hacérselas más livianas con anécdotas curiosas que no puedan olvidar.
Hoy, a la salida de clase, iba solo como siempre por el campus, aferrado a mi cartera de cuero cuando, de repente, ha llegado hasta mí un muchacho mucho mayor de los que tenía como alumnos, que me resultaba extrañamente conocido. Me miró fijamente, me dio la mano y me dijo:
- Gracias por todo lo que he aprendido con usted. Lamento haberme portado como un gilipollas.
Luego se fue sin decir una palabra.
Creo que aquel día fui la persona más feliz del mundo.















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